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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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14 Febrero 2021 04:00:00
Desde el alma
Poco usual en mí, que prefiero escribir en silencio, esta vez pongo algo de música. Elegí una lista al azar. Me atrapa la suite orquestal No. 3 en Re Mayor, de Bach; hace un efecto catalizador, de inmediato mis palabras comienzan a poblar la pantalla y cobran vida.

Hoy es Día de San Valentín, fecha tradicional para celebrar el amor y la amistad. Al margen del giro comercial que se le da, es buen momento para hacer un alto en el camino y revisar cómo andamos. Hace un año apenas se escuchaba a la distancia la aparición de un virus en la provincia china de Wuhan. Nosotros librábamos más o menos airosos la cuesta de enero, propuestos a emprender un año de retos, seguros de conquistarlos uno a uno. Salíamos a celebrar con amigos, se intercambiaban corazones, regalos, pasteles y flores, aparte de los buenos deseos que, año con año, inundan las redes sociales, para desear a todos nuestros contactos lo mejor en esta fecha, aun cuando sean contactos casuales, de trabajo, o compañeros de primaria a los que no hemos visto en décadas. Así las cosas, año con año, lo que me hizo recordar una colaboración de mis inicios periodísticos, allá por 1976, cuando poco antes del 14 de febrero había ocurrido un sismo en Centroamérica, y yo, con la pasión de mis veintes, manifestaba mi indignación por las banalidades de San Valentín frente a la tragedia de los hermanos latinoamericanos, misma que solo conocíamos mediante imágenes en blanco y negro en las primeras páginas de los periódicos. Como aprendiz del oficio de escribir, observaba el árbol y desatendía visualizar el bosque. Pese a que el paso de los años hace lo suyo, sigo pensando que, como algunas otras fechas, el sector que más obtiene en San Valentín es el comercial.

Sigo escuchando, ahora viene un nocturno de Chopin. Es entonces que recuerdo mis años de primaria, cuando estaba de moda regalar “valentines”, tarjetas en colores rojo, rosa y blanco, con leyendas alusivas a esta fecha de febrero. Era como una competencia para ver quién obtenía más preseas. En cierta forma ese intercambio dictaminaba los niveles de popularidad en el salón de clases. Me recuerdo comprando aquellas graciosas tarjetas, que generalmente carecían de sobre y rotulando cada una con el nombre de las amigas que pasaban el filtro, no por otra cosa, sino debido a que el número de niñas rebasaba el de tarjetas, y había que descartar algunas. Me parece que esa misma costumbre la trasladamos a redes sociales para celebrar la amistad de manera masiva, indiscriminada, como candidatos en campaña, lo que en lo personal me resulta empalagoso. Y de aquí paso a lo que quiero comentar:

Ahora escucho la serenata para cuerdas de Tchaikovsky, y al paso de muchos años, recuerdo cuando la descubrí: Fue como una epifanía, me visualizo al lado de dos amigos melómanos como yo, que a la fecha conservo entre los más cercanos de mi vida. Han estado allí en los momentos más difíciles; llegan sin ser llamados, justo cuando se requiere, en situaciones familiares graves, con abierta generosidad. Qué maravilla descubrir ahora que, con cada acorde, llegan a mi memoria momentos mágicos que viví con uno y otra entonces, cuando estudiábamos la carrera, y que sigo viviendo cada vez que hablamos o nos llegamos a ver, dado que los tres vivimos en distinto lugar.

Así quisiera definir la amistad: Como ese “estar allí” siempre y de muy distintas maneras. Es un callado acompañamiento igual de disfrutable como fortalecedor y necesario. Colocarnos en una misma sintonía para vivir juntos un fragmento de nuestras vidas, nada más porque sí, por el gusto de hacerlo. Privilegio maravilloso que la vida nos otorga. Y justo, como las buenas cosas, se da de manera callada, en la intimidad de un espacio profundo y enriquecedor, cuya esencia perdura en la memoria, así pase el tiempo. Pienso en la palabra “amistad” y vienen, aparte de mis dos amigos melómanos, unos cuantos más con los que he compartido en todos estos años, una parte de mi alma. Lo he hecho con total confianza y sobrado placer. Frente a esos pocos amigos bajo la guardia y me entrego a la corriente calma que va y viene para fortuna de ambos. Compartimos ideas, sentimientos, estados del alma; planes y proyectos. No tenemos que cuidar cada palabra antes de decirla, y entre ambos campea el buen humor.

¡Qué maravilla tener un amigo en el cual podemos vernos reflejados! Un amigo que es como el espejo: reflejo fiel y auténtico de nuestros goces, pero también de nuestros errores. Un amigo que busca nuestro bien tanto como el suyo, de cuya boca sale la verdad, a pesar del disgusto que llegue a ocasionarnos.

Me despido con el dulce Schumann, deseando que celebren este día desde el alma, dando gracias al cielo por los amigos verdaderos.
14 Febrero 2021 04:00:00
Desde el alma
Poco usual en mí, que prefiero escribir en silencio, esta vez pongo algo de música. Elegí una lista al azar. Me atrapa la suite orquestal No 3 en Re mayor de Bach; hace un efecto catalizador, de inmediato mis palabras comienzan a poblar la pantalla y cobran vida.

Hoy es Día de San Valentín, fecha tradicional para celebrar el amor y la amistad. Al margen del giro comercial que se le da, es buen momento para hacer un alto en el camino y revisar cómo andamos. Hace un año apenas se escuchaba a la distancia la aparición de un virus en la provincia china de Wuhan. Nosotros librábamos más o menos airosos la cuesta de enero, propuestos a emprender un año de retos, seguros de conquistarlos uno a uno. Salíamos a celebrar con amigos, se intercambiaban corazones, regalos, pasteles y flores, aparte de los buenos deseos que, año con año, inundan las redes sociales, para desear a todos nuestros contactos lo mejor en esta fecha, aun cuando sean contactos casuales, de trabajo, o compañeros de primaria a los que no hemos visto en décadas. Así las cosas, año con año, lo que me hizo recordar una colaboración de mis inicios periodísticos, allá por 1976, cuando poco antes del 14 de febrero había ocurrido un sismo en Centroamérica, y yo, con la pasión de mis veintes, manifestaba mi indignación por las banalidades de San Valentín frente a la tragedia de los hermanos latinoamericanos, misma que sólo conocíamos mediante imágenes en blanco y negro en las primeras páginas de los periódicos. Como aprendiz del oficio de escribir, observaba el árbol y desatendía visualizar el bosque. Pese a que el paso de los años hace lo suyo, sigo pensando que, como algunas otras fechas, el sector que más obtiene en San Valentín es el comercial.

Sigo escuchando, ahora viene un nocturno de Chopin. Es entonces que recuerdo mis años de primaria, cuando estaba de moda regalar “valentines”, tarjetas en colores rojo, rosa y blanco, con leyendas alusivas a esta fecha de febrero. Era como una competencia para ver quién obtenía más preseas. En cierta forma ese intercambio dictaminaba los niveles de popularidad en el salón de clases. Me recuerdo comprando aquellas graciosas tarjetas, que generalmente carecían de sobre y rotulando cada una con el nombre de las amigas que pasaban el filtro, no por otra cosa, sino debido a que el número de niñas rebasaba el de tarjetas, y había que descartar algunas. Me parece que esa misma costumbre la trasladamos a redes sociales para celebrar la amistad de manera masiva, indiscriminada, como candidatos en campaña, lo que en lo personal me resulta empalagoso. Y de aquí paso a lo que quiero comentar:

Ahora escucho la serenata para cuerdas de Tchaikovsky, y al paso de muchos años, recuerdo cuando la descubrí: Fue como una epifanía, me visualizo al lado de dos amigos melómanos como yo, que a la fecha conservo entre los más cercanos de mi vida. Han estado allí en los momentos más difíciles; llegan sin ser llamados, justo cuando se requiere, en situaciones familiares graves, con abierta generosidad. Qué maravilla descubrir ahora que, con cada acorde, llegan a mi memoria momentos mágicos que viví con uno y otra entonces, cuando estudiábamos la carrera, y que sigo viviendo cada vez que hablamos o nos llegamos a ver, dado que los tres vivimos en distinto lugar.

Así quisiera definir la amistad: Como ese “estar allí” siempre y de muy distintas maneras. Es un callado acompañamiento igual de disfrutable como fortalecedor y necesario. Colocarnos en una misma sintonía para vivir juntos un fragmento de nuestras vidas, nada más porque sí, por el gusto de hacerlo. Privilegio maravilloso que la vida nos otorga. Y justo, como las buenas cosas, se da de manera callada, en la intimidad de un espacio profundo y enriquecedor, cuya esencia perdura en la memoria, así pase el tiempo. Pienso en la palabra “amistad” y vienen, aparte de mis dos amigos melómanos, unos cuantos más con los que he compartido en todos estos años, una parte de mi alma. Lo he hecho con total confianza y sobrado placer. Frente a esos pocos amigos bajo la guardia y me entrego a la corriente calma que va y viene para fortuna de ambos. Compartimos ideas, sentimientos, estados del alma; planes y proyectos. No tenemos que cuidar cada palabra antes de decirla, y entre ambos campea el buen humor.

¡Qué maravilla tener un amigo en el cual podemos vernos reflejados! Un amigo que es como el espejo: Reflejo fiel y auténtico de nuestros goces, pero también de nuestros errores. Un amigo que busca nuestro bien tanto como el suyo, de cuya boca sale la verdad, a pesar del disgusto que llegue a ocasionarnos.

Me despido con el dulce Schumann, deseando que celebren este día desde el alma, dando gracias al cielo por los amigos verdaderos.
07 Febrero 2021 04:00:00
Narciso en el desierto
En derredor nuestro ocurren fenómenos difíciles de explicar. Conductas sociales a manera de una gran madeja a la cual no encontramos el inicio como para desovillar. No quiero ni imaginar cuántos nuevos casos de Covid tendremos en un período de 5 a 15 días después del Día de la Candelaria, cuando muchos mexicanos habrán organizado una “fiesta pequeña, nada más con la familia”, que al paso de los días resulta en múltiples contagios.

En búsqueda de entender lo que sucede, recurro a mis autores de cabecera, esos amigos maravillosos que están ahí esperando a que yo los procure, para obsequiarme con palabras iluminadoras, conceptos que ponen las cosas en orden, y finalmente una inyección de esperanza que me anima a no desistir en cuidarme, proteger a mi familia e invitar a otros a no bajar la guardia.

Ahora tocó a Gilles Lipovetsky, filósofo y educador francés, cuyos libros me resultan siempre enriquecedores. Tal vez su obra más conocida sea La Era del Vacío, publicada originalmente en 1983 y que cobra particular vigencia en estos tiempos, cuando no logramos abarcar hechos como los arriba mencionados: Personajes que emprenden conductas de elevado riesgo, en particular en países como México, donde no existe la aplicación de normas para el uso de mascarilla, dejando al individuo la decisión de portarla o no, asunto que nos viene cobrando la factura en la moneda más costosa: La salud.

Imagino a Lipovetsky como el gran observador del ser humano, que se sienta en un rincón, buscando pasar desapercibido, para observar desde el silencio el comportamiento de individuos y grupos antes de aventurar algunas hipótesis que luego va desarrollando. Para cuando se sienta a escribir sobre un tema ya ha visto pasar frente a sus ojos multitudes enteras, en diversas circunstancias o momentos, y es capaz de formular una idea de validez universal.

La Era del Vacío es un ensayo fundamental para entender el origen del narcisismo y la indiferencia social de los tiempos posmodernos. Lleva a entender en buena medida las conductas de riesgo en la pandemia, a las que me refería líneas arriba.

El filósofo es tan acucioso en sus descripciones, que nos hace ver con los ojos de la imaginación al joven frente a una pantalla, sintiendo que camina por un desierto existencial en el que, a kilómetros a la redonda, no ve otra cosa que arena. Se han pulverizado los rígidos valores de sus padres; se han pulverizado las instituciones, y de repente él no halla un asidero del cual sostenerse cuando llega la tormenta de arena, y amenaza con levantarlo para hacerlo rodar sin parar, como solitario salicor por la yerma extensión inacabable. Lipovetsky ha llamado a esta soledad impuesta desde dentro de nosotros mismos la cara salvaje de la individuación.

En el joven que nos describe hay tal sensación de aislamiento, que sale en búsqueda de identidad.

La sociedad del otro lado de la pantalla es inclusiva, tanto así, que puede ser aceptado en cualquier grupo, pero a la vez no siente esa etiqueta de pertenencia con ninguno de ellos. Puedes ser cristiano o musulmán; ateo o panteísta; de izquierda o de derecha; racista o antirracista. Puedes amar u odiar el rock pesado; reunirte para cantar boleros cada noche, o escuchar a Chopin todos los viernes. Lo que tal vez era limitado en la esfera real, ahora es totalmente accesible en la virtual. Todo es cuestión de buscar para reunirnos con quienes comparten algo similar a lo nuestro. Las redes sociales facilitan el encuentro con iguales y la formación de tribus. Nos evita la incomodidad de discutir con quienes piensan distinto, aunque, si finalmente nos enfrentamos con ellos, lo hacemos con furia.

Bien dice Lipovetsky (cito): “Aquí, como en otras partes, el desierto crece”. El principio de una relación está a un clic para acceder a ella; zanja distancia y ahorra tiempo. A la vez se corre el riesgo de estar desnudando el alma frente a alguien que en la vida real no existe.

A partir de ese narcisismo al que nos remite el filósofo con insistencia, la pantalla como espejo, muestra lo que queremos ver. En las interacciones con otros modulamos la conciencia del “yo”, en la medida en que nos sintamos aceptados o rechazados. Condición que en lo personal hallo muy riesgosa para el grupo adolescente, que basará parte de su proceso de definición secundaria, en las variopintas reacciones virtuales que su imagen provoque.

Lo que más admiro de Lipovetsky es su insistencia en que los programas escolares incluyan materias extracurriculares que refuercen la autoestima, trabajando la individuación de cada alumno.

De este modo se consigue desarrollar la autoestima, y, por consiguiente, generar desde dentro ese necesario sentimiento de pertenencia colectiva y solidaridad.
07 Febrero 2021 04:00:00
Narciso en el desierto
En derredor nuestro ocurren fenómenos difíciles de explicar. Conductas sociales a manera de una gran madeja a la cual no encontramos el inicio como para desovillar. No quiero ni imaginar cuántos nuevos casos de Covid tendremos en un período de 5 a 15 días después del Día de la Candelaria, cuando muchos mexicanos habrán organizado una “fiesta pequeña, nada más con la familia”, que al paso de los días resulta en múltiples contagios.

En búsqueda de entender lo que sucede, recurro a mis autores de cabecera, esos amigos maravillosos que están ahí esperando a que yo los procure, para obsequiarme con palabras iluminadoras, conceptos que ponen las cosas en orden, y finalmente una inyección de esperanza que me anima a no desistir en cuidarme, proteger a mi familia e invitar a otros a no bajar la guardia.

Ahora tocó a Gilles Lipovetsky, filósofo y educador francés cuyos libros me resultan siempre enriquecedores. Tal vez su obra más conocida sea “La era del vacío”, publicada originalmente en 1983 y que cobra particular vigencia en estos tiempos, cuando no logramos abarcar hechos como los arriba mencionados: Personajes que emprenden conductas de elevado riesgo, en particular en países como México, donde no existe la aplicación de normas para el uso de mascarilla, dejando al individuo la decisión de portarla o no, asunto que nos viene cobrando la factura en la moneda más costosa: La salud.

Imagino a Lipovetsky como el gran observador del ser humano, que se sienta en un rincón, buscando pasar desapercibido, para observar desde el silencio el comportamiento de individuos y grupos, antes de aventurar algunas hipótesis que luego va desarrollando. Para cuando se sienta a escribir sobre un tema, ya ha visto pasar frente a sus ojos multitudes enteras, en diversas circunstancias o momentos y es capaz de formular una idea de validez universal. “La era del vacío” es un ensayo fundamental para entender el origen del narcisismo y la indiferencia social de los tiempos postmodernos. Lleva a entender en buena medida las conductas de riesgo en la pandemia, a las que me refería líneas arriba. El filósofo es tan acucioso en sus descripciones, que nos hace ver con los ojos de la imaginación al joven frente a una pantalla, sintiendo que camina por un desierto existencial en el que, a kilómetros a la redonda, no ve otra cosa que arena. Se han pulverizado los rígidos valores de sus padres; se han pulverizado las instituciones y de repente él no halla un asidero del cual sostenerse cuando llega la tormenta de arena y amenaza con levantarlo para hacerlo rodar sin parar, como solitario salicor por la yerma extensión inacabable. Lipovetsky ha llamado a esta soledad impuesta desde dentro de nosotros mismos, la cara salvaje de la individuación.

En el joven que nos describe hay tal sensación de aislamiento, que sale en búsqueda de identidad. La sociedad del otro lado de la pantalla es inclusiva, tanto así, que puede ser aceptado en cualquier grupo, pero a la vez no siente esa etiqueta de pertenencia con ninguno de ellos. Puedes ser cristiano o musulmán; ateo o panteísta; de izquierda o de derecha; racista o antirracista. Puedes amar u odiar el rock pesado; reunirte para cantar boleros cada noche, o escuchar a Chopin todos los viernes. Lo que tal vez era limitado en la esfera real, ahora es totalmente accesible en la virtual. Todo es cuestión de buscar para reunirnos con quienes comparten algo similar a lo nuestro. Las redes sociales facilitan el encuentro con iguales y la formación de tribus. Nos evita la incomodidad de discutir con quienes piensan distinto, aunque, si finalmente nos enfrentamos con ellos, lo hacemos con furia.

Bien dice Lipovetsky (cito): “Aquí, como en otras partes, el desierto crece.” El principio de una relación está a un clic para acceder a ella; zanja distancia y ahorra tiempo. A la vez se corre el riesgo de estar desnudando el alma frente a alguien que en la vida real no existe. A partir de ese narcisismo al que nos remite el filósofo con insistencia, la pantalla como espejo, muestra lo que queremos ver. En las interacciones con otros modulamos la conciencia del “yo”, en la medida en que nos sintamos aceptados o rechazados. Condición que en lo personal hallo muy riesgosa para el grupo adolescente, que basará parte de su proceso de definición secundaria, en las variopintas reacciones virtuales que su imagen provoque.

Lo que más admiro de Lipovetsky es su insistencia en que los programas escolares incluyan materias extracurriculares que refuercen la autoestima, trabajando la individuación de cada alumno. De este modo se consigue desarrollar la autoestima, y, por consiguiente, generar desde dentro ese necesario sentimiento de pertenencia colectiva y solidaridad.
31 Enero 2021 04:00:00
Lecturas peligrosas
No debe de tener más de 30 años, bien vestido. Abre su discurso como contestando una pregunta del público sobre la vacuna contra la Covid-19. Comienza a enumerar una serie de términos sofisticados, cual buscando provocar un deslumbramiento en quien lo escucha. Es como si a mí me hablaran de sondas espaciales enlistando las partes que las componen.

Ya que desconozco el tema, me quedaría boquiabierta. Él continúa con un gesto reflejo que, a estas alturas del partido, la cultura médica nos haría evitar: Apareció sin cubrebocas, lo que no es condenable si estamos a dos metros de distancia de otro humano, o solos ante el dispositivo en el que grabamos. Hasta ahí todo bien, pero en una de esas se lleva la mano a la nariz, para limpiar alguna secreción que, indiscreta, quiso hacer su aparición; la limpia en el pantalón.

Procede a hablar de histonas, proteínas que –efectivamente– intervienen en la formación de cromosomas durante el desarrollo embrionario; las presenta aquí como maleantes. Ahora resulta evidente que está leyendo algo que tiene en una mesilla baja frente a sí.

Habla de las “dionucleasas”, un término que no existe.

Quiero suponer que leyó mal y quiso decir “endonucleasas”, que sí existen y tienen una función muy específica en romper cadenas de polipéptidos. Igual que él, podría yo apantallarlos a ustedes al mencionar que: “son enzimas de restricción que determinan los polimorfismos de longitud de fragmentos peptídicos al cortar los enlaces fosfodiéster que unen los nucleótidos de una cadena de ácidos nucleicos”.

Al no estar familiarizados con el tema, los apantallé. ¿A poco no? Y este rosario de terminajos tomados de la red, no dicen nada acerca de los principios teóricos de la vacuna, de su efectividad y efectos colaterales. De ahí afirma que la vacuna provoca enfermedades autoinmunes dentro de las que incluye al cáncer, para el cual no hay evidencia científica que lo sustente como autoinmune.

Ya al final dice tener un “doctorado en ciencias de virus”. Sería importante conocer su nombre y sus credenciales, antes de dar crédito a su dicho.

Similares a la arriba mencionada hay un sinfín de publicaciones que circulan en la red. Cierto, vivimos en un país libre y tenemos la absoluta posibilidad de adherirnos a lo que más nos convenza u acomode. Lo hemos visto en cuestiones políticas, religiosas y hasta de cocina. Hay quien lamprea los chiles en nogada y quien no lo hace. Modos distintos; ambos válidos.

Depende de muchos factores si elijo un tutorial de chiles lampreados o uno de chiles asados para armar mi platillo. Pero cuando se trata de conceptos de salud, tenemos la obligación moral de documentarnos.

Y al decir documentarnos, no me refiero a hacernos del lado de quien dice lo que quiero escuchar, sino a recurrir a fuentes serias, oficiales, con reconocimiento internacional. Las teorías de la conspiración han hallado su nicho ideal en esta pandemia.

Quien sienta que tal es el escenario de fondo de las vacunas, documéntese bien para poder sustentar sus creencias; hágalo mediante instituciones acreditadas, no por “influencers” que pretenden vendernos ideas.

Nos encontramos en un punto donde hay opciones de vacunas, unas más avanzadas en su investigación, otras en etapas iniciales de valoración. Unas funcionan por un mecanismo; otras por otro. Como cualquier procedimiento médico, tienen riesgo de efectos colaterales. Se trabaja en mejorar los productos. Mentiría si dijera que se va a lograr una vacuna que a ninguno de los 7 mil millones de humanos llegara a provocar un efecto adverso.

Pero para eso hay márgenes de error. Los estudios no se hacen por inspiración o con protocolos de investigación
improvisados.

Son investigaciones serias en las que se avanza progresivamente, de una etapa a la siguiente, con rigor científico. La ciencia no es anecdótica, no funciona a partir de supuestos como: “porque a 60 personas les funcionó tal o cual producto, entonces funciona para todos”.

Vi por primera vez el video arriba mencionado dentro de un chat de amigas; mi reacción fue instantánea y en total desacuerdo, lo que a más de una causó sorpresa. Reconozco que, contrario a mi etiqueta en redes, manifesté exasperación. Enseguida se lo envié a mi hijo, quien realiza su doctorado en Biología Molecular. Su reacción fue más intensa todavía. Simultáneamente apareció en un chat latinoamericano de pediatras, generando comentarios negativos en todos los tonos posibles, incluyendo regionalismos muy floridos.

La ciencia es la ciencia, amigos. No podemos regresar al Oscurantismo de la Edad Media, período en el cual la religión cancelaba toda oportunidad de adquirir conocimiento. ¡Lo que nos jugamos esta ocasión, es la vida de nuestros hijos!
31 Enero 2021 04:00:00
Lecturas peligrosas
No debe de tener más de 30 años, bien vestido. Abre su discurso como contestando una pregunta del público sobre la vacuna contra la Covid-19. Comienza a enumerar una serie de términos sofisticados, cual buscando provocar un deslumbramiento en quien lo escucha. Es como si a mí me hablaran de sondas espaciales enlistando las partes que las componen. Ya que desconozco el tema, me quedaría boquiabierta. Él continúa con un gesto reflejo que, a estas alturas del partido, la cultura médica nos haría evitar: Apareció sin cubrebocas, lo que no es condenable si estamos a dos metros de distancia de otro humano, o solos ante el dispositivo en el que grabamos. Hasta ahí todo bien, pero en una de esas se lleva la mano a la nariz, para limpiar alguna secreción que, indiscreta, quiso hacer su aparición; la limpia en el pantalón. Procede a hablar de histonas, proteínas que –efectivamente- intervienen en la formación de cromosomas durante el desarrollo embrionario; las presenta aquí como maleantes. Ahora resulta evidente que está leyendo algo que tiene en una mesilla baja frente a sí. Habla de las “dionucleasas”, un término que no existe. Quiero suponer que leyó mal y quiso decir “endonucleasas”, que sí existen y tienen una función muy específica en romper cadenas de polipéptidos. Igual que él podría yo apantallarlos a ustedes al mencionar: que son enzimas de restricción que determinan los polimorfismos de longitud de fragmentos peptídicos al cortar los enlaces fosfodiéster que unen los nucleótidos de una cadena de ácidos nucleicos. Al no estar familiarizados con el tema, los apantallé. ¿A poco no? Y este rosario de terminajos tomados de la red, no dicen nada acerca de los principios teóricos de la vacuna, de su efectividad y efectos colaterales. De ahí afirma que la vacuna provoca enfermedades autoinmunes dentro de las que incluye al cáncer, para el cual no hay evidencia científica que lo sustente como autoinmune. Ya al final dice tener un “doctorado en ciencias de virus”. Sería importante conocer su nombre y sus credenciales, antes de dar crédito a su dicho.

Similares a la arriba mencionada hay un sinfín de publicaciones que circulan en la red. Cierto, vivimos en un país libre y tenemos la absoluta posibilidad de adherirnos a lo que más nos convenza u acomode. Lo hemos visto en cuestiones políticas, religiosas y hasta de cocina. Hay quien lamprea los chiles en nogada y quien no lo hace. Modos distintos; ambos válidos. Depende de muchos factores si elijo un tutorial de chiles lampreados o uno de chiles asados para armar mi platillo. Pero cuando se trata de conceptos de salud, tenemos la obligación moral de documentarnos. Y al decir documentarnos, no me refiero a hacernos del lado de quien dice lo que quiero escuchar, sino a recurrir a fuentes serias, oficiales, con reconocimiento internacional. Las teorías de la conspiración han hallado su nicho ideal en esta pandemia. Quien sienta que tal es el escenario de fondo de las vacunas, documéntese bien para poder sustentar sus creencias; hágalo mediante instituciones acreditadas, no por “influencers” que pretenden vendernos ideas.

Nos encontramos en un punto donde hay opciones de vacunas, unas más avanzadas en su investigación, otras en etapas iniciales de valoración. Unas funcionan por un mecanismo; otras por otro. Como cualquier procedimiento médico, tienen riesgo de efectos colaterales. Se trabaja en mejorar los productos. Mentiría si dijera que se va a lograr una vacuna que a ninguno de los 7,000 millones de humanos llegara a provocar un efecto adverso. Pero para eso hay márgenes de error. Los estudios no se hacen por inspiración o con protocolos de investigación improvisados. Son investigaciones serias en las que se avanza progresivamente, de una etapa a la siguiente, con rigor científico. La ciencia no es anecdótica, no funciona a partir de supuestos como: “porque a 60 personas les funcionó tal o cual producto, entonces funciona para todos”.

Vi por primera vez el video arriba mencionado dentro de un chat de amigas; mi reacción fue instantánea y en total desacuerdo, lo que a más de una causó sorpresa. Reconozco que, contrario a mi etiqueta en redes, manifesté exasperación. En seguida se lo envié a mi hijo quien realiza su doctorado en Biología Molecular. Su reacción fue más intensa todavía. Simultáneamente apareció en un chat latinoamericano de pediatras, generando comentarios negativos en todos los tonos posibles, incluyendo regionalismos muy floridos.

La ciencia es la ciencia, amigos. No podemos regresar al Oscurantismo de la Edad Media, período en el cual la religión cancelaba toda oportunidad de adquirir conocimiento. ¡Lo que nos jugamos esta ocasión, es la vida de nuestros hijos!
24 Enero 2021 04:00:00
Negación y conductas de riesgo
La biblioteca personal representa una galería de buenos amigos, dispuestos a tender su mano cada vez que recurrimos a ellos. Maestros maravillosos, interlocutores pacientes, que acogen con singular alegría nuestras visitas. Según lo que estemos pasando en un momento dado, será la lectura que procuremos y el sentido que demos a lo leído. Hoy en día está el formato digital, que facilita muchas funciones intertextuales, pero el clásico formato impreso tiene lo suyo, algo que lo vuelve entrañable.

En estos días, cuando tantas preguntas sobrevuelan nuestro entendimiento, recurro a uno de mis grandes maestros: Octavio Paz. Para muchos fue un escritor arrogante; en lo personal lo percibo como un ser humano cálido y profundo que amó a México. Cierto, hay fragmentos de su vida difíciles de entender, pero ¡vaya!, ¿quién de nosotros, como humano, se halla libre de albergar contradicciones?...

Busqué en el librero de mis tesoros verbales la obra El Laberinto de la Soledad. Tengo la costumbre de anotar en cada libro la fecha en que comencé su lectura: este fue en mayo 29 de 1998. La presentación de bolsillo del FCE trae además otros dos ensayos. Yo me encaminé a leer el primero de ellos, publicado en 1950, segura de encontrar en sus páginas respuestas a las interrogantes que bullen en mi mente desde hace casi un año y que se resumen en una sola pregunta: ¿Por qué los mexicanos asumimos conductas de riesgo y actuamos como si la Covid-19 no existiera, cuando estamos viendo cada vez más personas en nuestro entorno enfermar y morir?

Inicié el día con un café, un marcatextos y mi libro, que –cualquiera diría– me hacía señas desde que abrí el librero. Tantos años de no leerlo y tal pareciera que se colocó en un sitio donde pudiera hallarlo a la primera, y virtualmente casi brincó a mis manos. De inmediato pude sentir su calidez, y al momento de abrirlo percibí un leve crujido de su pasta blanda al ser extendida. “Entre el mundo y nosotros se abre una impalpable, transparente muralla: la de nuestra conciencia”.

Desde el inicio Octavio Paz acogía mis inquietudes con esa sabiduría honda como mar, del color de sus ojos.

A ratos juego con la idea de que la muerte en estos tiempos de Covid, al ser tan frecuente, deja a los deudos con un duelo más fácil de procesar. Debo aclarar, para mi fortuna no he sufrido la pérdida de alguien en mi círculo más cercano, así que es muy probable que mi apreciación tenga sesgo. La comparo a los propios duelos que he vivido: Padres, esposo, mejor amigo. Todos ellos procesados en otras circunstancias. Me aventuro pues a pensar que mis pérdidas fueron ocurriendo de manera aislada, en un mundo donde pocos morían, lo que me dio más espacio para expandir mi dolor en tiempo y espacio. Hoy es tan frecuente toparse con la muerte, que –una locura tal vez– supongo que se encuentra consuelo en el dolor de otros que sufren algo similar a lo propio.

A partir de este supuesto habría que considerar entonces que la vida haya perdido su valor intrínseco. ¿Será ello lo que yace en el fondo de nuestra costumbre de no cuidarnos en situaciones de alto riesgo, como la pandemia?

Regresando a Octavio Paz, al abordar la figura del pachuco expresa lo que considero una gran verdad: Los mexicanos tendemos a activar un mecanismo de negación frente a aquellos aspectos de la realidad que nos resultan desagradables, irracionales o repugnantes.

Esto explicaría ese correr una cortina mental ante hechos tan reales como dolorosos, partiendo del principio de que si no poso mi vista en un hecho (como sería la muerte), entonces no existe.

El frentazo viene luego de que nuestro ser querido, con el que compartimos la vida campechana en medio de la pandemia, ahora se halla desesperado tratando de meter aire a los pulmones.

Los buenos libros son intemporales. Eso que nuestro Premio Nobel de Literatura 1990 escribió acerca del mexicano, hace poco más de 70 años, puede aplicarse de manera puntual en el tiempo presente, para ayudarnos a entender eventos que ocurren en derredor nuestro y la forma en cómo nos impactan. Principalmente, nos orienta respecto a cómo debemos manejarnos frente a ellos.

Habla wdel término “higiene social” como una manera de llamar nuestra atención y encauzarnos a actuar frente a esa aparente falta de empatía, que en estos momentos implica una conducta de riesgo mortal para otros, comenzando por nuestros seres queridos.

En la medida en que, a partir de ese mecanismo de negación, busquemos depositar en otras instancias lo que en principio es responsabilidad personal de cada uno, poco avanzaremos.

“Quien ha visto la Esperanza, no la olvida. La busca bajo todos los cielos y entre todos los hombres”: Palabras de Paz que me sostienen.
24 Enero 2021 04:00:00
Negación y conductas de riesgo
La biblioteca personal representa una galería de buenos amigos, dispuestos a tender su mano cada vez que recurrimos a ellos. Maestros maravillosos, interlocutores pacientes, que acogen con singular alegría nuestras visitas. Según lo que estemos pasando en un momento dado, será la lectura que procuremos y el sentido que demos a lo leído. Hoy en día está el formato digital, que facilita muchas funciones intertextuales, pero el clásico formato impreso tiene lo suyo, algo que lo vuelve entrañable.

En estos días, cuando tantas preguntas sobrevuelan nuestro entendimiento, recurro a uno de mis grandes maestros: Octavio Paz. Para muchos fue un escritor arrogante; en lo personal lo percibo como un ser humano cálido y profundo que amó a México. Cierto, hay fragmentos de su vida difíciles de entender, pero ¡vaya!, ¿quién de nosotros, como humano, se halla libre de albergar contradicciones?...

Busqué en el librero de mis tesoros verbales la obra “El laberinto de la soledad”. Tengo la costumbre de anotar en cada libro la fecha en que comencé su lectura: éste fue en mayo 29 de 1998. La presentación de bolsillo del FCE trae además otros dos ensayos. Yo me encaminé a leer el primero de ellos, publicado en 1950, segura de encontrar en sus páginas respuestas a las interrogantes que bullen en mi mente desde hace casi un año y que se resumen en una sola pregunta: ¿Por qué los mexicanos asumimos conductas de riesgo y actuamos como si la COVID-19 no existiera, cuando estamos viendo cada vez más personas en nuestro entorno enfermar y morir?

Inicié el día con un café, un marca textos y mi libro, que –cualquiera diría-- me hacía señas desde que abrí el librero. Tantos años de no leerlo y tal pareciera que se colocó en un sitio donde pudiera hallarlo a la primera, y virtualmente casi brincó a mis manos. De inmediato pude sentir su calidez, y al momento de abrirlo percibí un leve crujido de su pasta blanda al ser extendida.

“Entre el mundo y nosotros se abre una impalpable, transparente muralla: la de nuestra conciencia”. Desde el inicio Octavio Paz acogía mis inquietudes con esa sabiduría honda como mar, del color de sus ojos.

A ratos juego con la idea de que la muerte en estos tiempos de COVID, al ser tan frecuente, deja a los deudos con un duelo más fácil de procesar. Debo aclarar, para mi fortuna no he sufrido la pérdida de alguien en mi círculo más cercano, así que es muy probable que mi apreciación tenga sesgo. La comparo a los propios duelos que he vivido: Padres, esposo, mejor amigo. Todos ellos procesados en otras circunstancias. Me aventuro pues a pensar que mis pérdidas fueron ocurriendo de manera aislada, en un mundo donde pocos morían, lo que me dio más espacio para expandir mi dolor en tiempo y espacio. Hoy es tan frecuente toparse con la muerte, que –una locura tal vez— supongo que se encuentra consuelo en el dolor de otros que sufren algo similar a lo propio. A partir de este supuesto habría que considerar entonces que la vida haya perdido su valor intrínseco. ¿Será ello lo que yace en el fondo de nuestra costumbre de no cuidarnos en situaciones de alto riesgo, como la pandemia?

Regresando a Octavio Paz, al abordar la figura del pachuco expresa lo que considero una gran verdad: Los mexicanos tendemos a activar un mecanismo de negación frente a aquellos aspectos de la realidad que nos resultan desagradables, irracionales o repugnantes. Esto explicaría ese correr una cortina mental ante hechos tan reales como dolorosos, partiendo del principio de que si no poso mi vista en un hecho (como sería la muerte), entonces no existe. El frentazo viene luego de que nuestro ser querido, con el que compartimos la vida campechana en medio de la pandemia, ahora se halla desesperado tratando de meter aire a los pulmones.

Los buenos libros son intemporales. Eso que nuestro Premio Nobel de Literatura 1990 escribió acerca del mexicano, hace poco más de setenta años, puede aplicarse de manera puntual en el tiempo presente, para ayudarnos a entender eventos que ocurren en derredor nuestro y la forma como nos impactan. Principalmente, nos orienta respecto a cómo debemos manejarnos frente a ellos. Habla del término “higiene social” como una manera de llamar nuestra atención y encauzarnos a actuar frente a esa aparente falta de empatía, que en estos momentos implica una conducta de riesgo mortal para otros, comenzando por nuestros seres queridos. En la medida en que, a partir de ese mecanismo de negación, busquemos depositar en otras instancias lo que en principio es responsabilidad personal de cada uno, poco avanzaremos.

“Quien ha visto la Esperanza, no la olvida. La busca bajo todos los cielos y entre todos los hombres”: Palabras de Paz que me sostienen.
17 Enero 2021 04:00:00
Rutas Sanas
La pandemia es una realidad inobjetable. Con el tiempo va extendiendo sus ramas para alcanzar áreas de nuestra vida que en un principio no imaginamos que serían afectadas. El ambiente de zozobra y angustia comienza a cobrarnos la factura emocional. Pasa el tiempo, crece la desesperación, y surgen fenómenos como violencia y depresión. Los índices de esta última han aumentado; ahora comienzan a escasear antidepresivos en el mercado mundial. Se dan casos que suponíamos exclusivos de la novela negra, como el suicidio en algunas personas que acaban de resultar positivas para Covid. Amén de las secuelas postenfermedad, entre las cuales se cuentan cuadros neurológicos y siquiátricos que apenas comenzamos a conocer.

Ante un panorama como este nos preguntamos qué podemos hacer. De momento no se nos ocurren muchas alternativas. Corresponde a cada uno revisar su armario mental para identificar con qué elementos personales cuenta, para hacer frente a la hecatombe que viene dejando nuestro universo personal “patas arriba”.

Además de la depresión surgen episodios de violencia, en particular de tipo verbal. Hace un par de días leía el tuit de una chica que manifiesta su dolor por la pérdida del padre; luego de dos o tres comentarios de apoyo, surge uno que dice: “Y a mí qué #$%& me importa tu vida personal”.

Me resultó como una de esas fotografías instantáneas que reflejan mucho más de lo que el fotógrafo calculó antes de oprimir el botón de la cámara. Da cabida cuenta de la indiferencia frente al dolor de otros. Tal vez proyecta mucho más: aspectos que ni el autor del comentario identifica, emociones rancias que se filtran por las grietas de los sentidos. Una violencia como alud que aplasta cualquier expresión ajena, una absoluta falta de empatía con los demás. La chica no está diciendo que se le averió un neumático o que le robaron el teléfono móvil. Expresa el dolor desgarrador que representa la pérdida de una figura fundamental en su vida.

Muy en lo personal, hallo que una red social como Twitter no es el conducto ideal para estos asuntos, pues nunca falta un comentario devastador como este. Pero también entiendo que los años de diferencia que hay entre el nacimiento de esta chica joven y el mío, representan una brecha generacional difícil de abarcar.

Hallamos cada vez más desolación en nuestro entorno; menos columnas de dónde sostenernos, y una vigente indiferencia social, que aporta poco para el control de la enfermedad. Necesitamos valernos de otros recursos que nos permitan seguir a flote mientras pasa la crisis.

En más de una ocasión he comentado en este espacio lo reconfortante que ha sido la lectura para mí durante la pandemia. El libro es ese mejor amigo al que podemos recurrir en cualquier momento para superar la realidad que a ratos nos rebasa. Para entenderla mejor, o –por qué no, para reinventarla. En su recopilación de conversaciones y conferencias, denominada La Forma Inicial (sextopiso, 2015), el argentino Ricardo Piglia ofrece incontables lecciones de vida. Va dirigido a estudiantes de Literatura. En lo personal siento que su influencia va mucho más allá.

La lectura modifica la realidad que vivimos; la redimensiona y hermosea. Digamos, cuando Piglia habla de la luz a través de la historia, nos lleva a descubrir la grandeza de este elemento en nuestras vidas, de cómo se filtra la luz del sol a través del cristal de las ventanas. De la forma en que podemos seguir teniendo luz cuando ha caído la tarde, y de cuan afortunados somos hoy en día, de poder hacer aquello que en los inicios de la civilización resultaba imposible. Así, como este ejemplo, podemos hallar un sinfín de elementos que tenemos al alcance de la mano, y que en la evolución de la historia nos hacen ver lo privilegiados que somos. Vienen a mi mente aquellas maravillosas palabras de Facundo Cabral: “No estás deprimido, estás distraído”. Cierto, esa misma labor de redescubrimiento de lo cotidiano podríamos hacerla sin mapa, aunque, dada esa misma distracción, es más complicado.

A través de los libros podemos ver con otros ojos la realidad que, hay que decirlo, a ratos nos sofoca. Piglia habla sobre las redes sociales como un método de taquigrafía a través del cual nos comunicamos, sin incluir el manejo de ideas y emociones iluminadoras, que buscamos enviar o recibir a través del lenguaje formal. Además –lo vemos de manera clara en Twitter– da pie a que nuestro mensaje sea contestado con una carga de agresividad. Piglia habla de capas de significación que la escritura tradicional nos permite agregar al núcleo original, y que invita a la reflexión.

Habrá que hallar rutas sanas para liberar el estrés de estos tiempos: Yo recomiendo la lectura.
10 Enero 2021 04:00:00
Las dos sopas
Iniciamos un nuevo año con un escenario que se antoja catastrófico: Pese a los elevados índices de contagiosidad y letalidad de Covid-19, gran parte de la población actúa como si nada pasara. Como resultado lógico, entre los 5 y 15 días de haber estado en una concentración humana, aparece la enfermedad con lo que conlleva: Urgencia de atención médica; rebosamiento de unidades hospitalarias; desesperación de los familiares del enfermo y agotamiento del personal que -lógico -está a punto de aventar el arpa. Como si no fuera suficiente, ahora se agrega una situación inédita en el vecino país del norte: La vulneración del área física del Capitolio, el sitio más emblemático en los Estados Unidos de América.

Como mexicanos esto último nos inquieta; no alcanzamos a medir en qué sentido se muevan los índices bursátiles, o cuál vaya a ser el efecto que tenga sobre la moneda mexicana. En una siguiente capa, debajo de esto primero, está una sensación de vulnerabilidad. Si la Unión Americana con sus estándares de seguridad, enfrenta algo como esto, ¿se irá a tambalear el mundo? Debo reconocer, y hasta con pena, que los mexicanos no tenemos autoridad moral para juzgar lo ocurrido en Washington. En nuestros recintos legislativos las diferencias de opinión han llevado a enfrentamientos violentos, empujones, sillazos y demás. Aun así, ver roto en su centro a un país que se ha caracterizado por su estabilidad interna habitual, genera pasmo. Sabemos que al exterior Norteamérica ha tenido una serie de conflictos con otras naciones, frente a los que nosotros hemos permanecido literalmente al margen. Recuerdo con claridad aquella vez, después de los lamentables sucesos del 9/11, cuando George Bush hijo parafraseó las palabras de Mateo, evangelista, “quien no está conmigo está contra mí”. Y la forma como Vicente Fox destacó nuestra condición de nación pacífica que no estaba dispuesta a participar en una guerra contra Oriente y que, pese a la amenaza implícita en las palabras de Bush, no iba a cambiar su posición.

Las imágenes que transmitieron los medios en esta ocasión, se antojan como salidas de una cinta postapocalíptica: Los supremacistas revestidos en actitud y palabra con los símbolos que a través de la historia han marcado una ideología que divide a la población y que ha subyacido en las revueltas intestinas de todo orden, desde la Guerra Civil hasta los movimientos de “Black lives matter” y que ahora, con el aval de la máxima autoridad, podían desplegarse de todas las formas posibles, para manifestar su encono contra la fuerza opositora que, según el propio Trump señaló, le robó las elecciones.

El libro “Heridas que no cierran”, de Julio Chavezmontes (Ed. Grijalbo, 1988) aborda los acontecimientos ocurridos a mitad del siglo diecinueve, en las regiones limítrofes de lo que hoy en día son México y EE. UU. antes y después de la anexión de Texas a la Unión Americana. En su relato se refiere a James Polk como el presidente norteamericano más cínico y canalla que haya tenido el país vecino. Tal vez, a la luz de los recientes acontecimientos, el historiador tendrá que reescribir estas líneas. ¡Vaya! Luego de un ataque de tal magnitud a la sede de la democracia norteamericana, que costó 5 vidas humanas e innumerables destrozos. Embestida en la que campearon ira y encono, el personaje que primero los exhorta a asaltar con violencia, para más adelante llamarlos a irse a casa en paz. Y al tercer día da a conocer que se castigará a quienes participaron en esa revuelta. Yo sé que en todos lados se cuecen habas, como dice el refrán, pero no deja de alarmar esa actitud totalmente contradictoria en la persona de quien comanda la nación más poderosa del planeta. Sobre todo, conociendo que, por razón de los apoyos electorales, la NRA (Asociación Nacional del Rifle) tiene tantas prerrogativas para la venta de armas y municiones, así se trate de artefactos de alto poder. ¿Podrá contenerse a un grupo de fundamentalistas raciales enojados y provistos de armas semiautomáticas?... Un escenario así es atemorizante.

Tal vez haya sido, en el fondo, muy al estilo del presidente Trump, una demostración del poder que sabe que tiene sobre grupos de seguidores, dispuestos a cualquier cosa por apoyar a su líder. Una burda manera de utilizar a sus propios simpatizantes.

Volviendo al planteamiento inicial, este 2021 inicia con un adelanto de lo que será la vida humana sobre el planeta, si cada uno de nosotros no pone un orden a su propia existencia: En sus prioridades y expectativas, a partir de sí mismo, mediante un ejercicio de reflexión personal. Desechando la costumbre de atribuir a otros lo que es nuestra sola responsabilidad. No hay de otra sopa: Tenemos ésta y la que ya se terminó.
03 Enero 2021 04:00:00
Año Nuevo
Venimos reponiéndonos de las festividades decembrinas. Nos mentalizamos a que, pasando el Día de Reyes, regresamos a nuestros patrones habituales de comportamiento. Cierto, esto de habitual es un decir, en un tiempo que ha cambiado para siempre hábitos y costumbres de los humanos, por razón de una cadena de aminoácidos.

El uso de las redes sociales nos ha salvado de muchas cosas, y -habrá que decirlo-también nos ha metido en otras no tan deseables. Dentro del grupo de las primeras, nos otorga una inmensa libertad para comunicarnos con nuestros seres queridos más cercanos y compartir los sentimientos que estas festividades generan en nuestro corazón. Muy en particular dentro de las familias que, por causas de fuerza mayor, no han podido llevar a cabo en forma directa la celebración como en otros años. Como amante de la palabra escrita, he encontrado textos maravillosos que llegan a mi teléfono móvil; a la vez me agobia la cantidad de lugares comunes que se cuelan hasta el último rincón de mi memoria cibernética. Hay que decirlo, esos mensajes se transmiten con la mejor intención, pero se convierten en un alud de felicitaciones enviadas y reenviadas una y otra vez, que terminan perdiendo sentido. Los escasos textos originales se disipan en aquella infinidad de mensajes, de manera que llega un punto en que me gana la ceguera del rebosamiento.

Lo anterior constituye parte de lo que los especialistas denominan “hiperinformación”, fenómeno asociado al uso de redes sociales. Ante un cúmulo tal de datos, se disipa el sentido del mensaje. Me hace recordar mi infancia, cuando lo más emocionante era recibir una tarjeta navideña impresa. En la portada contenía un diseño propio de la temporada y en su interior un mensaje de texto impreso. De acuerdo con quien la enviara, muy posiblemente debajo de la letra impresa vendría con manuscrito: “Te desea: Fulanita”. En lo personal resultaba de lo más emocionante ese intercambio de tarjetas, cuyo costo en las papelerías, si no me falla la memoria, rondaba alrededor de los 30 centavos, sobre incluido. Había que ahorrar, luego seleccionar diez o quince y finalmente repartirlas entre las amistades del salón de clases. En casa iba haciendo un “collage” con las tarjetas recibidas, que no me cansaba de mirar todos los días. La actualización de aquellos mensajes vienen a ser las felicitaciones digitalizadas que se reenvían por mensaje electrónica una y otra vez. En lo personal me parece que circulan tanto, que dejan de tener sentido, carentes de un toque personal que denote la intención del remitente. Esto es, la hiperinformación nos despersonaliza; el mensaje no da cuenta de un rasgo particular que hable de que esos deseos que acompañan a la imagen de temporada, tengan algo que ver con nuestras buenas intenciones para un destinatario en particular. Son un cliché que se repite masivamente para nuestras listas de contactos.

Me parece que en estos tiempos en que la emergencia sanitaria nos obliga a limitar la cercanía física, hacernos presentes con los seres queridos de las maneras que sí son posibles, contribuye a acortar distancias, a transmitir esa calidez que todos estamos necesitando tanto. Si por el mismo costo, podemos sustituir ese mensaje estereotipado por una llamada de dos minutos para hacernos presentes en esta temporada, estaremos transmitiendo un mensaje directo y único para esa persona que estimamos. Dejemos de lado los lugares comunes para obsequiar ese regalo hoy en día tan caro: Un poco de nuestro tiempo.

El año que comienza lo hace con todas nuestras expectativas puestas en él. Más allá de los habituales propósitos personales de año nuevo, comienza cargado de los anhelos de la humanidad por un tiempo de sanidad, tranquilo, que nos permita llevar a cabo nuestros sueños, planes y proyectos, sin riesgo para nuestra integridad o nuestra vida. Hemos aprendido una gran lección, que nadie sobre el planeta tiene la vida asegurada y que el tiempo es un recurso con fecha de caducidad, y que, por tanto, debemos aprovechar mientras lo tengamos con nosotros. A lo largo de las vicisitudes -grandes y pequeñas-descubrimos quiénes son en verdad nuestros amigos, de modo que iniciamos un nuevo año con un inventario actualizado. Sobre todo -al menos es mi caso-comprendimos que, para cumplir metas, el lugar es aquí y el tiempo ahora, antes de que el tren de la vida nos baje en alguna estación. Hemos hallado que el ser humano por sí mismo tiene una capacidad limitada y que, si no es encomendándose a un poder más allá de sí mismo, el avance va a ser limitado. También descubrimos que la manera más eficaz de avanzar es mediante la unión de fuerzas, en un ejercicio de comunidad que aplaque los egos y se encauce al logro del bien común.
27 Diciembre 2020 04:00:00
Un año distinto
Termina un año diferente de cualquier otro. Nos hermanó en males y a la vez nos fragmentó en núcleos familiares, para sobrevivir. Tiempo en el cual desarrollamos nuevas formas de comunicación y habilidades de tipo  personal. De estas últimas, en particular, la resiliencia. La mente nos ha dividido en dos grupos, el de los que creemos que la crisis sanitaria es un evento espontáneo y casual, como otros que han marcado la humanidad. Y están quienes ven detrás de lo ocurrido las malas intenciones de un grupo que quiere someter al mundo.

De una u otra forma, ha sido un año atípico, en el que ha habido muchos casos de enfermedad y de muerte. Difícilmente, al menos en nuestro país, habrá quien no tenga un familiar o un conocido que sucumbió a la enfermedad. Serán historias que perdurarán en el tiempo, para que las futuras generaciones se vean en ellas antes de tomar decisiones de impacto
colectivo.

Fue un período escolar que se llevó, en su gran mayoría, desde casa. Los niños aprendieron a ser autónomos en sus decisiones, entender que lo que hagan o dejen de hacer por cuenta propia tiene consecuencias para su vida.

Hay grandes problemas que se dispararon a consecuencia de la enfermedad, las restricciones sanitarias y la falta de empleo: Crecieron problemas sociales como la violencia doméstica, la depresión y los índices de suicidio. Hubo grupos humanos que enfermaron por tener que salir de casa a ganarse el diario sustento. Hubo otros que, apelando al pensamiento mágico tan nuestro, actuaron al margen de las restricciones sanitarias, poniendo en riesgo a los de casa y a ellos mismos. No son uno ni dos los casos de incrédulos arrepentidos, que, desde una Terapia Intensiva, a punto de morir, llamaron a otros incrédulos diciendo que la enfermedad sí existe y que hay que cuidarse.  

Ha sido un período de grandes lecciones. El planeta nos cimbró más de una vez para llevarnos a reaccionar. Quiero entender que la mayoría de nosotros captamos el mensaje; aprendimos que todo acto en contra del medio ambiente nos pasa factura, más temprano que tarde, según vemos.

Nos falta mucho por aprender todavía: Necesitamos entender que la violencia no se corrige con más violencia. Que hablar en contra de un problema no lo resuelve; para ello se requieren actos precisos, dirigidos a actuar sobre el núcleo del problema. Nos falta convencernos de que llenar de descalificaciones las redes sociales, en contra de quien expresa una opinión contraria, nunca propiciará un cambio favorable en la sociedad. Aprender que una mala acción no convierte a su autor en un mal ser humano; quizá habrá actuado de manera equivocada o a partir de una información errónea, mas no por ello es malo en esencia.

Las restricciones nos han enseñado a vivir con menos cosas, a centrarnos en lo esencial. Aprendimos a valorar a los demás por lo que saben hacer y nada más. El resto queda al margen de nuestras apreciaciones. En el mejor de los casos aprendimos a conocernos nosotros mismos, a convivir con lo que somos y disfrutarlo. Nos hemos vuelto creativos para resolver problemas por cuenta propia, problemas que antes jamás habríamos imaginado
solucionar.

La lección más importante –me parece– fue descubrir la grandeza del ser humano. Saber que hay personas dispuestas a exponer la vida por ayudarnos. Desde empleados y repartidores que nos entregan la mercancía solicitada en la mano. Surtidores de productos básicos que no han flaqueado un solo día en su labor. Personal que ha atendido las necesidades de infraestructura urbana a pesar del riesgo que ello implica.

Los que descuellan en primerísimo lugar son aquellos pertenecientes al gremio médico y paramédico que ha atendido la emergencia sanitaria. Desde galenos, personal de Enfermería; asistentes, técnicos, choferes de ambulancia. Así como el personal que ha dispuesto de la mejor manera de los restos humanos en los casos de fallecimiento. No hay dinero que pague lo que ellos hacen, muchos alejados de su familia, agotados, con la angustia prendida al pecho cada día, sabiéndose en riesgo de muerte. Tantas veces vapuleados y agredidos por familiares de pacientes. Y lo más doloroso, una parte de esos pacientes fueron contagiados por los mismos familiares que ahora reclaman y exigen, pero que en su momento emprendieron conductas de riesgo que llevaron a su familiar a enfermar.

Termina un año muy aleccionador para todos. Se vislumbra un mejor 2021. Así llegue la vacuna en la cantidad requerida, con la eficacia necesaria, necesitamos seguir cuidándonos; hacer de muchas de nuestras nuevas costumbres sanitarias una regla, al menos por un buen tiempo.

Este fin de año obliga dar gracias por lo que tenemos y elevar una oración por quienes a diario nos cuidan.
20 Diciembre 2020 04:00:00
Crear memorias
Estas fechas nos conectan con la esfera más sensible de nuestra vida: Las memorias se agolpan y percibimos las cosas de manera distinta al resto del año.

Nos permitimos entrar en contacto con el niño interior que llevamos dentro, y que finalmente facilita el goce y la expresión sin tapujos de toda clase de emociones, desde el júbilo absoluto hasta el llanto que, si no logra exteriorizarse, al menos se queda hecho nudo en la garganta.

Cada uno construye sus memorias de acuerdo con los fragmentos de ayer que, como piezas de rompecabezas, terminan conformando un todo personal.

En mi caso la Navidad está hecha de estampas, unas religiosas, otras profanas, donde se entremezclan de manera única elementos del nacimiento con personajes pintados por Diego Rivera o importados de Norteamérica.

Hay posadas multicolores que retratan el júbilo de niños con piel de canela, junto a nítidas figuras de personajes de fantasía, como Rodolfo el reno de la nariz roja o Frosty, el mono de nieve con ojos de carbón, que un día –como por magia– cobró vida. Todo ello situado en un fondo colmado de nochebuenas y luces multicolores.

La Navidad huele a pino y a ponche de frutas. Se cuelan recuerdos aromáticos de tamales y champurrado. Escucho los villancicos españoles ahijados en nuestro suelo, y alcanzo a rememorar los golpes del palo de madera contra el tepalcate de una piñata barrigona, que amenaza con explotar y lanzar de manera portentosa, naranjas, guayabas, caña; cacahuates y mucha colación. Con cada golpe seco de la madera sobre el barro crece la emoción de los niños, dispuestos a recoger a manos llenas esos tesoros para el paladar.

Llega el aroma cautivador de la mandarina que impregna las manos que la despojan de su cáscara. Penetra a través de la nariz, y va a alojarse para siempre como un apetecible recuerdo de infancia.

Navidad es la nerviosa expectativa de la noche del 24, tiempo en que imaginamos ese juguete tan deseado bajo el árbol. La misa de gallo de medianoche, cuando los horarios de mi infancia se alteraban por única vez en el año, y el sueño se espantaba ahuyentado por la emoción de lo que llegaría unas horas después.

A la mesa navideña de los recuerdos hoy acuden padres y abuelos; cada uno ocupa su lugar y la fiesta comienza. La música del tocadiscos pasa de villancicos españoles a canciones de Bing Crosby una y otra vez; hay ratos cuando el áspero sonido de la aguja sobre el acetato es todo lo que se percibe, ignorado por las voces y las risas de los comensales.

Las tarjetas navideñas. El fulgor de las luces de Bengala y el olor del cabo de las velitas, cuyo resplandor acompañaba la procesión de peregrinos pidiendo posada. El frío que se metía hasta los huesos y me ponía a temblar de un modo hasta sabroso, para apercibirme de que la Navidad llegaba.

La cocina de mi madre; las manos de mi abuela. Las golosinas que regalaba el padrino. La emoción de vivir las posadas y contemplar esos nacimientos de cinco o seis cuadros, poblados con figuras de barro multicolor, que representaban a los peregrinos, los reyes magos, cada uno en su bestia: el caballo para Melchor; el camello para Gaspar y el elefante para Baltazar. Los pastores, el ángel anunciando la buena nueva al mundo; al fondo el asno y el buey, y al frente dos o tres borreguitos. A un lado la pequeña aldea con sus habitantes; el lago con patos y cisnes; el pozo de agua y la aguadora de mantilla blanca siempre.

Borreguitos repartidos en todos los cuadros, e invariablemente un pastor cargando una oveja sobre sus hombros.

Entre unas y otras escenas, se extendía una alfombra de heno, musgo, y algunas esferitas navideñas. Tal vez más allá del portal podía verse un molino de viento; puentes, ríos y cascadas.

Otro cuadro que no podía faltar era el de la creación del mundo, el árbol, la manzana y la serpiente. Adán y Eva con una desnudez que contrastaba con el arropamiento del resto de las figuras. Por encima del portal en el que se exhibían los peregrinos, la estrella de Belén refulgente.

De niña imaginaba que encima de la estrella se hallaba Dios Padre, un viejo de cabello canoso y ondulado, sonriendo satisfecho al contemplar las distintas escenas de la Natividad.

Canela; incienso; ilusión; a la ro-ro niño; nieve a través del helado cristal o proveniente de un bote que la lanza a velocidad para decorar las ventanas de la escuela con un “Feliz Navidad” y un moño de ocasión.

Ahora es momento para conectar con los ecos de ese ayer, y crear memorias entrañables para nuestros niños.

En particular esta vez, cuando culmina un año atípico, nada fácil, que ha implicado renuncia a muchos elementos de disfrute.

¡Nuestros niños lo tienen más que merecido! Rematemos este año tejiendo para ellos inolvidables memorias.
20 Diciembre 2020 04:00:00
Crear memorias
Estas fechas nos conectan con la esfera más sensible de nuestra vida: Las memorias se agolpan y percibimos las cosas de manera distinta al resto del año. Nos permitimos entrar en contacto con el niño interior que llevamos dentro y que finalmente facilita el goce y la expresión sin tapujos de toda clase de emociones, desde el júbilo absoluto hasta el llanto que, si no logra exteriorizarse, al menos se queda hecho nudo en la garganta.

Cada uno construye sus memorias de acuerdo con los fragmentos de ayer que, como piezas de rompecabeza, terminan conformando un todo personal. En mi caso la Navidad está hecha de estampas, unas religiosas, otras profanas, donde se entremezclan de manera única elementos del nacimiento con personajes pintados por Diego Rivera o importados de Norteamérica. Hay posadas multicolores que retratan el júbilo de niños con piel de canela, junto a nítidas figuras de personajes de fantasía, como Rodolfo el reno de la nariz roja o Frosty, el mono de nieve con ojos de carbón, que un día -como por magia-cobró vida. Todo ello situado en un fondo colmado de nochebuenas y luces multicolores. La Navidad huele a pino y a ponche de frutas. Se cuelan recuerdos aromáticos de tamales y champurrado. Escucho los villancicos españoles ahijados en nuestro suelo y alcanzo a rememorar los golpes del palo de madera contra el tepalcate de una piñata barrigona, que amenaza con explotar y lanzar de manera portentosa, naranjas, guayabas, caña; cacahuates y mucha colación. Con cada golpe seco de la madera sobre el barro crece la emoción de los niños, dispuestos a recoger a manos llenas esos tesoros para el paladar. Llega el aroma cautivador de la mandarina que impregna las manos que la despojan de su cáscara. Penetra a través de la nariz y va a alojarse para siempre como un apetecible recuerdo de infancia.

Navidad es la nerviosa expectativa de la noche del 24, tiempo en que imaginamos ese juguete tan deseado bajo el árbol. La misa de gallo de medianoche, cuando los horarios de mi infancia se alteraban por única vez en el año y el sueño se espantaba ahuyentado por la emoción de lo que llegaría unas horas después. A la mesa navideña de los recuerdos hoy acuden padres y abuelos; cada uno ocupa su lugar y la fiesta comienza. La música del tocadiscos pasa de villancicos españoles a canciones de Bing Crosby una y otra vez; hay ratos cuando el áspero sonido de la aguja sobre el acetato es todo lo que se percibe, ignorado por las voces y las risas de los comensales.

Las tarjetas navideñas. El fulgor de las luces de Bengala y el olor del cabo de las velitas, cuyo resplandor acompañaba la procesión de peregrinos pidiendo posada. El frío que se metía hasta los huesos y me ponía a temblar de un modo hasta sabroso, para apercibirme de que la Navidad llegaba.

La cocina de mi madre; las manos de mi abuela. Las golosinas que regalaba el padrino. La emoción de vivir las posadas y contemplar esos nacimientos de cinco o seis cuadros, poblados con figuras de barro multicolor, que representaban a los peregrinos, los reyes magos, cada uno en su bestia: El caballo para Melchor; el camello para Gaspar y el elefante para Baltazar. Los pastores, el ángel anunciando la buena nueva al mundo; al fondo el asno y el buey, y al frente dos o tres borreguitos. A un lado la pequeña aldea con sus habitantes; el lago con patos y cisnes; el pozo de agua y la aguadora de mantilla blanca siempre. Borreguitos repartidos en todos los cuadros, e invariablemente un pastor cargando una oveja sobre sus hombros. Entre unas y otras escenas, se extendía una alfombra de heno, musgo, y algunas esferitas navideñas. Tal vez más allá del portal podía verse un molino de viento; puentes, ríos y cascadas. Otro cuadro que no podía faltar era el de la creación del mundo, el árbol, la manzana y la serpiente. Adán y Eva con una desnudez que contrastaba con el arropamiento del resto de las figuras. Por encima del portal en el que se exhibían los peregrinos, la estrella de Belén refulgente. De niña imaginaba que encima de la estrella se hallaba Dios Padre, un viejo de cabello canoso y ondulado, sonriendo satisfecho al contemplar las distintas escenas de la Natividad.

Canela; incienso; ilusión; a la ro-ro niño; nieve a través del helado cristal o proveniente de un bote que la lanza a velocidad para decorar las ventanas de la escuela con un “Feliz Navidad” y un moño de ocasión. Ahora es momento para conectar con los ecos de ese ayer y crear memorias entrañables para nuestros niños. En particular esta vez, cuando culmina un año atípico, nada fácil, que ha implicado renuncia a muchos elementos de disfrute. ¡Nuestros niños lo tienen más que merecido! Rematemos este año tejiendo para ellos inolvidables memorias.
13 Diciembre 2020 04:00:00
Balance del delta
Estamos a mediación del último mes de este 2020, donde hemos sido llevados por una corriente más allá de nuestra propia voluntad, una corriente que ha ido cobrando fuerza y en ciertos momentos nos lleva como los rápidos de un río que desciende. Vemos las rocas a uno y otro lado, tratando de adivinar contra cuál de ellas podremos resultar golpeados. Ahora pareciera que nos acercamos al delta del río; bajo el agua queda el abundante sedimento que lleva a la corriente a ir perdiendo velocidad y fuerza, con la promesa de un descanso.

Es buen momento para sopesar lo que hemos logrado en nuestra vida personal a lo largo de este período, tan ajeno a la normalidad. Cuarenta semanas, justo el equivalente a lo que dura una gestación humana, etapa durante la cual algo habremos creado con nuestro tiempo y voluntad. El balance es muy personal; muchos lo estarán pasando transidos por el dolor de ver enfermar o partir a un ser querido; para algunos más ha sido un tiempo que han vivido aferrados a la esperanza día tras día; semana tras semana, enfrentando los fantasmas de la incertidumbre y de la pena. No obstante, como en todo, hay cosas buenas que hemos aprendido del mundo, de nuestros seres queridos, y sobre todo de nosotros mismos.

Lo primero que nos corresponde, es agradecer al cielo que seguimos aquí, con vida. Podemos narrar en primera persona lo que ha sido nuestra experiencia durante este período de tiempo.

No estamos solos. Ya sea dentro de casa; a través de los medios de comunicación, o de alguna otra manera, tenemos la noción de que somos importantes para alguien.

Hemos tenido múltiples oportunidades para ejercitar la empatía. Para solidarizarnos con quienes viven en desgracia, y compartir un poco de lo que tenemos.

Ha habido ocasión de revisar las posesiones materiales que tenemos dentro de casa y deshacernos de buena parte de ellas. Lo más simpático es que, conforme pasan los meses, nos percatamos de que nos siguen sobrando cosas que pueden beneficiar a otros. Es una toma de conciencia progresiva, que en otras circunstancias jamás habríamos hecho.

Vamos aprendiendo a utilizar las redes sociales, a ratos nuestra única ventana al mundo. Ahora conseguimos distinguir entre una noticia verdadera y una falsa, para no dejarnos engañar.

Mediante la red hemos accedido a sitios y a eventos que de otra manera difícilmente habríamos conocido. En el mejor de los casos hemos hecho comunidad con personas que comparten nuestros gustos e inquietudes.

La pandemia nos ha hecho salir de nuestra zona de confort para ir al lado de esa persona que sufre. Hemos logrado dimensionar nuestras párvulas desgracias frente a las grandes tragedias que otros enfrentan. La realidad nos cimbra para sacudirnos los polvos del ego.

Entendimos que la solidaridad no se ejerce mediante la palabra sino a través de acciones. Y en la medida de lo posible, cada uno de nosotros ha aprendido a solidarizarse con otros.

El encierro nos ha obligado a pasar con mayor frecuencia frente al espejo. En el mejor de los casos, a redescubrirnos en su reflejo, conocer rasgos de nosotros mismos, que hasta ahora no habíamos apreciado.

El aburrimiento nos ha encauzado a la creatividad. Hemos aprendido nuevas cosas, ello nos ha hecho transitar del aburrimiento a la gratificación.

Eso de pasar meses enteros sin un corte de cabello profesional, nos permite ver la vida con mayor simplicidad y buen humor. Somos los mismos a pesar de nuestro desaliño. Es más, quizá concluyamos que una sonrisa nos adorna más que cualquier sólido maquillaje.

Hemos aprendido a conocer y a bendecir nuestras raíces. A valorar los trabajos que nuestros ancestros llevaron a cabo para colocarnos a nosotros donde ahora estamos. Vivimos a mayor profundidad el sentido de pertenencia. Nos enorgullecemos de nuestro clan.

Frente a la pantalla o frente a un buen libro hoy sabemos que la realidad personal es muy distinta a la de los demás. Que cada cual vive su propia situación y a partir de ella es como actúa. Que en la medida en que tengamos claro este concepto, erigiremos una sociedad más sana y equilibrada.

Comprendemos en toda su magnitud el amor con que algunos seres humanos trabajan por nosotros: El personal de salud, sabio, generoso, que enfrenta con fortaleza todas las pruebas y es capaz de dar la vida en ello. Los investigadores incansables que hurgan las entrañas de la ciencia para diseñar una vacuna. Los trabajadores cuyo quehacer nos permite a muchos de nosotros permanecer a buen resguardo.

Ésta no es –en absoluto– la primera emergencia sanitaria de la humanidad. No obstante, hasta ahora, es la más documentada. Quedará plasmada para la historia mediante sobradas evidencias. Sea pues, momento de escribir nuestra mejor historia.
06 Diciembre 2020 04:00:00
El mejor presente
Llega la esplendorosa época decembrina a alegrar el corazón. Como todo lo que ha venido sucediendo en los últimos nueve meses, será una celebración distinta a cualquier diciembre que le haya precedido. En incontables mesas familiares habrá quedado una silla vacía. La alegría de la convivencia podrá verse empañada por la ausencia de ese familiar que pasará la Navidad en una cama de hospital, sin distinguir fechas u horas del día. En muchos otros casos la familia extendida no podrá reunirse como en años anteriores, cuidando de no salir de casa y contagiarse. Habrá hogares en los que la cena navideña sea como la de cualquier otro día, o donde no haya regalos, porque la economía es magra. Necesitamos mentalizarnos de que la esencia de la Navidad no está afuera sino dentro del corazón, por más que nos cueste asimilarlo.

Nuestra idiosincrasia es muy particular; una característica consiste en que nos da por enmascarar la realidad. Esto es, si es dable hacer trampa, no lo pensamos tanto y engañamos. Lo hacemos como quien lleva a cabo una travesura; sacamos ventaja cuando se pueda, y lejos de quedarnos un sentimiento de culpa, lo asumimos como un signo de sagacidad. Pudimos verle la cara al otro; fuimos capaces de violar la norma sin ser descubiertos; obtuvimos ventaja económica de una situación. Si nadie se percata, qué bueno, y si nos sorprenden en la falta actuamos graciosos, jalando a quien nos sorprendió a participar en la travesura como un cómplice, para restarle importancia a los hechos. Ahora recuerdo a un exalcalde nayarita que hace unos años, cuando se puso en evidencia que había desviado recursos de la municipalidad, contestó, minimizando los hechos, que ”había robado poquito”.

Faltar a la verdad provoca daños colaterales. Si oculto algo, estoy dañando a terceros, de manera directa o indirecta, aun cuando no todos lo dimensionamos de la misma manera. Muchos problemas políticos y económicos del mundo tienen relación con ocultamientos que, a fuerza de repetirse, terminan perdiendo importancia, algo que, en estricto apego a la verdad, no debería suceder.

Ahora que llega la temporada navideña, nuestro espíritu festivo a ratos no parece tan dispuesto a celebrar de un modo distinto al tradicional. Tal vez buscará cómo sacar la vuelta a las regulaciones sanitarias para reunirse con la familia distante o con los amigos. Parte de esa actitud tan propia de nosotros de “qué tanto es tantito”, y el gozo del reencuentro, de la fiesta y de la alegría nos hace desterrar de la mente en ese rato cualquier otro pensamiento. “No pasa nada”. “Todos nos hemos cuidado tanto tiempo, que no hay riesgo de que me enferme”. Campea la idea entre jóvenes, adultos y mayores. Es una mentira, es mentirnos a nosotros mismos, no querer voltear a ver una verdad que está ahí, gritándonos.

Viene a mi mente el surgimiento del sida a principios de los 80. El mecanismo de transmisión es parecido al de la covid hoy en día. El riesgo de transmisión del vih es exponencial; depende del número de parejas sexuales que ha tenido la persona con la que tengo sexo ahora, y a la vez del número de parejas que cada una de ellas ha tenido en el tiempo.

Por esa razón, en sus inicios, el sida fue visto como epidémico. Aquí pasa algo similar: Dentro de un hogar hay una o más personas que por razón de su trabajo, compras o pagos diversos, deben salir de casa. Si siguen las medidas de higiene necesarias, es poco probable que pongan en riesgo a los convivientes habituales.

Cuando reunimos a varios grupos, digamos en una posada familiar, el microambiente de unos entra en contacto con el microambiente de otros, por más que todos sean parientes. Ahí es donde se da la transmisión del virus. En ese salón de fiestas están entrando en contacto cepas de unos y de otros, y a la vuelta de una o dos semanas, tenemos grupos familiares contagiados.

Sea esta época navideña un tiempo donde prive el sentido común. Habrá muchas ocasiones más para abrazarnos, besarnos y cantar juntos; incontables oportunidades para celebrar al lado de nuestros seres queridos; expresar unos a otros los mejores deseos cara a cara, y divertirnos. Este no es el momento para hacerlo. Dejemos las rifas, los intercambios de regalos y las fotos familiares para una ocasión libre de riesgos. Ahora no.

Hagamos de la presente una temporada distinta, en la que prive la más profunda generosidad, esa que lleva a cuidar con todo nuestro cariño a quienes amamos, mediante la renuncia de nuestra diversión personal. Comuniquemos los sentimientos de maneras alternativas. Seamos creativos al expresarlos, por vías nuevas y distintas. Todo puede esperar. El mejor presente que podemos dar esta vez a quienes amamos, es no ponerlos en riesgo.
29 Noviembre 2020 04:00:00
¿Por qué Maradona?
Dentro de las noticias de la semana que han merecido mayor difusión, se encuentra la muerte del futbolista argentino Diego Armando Maradona. Como ha sucedido con otros personajes populares de la historia moderna, el pueblo se volcó en manifestaciones de dolor hacia el ídolo que moría injustamente, en contra de su destino de inmortal que, suponían, estaba escrito.

Se aprende mucho del estudio de expresiones como esta, que parten de la muerte de quien era tenido por su gente y en este caso, también por sí mismo, como un dios.

Expresiones masivas de dolor me remiten a la muerte de Pedro Infante en México, o de Evita Perón en la misma Argentina. En ambos casos se trata de la muerte anticipada de seres humanos que habían dejado atrás sus condiciones de origen para elevarse y trascender. Se enciende el fervor de la gente que se siente identificada con ellos.

La muerte de Maradona generó en Argentina tres días de luto oficial. Del mismo modo como en otros lugares y momentos se decretó para héroes de guerra y difícilmente para investigadores, por más significativos que sus logros hayan sido para la humanidad.

Si analizamos a Maradona como ser humano, encontraremos que aparejados con sus logros deportivos hay grandes problemas de comportamiento, en la cancha como en su vida privada; rasgos que merecieron para más de un profesional de la salud mental, situar su origen en un trastorno de personalidad, tal vez asociado al uso de sicofármacos.

Le sucedió como ha ocurrido con otros personajes del deporte o del espectáculo: Los apabullan la fama y los ingresos económicos, a tal grado que muchas veces terminan solos y en la más absoluta inopia, después de que tuvieron el mundo a sus pies.

¿Qué sucede entonces? Posiblemente la novela clásica publicada hasta principios del siglo 19 consiguió retratar personajes con los que el lector se sentía identificado. Eran protagonistas de carne y hueso, con aciertos y errores; pecados y virtudes, que a lo largo de la trama iban tomando decisiones que daban rumbo a la misma. Se presentaban problemas que los personajes tenían que enfrentar, hasta un clímax y un desenlace.

Así podemos recordar infinidad de personajes de la narrativa o de la poesía de época. Dichos protagonistas se permitían licencias que los humanos de la vida real no, sometidos a los clichés vigentes. El teatro abona a estos personajes humanizados, y dada la relación entre autor, actores y espectadores, podemos identificarnos con los deslices mayores y menores que ocurren en el escenario. Según parece, fue con el surgimiento de las telenovelas cuando las cosas cambiaron. Transmisión de las primeras telenovelas, década de los años 60: Escenario montado en un estudio mediante mamparas y muebles de sala. Las escenas más allá de la sala solo se sugerían. Era un formato teatral dividido en cuadros, con un intermedio breve en el que las empresas patrocinadoras hacían su comercial mediante un anunciador con el producto en la mano, para enumerar las bondades de este. Quizá se intercalaba un anuncio filmado, y en seguida regresaban las cámaras a continuar con la trama de la telenovela.

A partir de este punto de quiebre los personajes de la literatura cambian, se alejan de la realidad: Eran los tiempos del crepé y las lacas, de manera que las actrices, totalmente descompuestas en medio del peor drama, aparecían perfectamente peinadas, maquilladas y vestidas.

Con el tiempo la escenografía fue evolucionando de formas, pero los personajes continuaban con esos rasgos: Si Esmeralda era sacada de su sueño a las 3 de la mañana por una llamada de Carlos Daniel, la cámara nos la presentaba en su cama con sábanas egipcias. Ella se incorporaba ataviada en su bata de seda, perfectamente maquillada, y tomaba el auricular.

Así se fue exagerando la falta de verosimilitud de personajes y tramas, para llevar a que ahora la gran mayoría de los mexicanos “en la tele” sean rubios de ojos claros; muy atractivos, delgados; ejecutivos y ricos. Que viajen a cada rato a Europa o a Emiratos Árabes; que tengan carro del año y casa de verano.

Esta es la idea que, de manera subliminal venden los productores. Arquetipos frente a los cuales nos sentimos como personajes de Los Olvidados, de Buñuel. Entonces, toparnos con un Maradona de carne y hueso, que cambió el barrio por las grandes canchas, y que nunca dejó de mostrarnos su lado humano, se gana la idolatría de la gente. Cada aficionado puede echar mano de su figura para soñar, como remata Chava Flores su célebre canción: ¿A qué le tiras cuando sueñas, soñador?

La idolatría por Maradona demuestra lo siguiente: Urgen modelos que nos hagan creer que la condición humana es una plataforma de despegue para nuestros sueños.
22 Noviembre 2020 04:00:00
La Revolución hoy
Acerca de la Revolución Mexicana somos capaces de hablar en segunda persona, evocando historias que nos resultan cercanas. Surgen anécdotas que muy probablemente no están escritas en ningún libro de época, o que, a causa de su transmisión oral a partir del hecho original, van sufriendo variaciones en una especie de “teléfono descompuesto”, como el que jugábamos de niños. Aún viven personas que nacieron pocos años después de 1908, la primera vez que Madero convocó a la población a levantarse en armas para desbancar al presidente inamovible por 30 años. Esas personas estuvieron próximas a ciertos hechos que detonó la Revolución en 1910 y culminó en 1917 con la expedición de la nueva Constitución Mexicana.

Dentro de esta obligada nueva normalidad, el desfile deportivo y militar se sustituyó por un magno evento en la explanada del Monumento a la Revolución en la Ciudad de México. A propósito de los personajes que recordamos al hablar del período de 1910 a 1917, en días pasados la UNAM San Antonio transmitió una espléndida charla del Doctor Javier Garciadiego con motivo del centenario luctuoso de Venustiano Carranza. Charla que, por cierto, se halla en la página de UNAM San Antonio, para quien guste verla. Con un dominio excepcional sobre el tema, el historiador fue conectando una red de personajes cercanos a Carranza, que finalmente tuvieron que ver con su asesinato aquella noche de mayo de 1920 en Tlaxcalantongo, Puebla, en donde planeaba pernoctar en su trayecto al puerto de Veracruz. Cierto, hay que decirlo, desde la incubación de lo que se consolidaría como un movimiento armado en 1910, la muerte estuvo presente. De los asesinatos en el preámbulo de la Revolución, fue el de Aquiles Serdán en la ciudad de Puebla. En la residencia familiar se parapetaron los hermanos Serdán, familiares y simpatizantes de la causa antirreeleccionista; hasta ahí llegó un grupo de militares armados con la intención de ultimar a Aquiles. En la reyerta murió su hermano Máximo, y su hermana Carmen Serdán salió herida. Por cierto, a partir de ahora aparece la imagen de la hermana en el anverso de los nuevos billetes de mil pesos al lado de Francisco I. Madero y Hermila Galindo.

Para las nuevas generaciones de mexicanos es poco probable escuchar de forma directa anécdotas de aquellos tiempos, dando vida a personajes que de otra manera vemos planos, como las imágenes de los nuevos billetes. Necesitamos dotarlos de una dimensión humana, mostrarlos como lo que son, hombres y mujeres de carne y hueso como nosotros. Individuos que albergaron sueños de una mejor nación para todos, y que no tuvieron empacho en arriesgar la vida por lograrlo. Tal vez algo de esto explique el desgano con que los niños y jóvenes ven la historia, como fechas y nombres que deben memorizar para aprobar una materia. No estamos logrando transmitirles la realidad histórica de entonces. Lo que representaba llevar diarios de campaña; lograr identificar al enemigo con la única ayuda de un par de binoculares. Comunicarse a la distancia mediante el telégrafo, y enviar dinero, víveres y armamento a lomo de caballo. A ratos las nuevas generaciones visualizan los hechos pasados como quien ve una película desde la comodidad de su casa, comiendo palomitas y tomando alguna bebida refrescante. Pueden pausarla o detenerla cuando gusten, o pueden cambiar de canal. A los adultos nos ha faltado conectarnos con las nuevas generaciones, para dotar a las historias y a los personajes de una dimensión tangible, con la que los chicos puedan sentirse identificados. Esto es, los revolucionarios no fueron superhéroes con atributos extraordinarios que, con mover una mano vencieron ejércitos contrarios, y con la otra cambiaron el escenario agreste por uno florido. No será hasta que los presentemos como seres humanos similares a nosotros, con hambre, con frío, cansados, sudorosos, con miedo; con familia a la cual no saben si volverán a ver… Personajes convencidos de que México debe cambiar, de modo que se hacen responsables de efectuar dicho cambio.

La labor para conseguir que los niños y jóvenes se identifiquen con los héroes de nuestra historia no recae solamente en los maestros. Debe de empezar en casa, involucrar a los abuelos, preguntarles qué escucharon ellos de niños, qué historias conocen; de qué manera el lugar donde vivimos participó –en este caso-- en la gesta revolucionaria. De esa trama fundamental derivarán infinidad de subtramas que permitan a la juventud entender de otra manera la historia de México.

Somos un país de indiferentes. Contemplamos lo que pasa, si acaso tuiteamos nuestro descontento y sentimos que así ya hemos cumplido. Urge hacer de nuestros héroes personajes vivos que contagien amor por México.
15 Noviembre 2020 04:00:00
En medio de la tormenta
A ratos imagino que alguno de los novelistas distópicos escribió una historia, la escondió en una caverna, y en fechas recientes algún fuerte viento la sacó a la luz, para convertirla en el guión que todos vivimos en este 2020. Mucho me he hecho acompañar de la imaginación para crear un escenario para cada día, en particular cuando me planto frente a la pantalla y suplico a mis dedos que tamborileen sobre el teclado a manera de un son ritual, para invocar fragmentos de lo que fue mi vida ayer, hasta hace poco, en concreto hasta febrero del 2020, antes de que una emergencia sanitaria me confinara al encierro. Esta mañana me acompañan escasos sonidos, la tubería escandalosa que avanza dentro de un muro, y que cada vez que transporta agua emite un sonido tan cercano, que a ratos me lleva a imaginar que comenzará a borbotear al exterior y me inundará el departamento. Otro sonido es el provocado por la escoba en manos de quien barre hojas otoñales en el exterior, y un tercero gozoso -ausente esta mañana- es el trino de los pajarillos que arman su jolgorio al otro lado de mi ventana. Nunca he podido escuchar música al tiempo de escribir, pues me seduce Euterpe al grado que me hace descuidar a Clío, una musa muy celosa, que no admite distracciones.

La contingencia nos ha ido enseñando a apreciar nuestro entorno de un modo distinto, con una óptica renovada. El encierro lleva a volver la vista a las pequeñas cosas que suceden en derredor, y que en otros momentos no habíamos acaso tomado en cuenta. Quizá lo que acontece en una maceta del patio, logre provocarnos mayores asombros que lo que -en otros momentos- habríamos percibido de la naturaleza a campo abierto. En lo particular concluyo que ha sido un cambio aleccionador, que permite ver nuevas cosas para enriquecernos.

En la otra mitad de la historia que nos está tocando representar, de esa novela que algún discípulo de Orwell o de Asimov escondió para ser descubierta y protagonizada varios años después, hay sentimientos grises: Nos atemoriza la incertidumbre; el encierro condiciona depresión y hasta cierto grado de ira. En alguna medida los dispositivos de comunicación e información nos permiten estar conectados con otros; a ratos para bien y a ratos para mal. La exposición continua a noticias desalentadoras termina por desinflarnos el ánimo.

Un elemento salvador en esta crisis sanitaria son los contenidos de enriquecimiento personal: Música, conferencias, obras de teatro, visitas virtuales, tutoriales de muy diversa índole. Una gama de eventos con acceso en general gratuito que nos llevan a elevar el ánimo. Libros en distintas modalidades: Relectura de los que tenemos en casa, de los favoritos. Compra en línea o descarga de títulos nuevos, que, en el caso de los impresos, llegan a nuestras manos sin tener que salir de casa.

Tal fue el caso de un libro de Gonzalo Celorio intitulado: “El metal y la escoria”, una reconstrucción biográfica de su familia paterna, que comienza en la pequeña población asturiana de Vibaño, en la Península Ibérica, y recorre un largo camino hasta la ciudad de México, pasando como por casualidad por Torreón, Coahuila, en donde identifiqué personajes de mediados del siglo veinte, entre ellos la familia de un tío político mío. Así de pequeño el mundo. Celorio se apega al estilo narrativo de escribir en dos capas. Una es la historia que cuenta las anécdotas; otra lo que el autor desea manifestar, la consigna vital que debe expresar para no morir. En el caso de “El metal y la escoria”, Celorio escribe para exorcizar los demonios del Alzheimer que a ratos siente cernirse sobre su vida. Lo hace de una manera muy original, con gran sentido del humor, para finalmente alcanzar una sana connivencia frente a sus demonios de temporada, y decide vivir la vida aceptando lo que es, sus orígenes y sus propios temores.

Con toda seguridad el encierro nos ha llevado a sustituir la realidad de allá afuera por la virtual. Nos comunicamos con otros para sentir que estamos vivos; generamos un arquetipo que nos permita ganar simpatías en la red, lo que representa palmadas en la espalda, una suerte de recurso para la autoafirmación. Ello también puede generar frustración. Es una nueva forma de desencanto con la cual tendremos que aprender a vivir, y seguir escribiendo y compartiendo con el propósito de crear un imaginario colectivo para la pandemia, aun si nadie nos lo aplaude.

Vamos en alta mar en plena tormenta. A ratos la barcaza personal amenaza con volcarse. No queda más que aferrarse y resistir. Tener fe y -sobre todo- disciplina. Entender que la recuperación sanitaria es labor colectiva que concierne a todos; de otro modo no se consigue.

La tormenta pasará. Crezcamos mientras ocurre.
08 Noviembre 2020 04:00:00
Dónde comienza el cambio
La noticia que ocupó los principales titulares de la semana fue la de las elecciones en Norteamérica. Difícil precisar que haya sido una sola causa, sino más bien la combinación de varios factores, lo que llevó a buena parte de la población digitalizada del mundo a seguir día con día el avance de tales comicios.

Si buscara definir los elementos causales para este seguimiento casi febril, mencionaría en primer lugar el tiempo que la contingencia nos da para estar conectados; en segunda, al mundo le interesa conocer qué implicaciones socioeconómicas representa el cambio o la permanencia de ese Gobierno.

Como vecinos de los EU sabemos lo que cada iniciativa gubernamental representa para las relaciones méxico-norteamericanas. Desde tratados como el T-MEC hasta el simple cruce cotidiano de país a país. En la frontera coahuilense, las restricciones sanitarias para las ciudades hermanas han representado un declive marcado en la economía en ambos lados de la frontera: Para el sur de Texas parte del comercio se ha venido a pique, en tanto ha surgido aquel concepto sesentero de “los fayuqueros”: Residentes o ciudadanos norteamericanos que surten la lista de encargos de los mexicanos y cobran por ello.

De este lado también ha habido afectaciones: Los texanos pueden cruzar libremente, lo que inutiliza cualquier cerco sanitario para los coahuilenses. El turismo médico se mantiene, pero tal vez buena parte de las consultas tengan relación con el coronavirus, lo que dispara el riesgo para nuestro personal de salud. El giro recreativo sí lo ha resentido: Restaurantes y centros de diversión.

El tercer punto de la lista tiene que ver con redes sociales. A diferencia de lo que hacíamos años atrás, vaya, sin ir tan lejos, antes del inicio de la pandemia, la información que consultábamos provenía de distintas fuentes.

Con motivo de las normas sanitarias de confinamiento, nos hemos inclinado hacia la tecnología para informarnos de lo que sucede más allá de nuestro hogar. Marco Antonio Paz Pellat, experto en políticas públicas y estrategia digital, señala en su colaboración del pasado viernes 6 para la revista digital Expreso, los efectos que las redes sociales vienen propiciando en los usuarios.

Con frecuencia en sus exposiciones Marco alude a los algoritmos, fórmulas matemáticas que, con base en nuestras propias preferencias, nos van orientando como consumidores.

Mediante leyes de probabilidad los algoritmos predicen mis gustos y necesidades, y comienzan a llevarme para hacer que yo consuma lo que la tecnología me sugiere, actividad por la que la plataforma será remunerada. Lo habitual es que yo, como internauta, no me percate de que estoy siendo utilizado con fines mercantilistas. En palabras de Paz Pellat, cito: Hay que entender cómo funciona esta economía digital, donde el recurso escaso a explotar es la atención humana.

Otro singular fenómeno que propician las redes sociales es la polarización de opiniones. Detrás de ello hay intereses políticos y económicos muy poderosos, y nuevamente, caemos como moscas en trampa.

Nos adherimos a quien emite apreciaciones que coinciden con las propias; comenzamos a seguir a otros generadores de contenidos similares, y nos vamos rodeando de personajes que piensan igual, llegando al punto de la ceguera intelectual: El momento cuando no veo en el horizonte otros contenidos que no sean semejantes a los míos, y así surge la falacia de que mi forma de pensar es la correcta. Se generan tribus digitales dispuestas a la guerra por defender lo suyo. Triste, tampoco estamos muy conscientes de que esa guerra que inicia frente a la pantalla propicia de manera progresiva odio y deseos de venganza. Así es como salimos a tomar las calles, a dañar sitios públicos y a violentar aquellos que identificamos como contrarios.

Si nuestro propio yo de hace 10 o 20 años observara al yo que somos a finales del 2020, no dudo que se llevaría una sorpresa. Quizá no se reconocería en ese opinador que sube de tono y se violenta con tanta precipitación en cuestión de minutos; ese que pasa del terreno de las opiniones a las descalificaciones contra el opositor por asuntos ajenos a la opinión, como serían rasgos físicos o vestimenta, hasta hallarnos, un rato después, recordando a su señora madre.

Esos mecanismos, que señala con maestría Paz Pellat, son las cuerdas negras de las redes sociales. Cuerdas que nos van llevando por caminos trazados por los amos del espacio digital, y que nosotros difícilmente alcanzamos a detectar. Cierto, para romper ese círculo vicioso se requieren cambios, legislaciones y regulaciones a nivel global.

De lo que no hay duda, es de que estos cambios comienzan con nosotros, en este mismo instante.
08 Noviembre 2020 04:00:00
Dónde comienza el cambio
La noticia que ocupó los principales titulares de la semana fue la de las elecciones en Norteamérica. Difícil precisar que haya sido una sola causa, sino más bien la combinación de varios factores, lo que llevó a buena parte de la población digitalizada del mundo, a seguir día con día el avance de tales comicios. Si buscara definir los elementos causales para este seguimiento casi febril, mencionaría en primer lugar el tiempo que la contingencia nos da para estar conectados; en segunda, al mundo le interesa conocer qué implicaciones socioeconómicas representa el cambio o la permanencia de ese gobierno. Como vecinos de los EU sabemos lo que cada iniciativa gubernamental representa para las relaciones méxico-norteamericanas. Desde tratados como el T-MEC, hasta el simple cruce cotidiano de país a país. En la frontera coahuilense, las restricciones sanitarias para las ciudades hermanas han representado un declive marcado en la economía en ambos lados de la frontera: Para el sur de Texas parte del comercio se ha venido a pique, en tanto ha surgido aquel concepto sesentero de “los fayuqueros”: Residentes o ciudadanos norteamericanos que surten la lista de encargos de los mexicanos y cobran por ello. De este lado también ha habido afectaciones: Los texanos pueden cruzar libremente, lo que inutiliza cualquier cerco sanitario para los coahuilenses. El turismo médico se mantiene, pero tal vez buena parte de las consultas tengan relación con el coronavirus, lo que dispara el riesgo para nuestro personal de salud. El giro recreativo sí lo ha resentido: Restaurantes y centros de diversión.

El tercer punto de la lista tiene que ver con redes sociales. A diferencia de lo que hacíamos años atrás, vaya, sin ir tan lejos, antes del inicio de la pandemia, la información que consultábamos provenía de distintas fuentes. Con motivo de las normas sanitarias de confinamiento, nos hemos inclinado hacia la tecnología para informarnos de lo que sucede más allá de nuestro hogar. Marco Antonio Paz Pellat, experto en políticas públicas y estrategia digital, señala en su colaboración del pasado viernes 6 para la revista digital Expreso, los efectos que las redes sociales vienen propiciando en los usuarios. Con frecuencia en sus exposiciones Marco alude a los algoritmos, fórmulas matemáticas que, con base en nuestras propias preferencias, nos van orientando como consumidores. Mediante leyes de probabilidad los algoritmos predicen mis gustos y necesidades, y comienzan a llevarme para hacer que yo consuma lo que la tecnología me sugiere, actividad por la que la plataforma será remunerada. Lo habitual es que yo, como internauta, no me percate de que estoy siendo utilizado con fines mercantilistas. En palabras de Paz Pellat, cito: Hay que entender cómo funciona esta economía digital, donde el recurso escaso a explotar es la atención humana.

Otro singular fenómeno que propician las redes sociales es la polarización de opiniones. Detrás de ello hay intereses políticos y económicos muy poderosos, y nuevamente, caemos como moscas en trampa. Nos adherimos a quien emite apreciaciones que coinciden con las propias; comenzamos a seguir a otros generadores de contenidos similares, y nos vamos rodeando de personajes que piensan igual, llegando al punto de la ceguera intelectual: El momento cuando no veo en el horizonte otros contenidos que no sean semejantes a los míos, y así surge la falacia de que mi forma de pensar es la correcta. Se generan tribus digitales dispuestas a la guerra por defender lo suyo. Triste, tampoco estamos muy conscientes de que esa guerra que inicia frente a la pantalla propicia de manera progresiva odio y deseos de venganza. Así es como salimos a tomar las calles, a dañar sitios públicos y a violentar aquellos que identificamos como contrarios.

Si nuestro propio yo de hace diez o veinte años observara al yo que somos a finales del 2020, no dudo que se llevaría una sorpresa. Quizá no se reconocería en ese opinador que sube de tono y se violenta con tanta precipitación, en cuestión de minutos; ese que pasa del terreno de las opiniones a las descalificaciones contra el opositor por asuntos ajenos a la opinión, como serían rasgos físicos o vestimenta, hasta hallarnos, un rato después, recordando a su señora madre.

Esos mecanismos, que señala con maestría Paz Pellat, son las cuerdas negras de las redes sociales. Cuerdas que nos van llevando por caminos trazados por los amos del espacio digital, y que nosotros difícilmente alcanzamos a detectar. Cierto, para romper ese círculo vicioso se requieren cambios, legislaciones y regulaciones a nivel global. De lo que no hay duda, es de que estos cambios comienzan con nosotros, en este mismo instante.
01 Noviembre 2020 04:00:00
Otro modo de honrar a los difuntos
México mágico: Luces y sombras; silencios y charadas; risas y llantos. Quizá la fecha cuando más se encuentran estos símbolos antagónicos, en una dialéctica que nos resignifica año con año, sea durante los dos primeros días de noviembre.

Recordamos a nuestros niños muertos la noche del 31 para amanecer el primero de noviembre, día de todos los santos. Continuamos honrando a nuestros jóvenes y adultos para culminar el día 2 con una fiesta así de vistosa como de variada, a lo largo y ancho del país, de un México que se extiende a otras latitudes con igual esplendor.

Cada lugar tiene sus regionalismos; ahora acabo de descubrir que en el estado de Hidalgo la celebración comienza una semana antes, recordando a los muertos en accidentes. Varían los adornos, los platillos y la forma de evocar al ser querido que se adelantó, pero en esencia los elementos básicos son los mismos desde épocas prehispánicas. Se arma un homenaje respetuoso y cálido por aquellos que ya no están físicamente con nosotros, pero que vienen a acompañarnos en estas fechas de modo particular.

México, en su lógica interna, se mofa de la muerte. Surgen alfeñiques en forma de cráneos humanos, con pastillajes coloridos, como para decir: “Pelona, no me haces nada”. A su vez aparece la figura de la Catrina garbancera, iniciada por José Guadalupe Posada, el hidrocálido universal, y desde mediados del siglo 19 se escriben calaveras literarias. Son versos de carácter humorístico, a través de los cuales el pueblo puede mofarse de figuras públicas sin el riesgo de ser sancionado. Algo similar a la quema de Judas en Semana Santa.

Tradicionalmente las calaveras son epigramas escritos en cuartetas octosílabas, con rima consonante. En general se escriben cuatro o máximo cinco cuartetas. En la redacción priva la sátira, destacando algún signo real característico del personaje, a partir del cual se construye la historia en verso. La métrica y la acentuación son clásicas para que la música fluya de verso en verso hasta el final. Por su carácter popular son muy socorridas, a veces descuidando la armonía entre palabras, lo que no es agradable al oído.

Ahora bien, más que perdernos en estas minucias sintácticas, mi reflexión personal va en el sentido de hasta qué punto podremos, en este 2020, conservar el espíritu humorístico y hacer mofa de la muerte, cuando nos ha tratado tan mal. A muchos se los ha llevado, y en lugar de un epigrama jocoso nos hallamos redactando versos fúnebres para no olvidarlos. Cualquier calavera literaria corre el riesgo de llegar a ser, en un futuro próximo, una profecía que, al cumplirse, nos coloque en situación comprometida.

En esta ocasión habría entonces que honrar a nuestros muertos de otra manera: Recordando a los que han fallecido por su trayectoria y sus logros. Expresando nuestro reconocimiento y gratitud porque, gracias a su vida, hoy es mejor la nuestra.

No nos queremos limitar a hablar de grandes pensadores o genios, cuya labor ha sido trascendental para la humanidad, sino hacerlo de nuestro conocido, nuestro ser querido, ese maestro cuya dedicación ha impactado de forma tan positiva en su entorno, porque sembró sabiduría y esperanza. Y porque a su vez convenció a otros para que den lo mejor de su propia persona.

En particular quiero invitar a elevar una oración por el personal sanitario que ha fallecido en el cuidado de los enfermos y que cumple con aquel pasaje bíblico que dice: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn, 15). ¡Y vaya que esos por quienes dieron la vida no siempre fueron los mejores amigos! Muchos enfermaron por no acatar las indicaciones de distanciamiento social, por no utilizar cubrebocas; por desafiar la lógica que llama a quedarse en casa.

Muchos de estos enfermos han sido movidos por la ignorancia, la imprudencia o la soberbia para hacer fiestas, concurrir a eventos masivos y –lógico– enfermar, y a su vez contagiar a su propia familia que estaba en casa, o al personal de salud que los tuvo bajo su cuidado, y que finalmente murió por cumplir con su deber.

Sea esta una celebración de muertos distinta, serena, reflexiva. Un homenaje a quienes han fallecido durante este año, muy en particular médicos, enfermeros y otro personal de salud, quienes no dudaron en arriesgar su vida, y quizá hasta la de los suyos, por cumplir con su deber.

Vaya nuestra mayor gratitud hacia ellos, nuestras oraciones a sus familiares, pidiendo que encuentren el consuelo necesario para superar su pérdida… Pero, en definitiva, la mejor manera de honrar a quienes se han adelantado será cuidarnos. Con inteligencia, no precipitarnos, no confiarnos. En esencia, ejercer el amor más grande, ese que logra vencer todo egoísmo.
01 Noviembre 2020 04:00:00
Otro modo de honrar a los difuntos
México mágico: Luces y sombras; silencios y charadas; risas y llantos. Quizá la fecha cuando más se encuentran estos símbolos antagónicos, en una dialéctica que nos resignifica año con año, sea durante los dos primeros días de noviembre. Recordamos a nuestros niños muertos la noche del 31 para amanecer el primero de noviembre, día de todos los santos. Continuamos honrando a nuestros jóvenes y adultos para culminar el día 2 con una fiesta así de vistosa como de variada, a lo largo y ancho del país, de un México que se extiende a otras latitudes con igual esplendor. Cada lugar tiene sus regionalismos; ahora acabo de descubrir que en el estado de Hidalgo la celebración comienza una semana antes, recordando a los muertos en accidentes. Varían los adornos, los platillos y la forma de evocar al ser querido que se adelantó, pero en esencia los elementos básicos son los mismos desde épocas prehispánicas. Se arma un homenaje respetuoso y cálido por aquellos que ya no están físicamente con nosotros, pero que vienen a acompañarnos en estas fechas de modo particular.

México, en su lógica interna, se mofa de la muerte. Surgen alfeñiques en forma de cráneos humanos, con pastillajes coloridos, como para decir: “Pelona, no me haces nada”. A su vez aparece la figura de la Catrina garbancera, iniciada por José Guadalupe Posada, el hidrocálido universal, y desde mediados del siglo 19 se escriben calaveras literarias. Son versos de carácter humorístico, a través de los cuales el pueblo puede mofarse de figuras públicas sin el riesgo de ser sancionado. Algo similar a la quema de Judas en Semana Santa.

Tradicionalmente las calaveras son epigramas escritos en cuartetas octosílabas, con rima consonante. En general se escriben cuatro o máximo cinco cuartetas. En la redacción priva la sátira, destacando algún signo real característico del personaje, a partir del cual se construye la historia en verso. La métrica y la acentuación son clásicas para que la música fluya de verso en verso hasta el final. Por su carácter popular son muy socorridas, a veces descuidando la armonía entre palabras, lo que no es agradable al oído.

Ahora bien, más que perdernos en estas minucias sintácticas, mi reflexión personal va en el sentido de hasta qué punto podremos, en este 2020, conservar el espíritu humorístico y hacer mofa de la muerte, cuando nos ha tratado tan mal. A muchos se los ha llevado, y en lugar de un epigrama jocoso nos hallamos redactando versos fúnebres para no olvidarlos. Cualquier calavera literaria corre el riesgo de llegar a ser, en un futuro próximo, una profecía que, al cumplirse, nos coloque en situación comprometida.

En esta ocasión habría entonces que honrar a nuestros muertos de otra manera: Recordando a los que han fallecido por su trayectoria y sus logros. Expresando nuestro reconocimiento y gratitud porque, gracias a su vida, hoy es mejor la nuestra. No nos queremos limitar a hablar de grandes pensadores o genios, cuya labor ha sido trascendental para la humanidad, sino hacerlo de nuestro conocido, nuestro ser querido, ese maestro cuya dedicación ha impactado de forma tan positiva en su entorno, porque sembró sabiduría y esperanza. Y porque a su vez convenció a otros para que den lo mejor de su propia persona.

En particular quiero invitar a elevar una oración por el personal sanitario que ha fallecido en el cuidado de los enfermos y que cumple con aquel pasaje bíblico que dice: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn, 15). ¡Y vaya que esos por quienes dieron la vida no siempre fueron los mejores amigos! Muchos enfermaron por no acatar las indicaciones de distanciamiento social, por no utilizar cubrebocas; por desafiar la lógica que llama a quedarse en casa. Muchos de estos enfermos han sido movidos por la ignorancia, la imprudencia o la soberbia para hacer fiestas, concurrir a eventos masivos y lógico—enfermar, y a su vez contagiar a su propia familia que estaba en casa, o al personal de salud que los tuvo bajo su cuidado, y que finalmente murió por cumplir con su deber.

Sea esta una celebración de muertos distinta, serena, reflexiva. Un homenaje a quienes han fallecido durante este año, muy en particular médicos, enfermeros y otro personal de salud, quienes no dudaron en arriesgar su vida, y quizá hasta la de los suyos, por cumplir con su deber. Vaya nuestra mayor gratitud hacia ellos, nuestras oraciones a sus familiares, pidiendo que encuentren el consuelo necesario para superar su pérdida… Pero, en definitiva, la mejor manera de honrar a quienes se han adelantado será cuidarnos. Con inteligencia, no precipitarnos, no confiarnos. En esencia, ejercer el amor más grande, ese que logra vencer todo egoísmo.
25 Octubre 2020 04:00:00
Camino y trascendencia
Comencé a andar este 2020 con una gran maleta. Tiene rodillos, aun así, el peso de sus contenidos dificultó mi avance en la parte inicial. Las piedrecillas entorpecían el rodamiento y al final del primer día vi que había avanzado poco y a base de gran cansancio.

En mi maleta llevaba los sueños que deseaba realizar a lo largo de estos doce meses; las expectativas propias y las que otros conservaban con relación a mi persona y a mi trabajo. Buscaba estar bien conmigo y con los demás, de modo que, en tratar de hacerlo, perdí mucho tiempo y energía.

Pronto noté que los rodillos se iban desgastando; los brazos me dolían cada vez más y la marcha me dejaba exhausta al caer la noche, así que comenzaba la siguiente mañana con un ánimo menor cada día.

Como compañeros de ruta venían varios viajantes. No pocas veces discutíamos acerca de cuál camino era el mejor; llegaron a ser tan apasionadas las discusiones que yo hacía un alto total, abría la maleta y buscaba entre mis pertenencias aquellos argumentos que apoyaran mi elección.

Aun así, conforme fuimos avanzando, algunos tomaron otras rutas y solo unos cuantos seguimos por el mismo

camino.
En un punto del trayecto comprendí que venía cargando muchas cosas que no hacían más que entorpecer mi avance. En una estación saqué argumentos y prejuicios.

Mi maleta se sintió de inmediato más ligera. En la siguiente parada me deshice de infinidad de motivos que blandía para tratar de demostrar que yo tenía la razón. A pesar de que los rodillos ya estaban muy desgastados, lo ligero de la maleta me permitió continuar el camino sin mayor problema.

Empecé entonces a entender que ganar en la vida no es tener la razón sobre los otros, puesto que cada cual posee sus personales argumentos y su propia verdad. Supe en ese punto que tratar de imponerme sobre los demás no haría más que apartarnos unos de los otros, como si cada cual se mudara a una isla con un océano de por medio, que todo es relativo y personal puesto que no hay una horma para medirnos a todos por igual.

Ya para este momento cargaba tan pocas cosas en la maleta, que estuve tentada a abandonarla a un lado del camino, para así aligerar mi paso, sin embargo, me detuvo un pensamiento: La vida no es el puerto a donde aspiramos a llegar, sino el camino que nos lleva al mismo.

Cargar la maleta iba marcando un ritmo a mis pasos, no tan veloces, lo que me permitía continuar disfrutando de manera pausada cada tramo del trayecto.

En ese momento, cuando se adivina que llevamos recorrida más de la mitad de la distancia total, es cuando se van entendiendo las paradojas de la vida: Descubrimos que más es menos, que a mayor contenido nos empeñamos en cargar, menos avanzamos, y que, si más pausamos nuestro andar, disfrutamos de mejor manera el trayecto.

Caemos en cuenta que la idea no es ir a la cabeza y solo, sino entre amigos disfrutando el recorrido.

Se necesita mucho caminar, mucho atravesar dificultades, para reconocer quiénes son en realidad los amigos auténticos, esos que contamos con los dedos de una mano. Muchos otros que comenzaron el camino a nuestro lado van tomando rumbos diferentes conforme avanzamos. La melodía de sus palabras se la lleva el viento, hasta que se pierde allende la angostura.

He aprendido a no esperar nada de los demás y a la vez a poner lo mejor de mí misma. La realización personal no es un asunto de matemáticas, un toma y daca, sino un expandir nuestro ser interno porque así lo deseamos y nada más.

Esforzarnos por compartir lo mejor del propio repertorio que pudiera ser de utilidad para alguien más así no recibamos un ápice de agradecimiento y los vítores fluyan en otras direcciones.

El arte de vivir consiste en disfrutar el momento y acumular experiencias antes que bienes materiales, es entender que esta vida es un tiempo prestado por única ocasión y que no hay segundas ediciones, y finalmente consiste en hacer, con lo imperfecto de la condición humana propia, un continuo aprendizaje de vida.

En la recta final de mi propio camino, entiendo que, entre más vivo, descubro cuan poco sé y lo mucho que me falta por descubrir. Una vez que salimos del capullo y extendemos las alas, nos encontramos un mundo por explorar.

Pareciera que el tiempo no nos va a alcanzar para conocerlo todo.

La vida es trazarse una trayectoria personal y única, al margen de lo que el mundo pueda opinar. Al final, los logros personales no se miden desde el exterior.

La satisfacción de un logro personal representa un íntimo sentimiento dentro del pecho que hace vibrar el propio espíritu en sintonía con el universo, disfrute singular que lleva a seguir dando cada día lo mejor de nosotros mismos, como la oportunidad única de trascender en el tiempo.
25 Octubre 2020 04:00:00
Camino y trascendencia
Comencé a andar este 2020 con una gran maleta. Tiene rodillos, aun así, el peso de sus contenidos dificultó mi avance en la parte inicial. Las piedrecillas entorpecían el rodamiento, y al final del primer día vi que había avanzado poco y a base de gran cansancio.

En mi maleta llevaba los sueños que deseaba realizar a lo largo de estos doce meses; las expectativas propias y las que otros conservaban con relación a mi persona y a mi trabajo. Buscaba estar bien conmigo y con los demás, de modo que, en tratar de hacerlo, perdí mucho tiempo y energía.

Pronto noté que los rodillos se iban desgastando; los brazos me dolían cada vez más y la marcha me dejaba exhausta al caer la noche, así que comenzaba la siguiente mañana con un ánimo menor cada día.

Como compañeros de ruta venían varios viajantes. No pocas veces discutíamos acerca de cuál camino era el mejor; llegaron a ser tan apasionadas las discusiones, que yo hacía un alto total, abría la maleta y buscaba entre mis pertenencias aquellos argumentos que apoyaran mi elección. Aun así, conforme fuimos avanzando, algunos tomaron otras rutas y sólo unos cuantos seguimos por el mismo camino.

En un punto del trayecto comprendí que venía cargando muchas cosas que no hacían más que entorpecer mi avance. En una estación saqué argumentos y prejuicios. Mi maleta se sintió de inmediato más ligera. En la siguiente parada me deshice de infinidad de motivos que blandía para tratar de demostrar que yo tenía la razón. A pesar de que los rodillos ya estaban muy desgastados, lo ligero de la maleta me permitió continuar el camino sin mayor problema.

Empecé entonces a entender que ganar en la vida no es tener la razón sobre los otros, puesto que cada cual posee sus personales argumentos y su propia verdad. Supe en ese punto que tratar de imponerme sobre los demás, no haría más que apartarnos unos de los otros, como si cada cual se mudara a una isla, con un océano de por medio. Que todo es relativo y personal, puesto que no hay una horma para medirnos a todos por igual.

Ya para este momento cargaba tan pocas cosas en la maleta, que estuve tentada a abandonarla a un lado del camino, para así aligerar mi paso. Sin embargo, me detuvo un pensamiento: La vida no es el puerto a donde aspiramos a llegar, sino el camino que nos lleva al mismo. Cargar la maleta iba marcando un ritmo a mis pasos, no tan veloces, lo que me permitía continuar disfrutando de manera pausada cada tramo del trayecto.

En ese momento, cuando se adivina que llevamos recorrida más de la mitad de la distancia total, es cuando se van entendiendo las paradojas de la vida: Descubrimos que más es menos, que a mayor contenido nos empeñamos en cargar, menos avanzamos, y que, si más pausamos nuestro andar, disfrutamos de mejor manera el trayecto. Caemos en cuenta que la idea no es ir a la cabeza y solo, sino entre amigos disfrutando el recorrido. Se necesita mucho caminar, mucho atravesar dificultades, para reconocer quiénes son en realidad los amigos auténticos, esos que contamos con los dedos de una mano. Muchos otros que comenzaron el camino a nuestro lado, van tomando rumbos diferentes conforme avanzamos. La melodía de sus palabras se la lleva el viento, hasta que se pierde allende la angostura.

He aprendido a no esperar nada de los demás, y a la vez a poner lo mejor de mí misma. La realización personal no es un asunto de matemáticas, un toma y daca, sino un expandir nuestro ser interno porque así lo deseamos, y nada más. Esforzarnos por compartir lo mejor del propio repertorio, que pudiera ser de utilidad para alguien más, así no recibamos un ápice de agradecimiento y los vítores fluyan en otras direcciones. El arte de vivir consiste en disfrutar el momento y acumular experiencias, antes que bienes materiales. Es entender que esta vida es un tiempo prestado por única ocasión y que no hay segundas ediciones. Y finalmente consiste en hacer, con lo imperfecto de la condición humana propia, un continuo aprendizaje de vida.

En la recta final de mi propio camino, entiendo que, entre más vivo, descubro cuan poco sé y lo mucho que me falta por descubrir. Una vez que salimos del capullo y extendemos las alas, nos encontramos un mundo por explorar. Pareciera que el tiempo no nos va a alcanzar para conocerlo todo.

La vida es trazarse una trayectoria personal y única, al margen de lo que el mundo pueda opinar. Al final, los logros personales no se miden desde el exterior. La satisfacción de un logro personal representa un íntimo sentimiento dentro del pecho, que hace vibrar el propio espíritu en sintonía con el universo. Disfrute singular que lleva a seguir dando cada día lo mejor de nosotros mismos, como la oportunidad única de trascender en el tiempo.
18 Octubre 2020 04:00:00
Por un fin de año inolvidable
Parece increíble: Estamos a pocas semanas de la Navidad y algunos ya han comenzado a planear las fiestas de temporada. Ahora es distinto: El mercado ha tenido necesidad de reconfigurarse a lo largo de este año; cubrir las necesidades del consumidor, mediante el diseño de nuevas alternativas comerciales. Tras la incertidumbre y las compras de pánico con que abrió la contingencia, vendedores y compradores hemos aprendido a navegar a través de novedosos canales mercadotécnicos, para adquirir los productos de primera necesidad. Es posible que hayamos descubierto estrategias para una mayor satisfacción como consumidores.

En lo personal no me considero una compradora impulsiva, que frente a un producto atractivo se deja llevar sin pensarlo. Aun así, respecto a años anteriores, me sorprende descubrir que, durante estos poco más de seis meses, mi única compra de productos no esenciales ha sido un paquete de ropa interior y un accesorio para computadora. Estando en casa no existe la presión social para comprar prendas nuevas o de moda. He podido salir adelante sin problema, durante medio año, habiendo gastado hasta ahora en ropa, algo así como 600 pesos.

Me atrevo a aseverar que, aún para las personas con un hábito de compras muy superior al mío, sus niveles de gasto habrán disminuido durante la pandemia.
Por donde se quiera ver, lo anterior representa para el consumidor una ventaja. Ha gastado menos; ha descubierto que buena parte de sus compras anteriores a la pandemia no eran necesarias. Halla ahora una mejor forma de administrar su economía, de modo que ahorra o redistribuye. Del lado del productor, seguramente ha habido pérdidas, lo que lo obliga a una re-ingeniería comercial, para satisfacer al nuevo consumidor, que deja de adquirir determinados productos y favorece la compra de otros.

El anterior pensamiento se aplica a diversas áreas de nuestra vida: Este período nos ha permitido depurar cosas materiales, recursos y relaciones interpersonales. Sacudir nuestros inventarios para desempolvar y refrescar sus contenidos. Decidir qué conservamos, qué desechamos y cuáles cosas nuevas nos enfocamos a buscar. Y, dentro de tanta agitación, identificamos aquellos elementos que siguen allí, porque siempre han estado firmes a nuestro lado.

Con las fiestas decembrinas a la vuelta de la esquina, éste es buen momento para planificar el modo en que festejaremos: Hacerlo para celebrar la enorme alegría de estar con vida, en la proximidad real o virtual de nuestros seres queridos, a través de una convivencia que conlleve los menores riesgos posibles. No se vale aflojar ahora, después de habernos cuidado durante todo el año. Bien podríamos reinventar la forma de regalarnos; tal vez algunos han mantenido sus finanzas estables, pero habrá quienes hayan sufrido merma.

En ambos casos, la opción de hacer costosos regalos no parece lo ideal. ¿Qué tal si regalamos un poco de nuestro tiempo en una llamada? O bien, expresamos en un mensaje o en un correo palabras de agradecimiento a nuestros seres queridos.

Podemos incluir el recuento de las mejores cosas que hemos aprendido de cada uno, o poner en palabras aquello que ese ser querido provoca en nosotros. En lugar de presentes costosos que podrían dejar un boquete en nuestra economía, hacer regalos que vienen del corazón, esos que llegan para quedarse en la vida por siempre.

El 2020 ha sido un año de grandes cambios en muchos sentidos: Es la primera vez que todos, como humanidad, hemos sentido la proximidad de la muerte. Lo que en su momento vivieron los pueblos involucrados en las grandes guerras del siglo pasado, lo hemos experimentado todos nosotros de otra manera. Aprendimos el valor de las pequeñas cosas, de los pequeños momentos. Hemos entendido que la mejor actitud es disfrutar el presente al máximo: Notre vie c’est maintenant (Nuestra vida es ahora), diría el poeta francés Jacques Prévert. Más vale no olvidarlo.

Momento de comenzar a planear las fiestas navideñas, enfocados en lo trascendente. Desde la calma impuesta por cuestiones sanitarias, enlistar a nuestros seres queridos y generar para cada uno de ellos, en forma personalizada, el mejor regalo. Expresar nuestros sentimientos hacia ellos; agradecer la forma como han mejorado nuestras vidas; reconocer cada uno de los regalos que hemos recibido de su parte a lo largo del tiempo.

En lugar de hacer tanto gasto en adquirir objetos materiales que, tantas veces, sólo cambian de manos una y otra vez, concentrarnos en individualizar nuestra dádiva, hacerla muy personal, auténtica y única. Imprimamos a estas fiestas un sello original, que pueda ser recordado cuando el tiempo pase y la evocación de una pandemia sea un recuerdo más bien lejano.
18 Octubre 2020 04:00:00
Por un fin de año inolvidable
Parece increíble: Estamos a pocas semanas de la Navidad y algunos ya han comenzado a planear las fiestas de temporada. Ahora es distinto: El mercado ha tenido necesidad de reconfigurarse a lo largo de este año; cubrir las necesidades del consumidor, mediante el diseño de nuevas alternativas comerciales. Tras la incertidumbre y las compras de pánico con que abrió la contingencia, vendedores y compradores hemos aprendido a navegar a través de novedosos canales mercadotécnicos, para adquirir los productos de primera necesidad. Es posible que hayamos descubierto estrategias para una mayor satisfacción como consumidores.

En lo personal no me considero una compradora impulsiva, que frente a un producto atractivo se deja llevar sin pensarlo. Aun así, respecto a años anteriores, me sorprende descubrir que, durante estos poco más de seis meses, mi única compra de productos no esenciales ha sido un paquete de ropa interior y un accesorio para computadora. Estando en casa no existe la presión social para comprar prendas nuevas o de moda. He podido salir adelante sin problema, durante medio año, habiendo gastado hasta ahora en ropa, algo así como 600 pesos. Me atrevo a aseverar que, aún para las personas con un hábito de compras muy superior al mío, sus niveles de gasto habrán disminuido durante la pandemia.

Por donde se quiera ver, lo anterior representa para el consumidor una ventaja. Ha gastado menos; ha descubierto que buena parte de sus compras anteriores a la pandemia no eran necesarias. Halla ahora una mejor forma de administrar su economía, de modo que ahorra o redistribuye. Del lado del productor, seguramente ha habido pérdidas, lo que lo obliga a una re-ingeniería comercial, para satisfacer al nuevo consumidor, que deja de adquirir determinados productos y favorece la compra de otros.

El anterior pensamiento se aplica a diversas áreas de nuestra vida: Este período nos ha permitido depurar cosas materiales, recursos y relaciones interpersonales. Sacudir nuestros inventarios para desempolvar y refrescar sus contenidos. Decidir qué conservamos, qué desechamos y cuáles cosas nuevas nos enfocamos a buscar. Y, dentro de tanta agitación, identificamos aquellos elementos que siguen allí, porque siempre han estado firmes a nuestro lado.

Con las fiestas decembrinas a la vuelta de la esquina, éste es buen momento para planificar el modo en que festejaremos: Hacerlo para celebrar la enorme alegría de estar con vida, en la proximidad real o virtual de nuestros seres queridos, a través de una convivencia que conlleve los menores riesgos posibles. No se vale aflojar ahora, después de habernos cuidado durante todo el año. Bien podríamos reinventar la forma de regalarnos; tal vez algunos han mantenido sus finanzas estables, pero habrá quienes hayan sufrido merma. En ambos casos, la opción de hacer costosos regalos no parece lo ideal. ¿Qué tal si regalamos un poco de nuestro tiempo en una llamada? O bien, expresamos en un mensaje o en un correo palabras de agradecimiento a nuestros seres queridos. Podemos incluir el recuento de las mejores cosas que hemos aprendido de cada uno, o poner en palabras aquello que ese ser querido provoca en nosotros. En lugar de presentes costosos que podrían dejar un boquete en nuestra economía, hacer regalos que vienen del corazón, esos que llegan para quedarse en la vida por siempre.

El 2020 ha sido un año de grandes cambios en muchos sentidos: Es la primera vez que todos, como humanidad, hemos sentido la proximidad de la muerte. Lo que en su momento vivieron los pueblos involucrados en las grandes guerras del siglo pasado, lo hemos experimentado todos nosotros de otra manera. Aprendimos el valor de las pequeñas cosas, de los pequeños momentos. Hemos entendido que la mejor actitud es disfrutar el presente al máximo: Notre vie c’est maintenant (Nuestra vida es ahora), diría el poeta francés Jacques Prévert. Más vale no olvidarlo.

Momento de comenzar a planear las fiestas navideñas, enfocados en lo trascendente. Desde la calma impuesta por cuestiones sanitarias, enlistar a nuestros seres queridos y generar para cada uno de ellos, en forma personalizada, el mejor regalo. Expresar nuestros sentimientos hacia ellos; agradecer la forma como han mejorado nuestras vidas; reconocer cada uno de los regalos que hemos recibido de su parte a lo largo del tiempo. En lugar de hacer tanto gasto en adquirir objetos materiales que, tantas veces, sólo cambian de manos una y otra vez, concentrarnos en individualizar nuestra dádiva, hacerla muy personal, auténtica y única. Imprimamos a estas fiestas un sello original, que pueda ser recordado cuando el tiempo pase y la evocación de una pandemia sea un recuerdo más bien lejano.
11 Octubre 2020 04:00:00
Carta a Mario Molina
Apreciable Doctor: Sumo mi voz a la de muchos mexicanos que lamentamos su partida: temprana, absurda, irreemplazable. La de un científico que destacó a nivel mundial por su trabajo, logrando poner muy en alto el quehacer de los investigadores nacionales, y que –para orgullo de todos nosotros– fue galardonado con el premio Nobel de Química.

Tanto usted como yo hemos pertenecido a una generación maniquea, que gracias a sus cánones nos permitió saber siempre dónde estábamos parados. Las cosas eran o no eran; se cumplían o dejaban de cumplirse; no había intenciones ocultas ni contaminación de corte político, tal y como sucede ahora. Usted decidió estudiar Ciencias y lo hizo en la UNAM; más delante fue avanzando en sus estudios de especialización en el extranjero, en diversos países, conformando una experiencia multidimensional que lo llevó a ser lo que fue. Paradójico, don Mario, se le ocurre morirse el mismo día en que México vive la atroz cancelación de muchos fideicomisos vitales, entre ellos los que tienen que ver con ciencia y tecnología.

Mi hijo es científico como usted. Salió de la provincia chica a estudiar su licenciatura en la UANL, en la ciudad de Monterrey. Más delante, mediante una beca Conacyt partió al extranjero a hacer su maestría. Ha migrado de nueva cuenta fuera del país para su doctorado, esta vez con apoyo de la universidad que lo aceptó. Cuando estuvo barajando opciones, don Mario, y a la luz de los cambios que se veían venir, reconozco que le aconsejé que tratara de conseguir una beca extranjera. No dejé por ello de sentirme una mala mexicana, pero jamás me hubiera perdonado ver su proyecto de vida cancelado. Venturosamente, gracias a la beca de otro país, está haciendo su doctorado.

La carrera de mi hijo y la que usted desempeñó de forma tan extraordinaria, comparten elementos en común. De un modo lamentable, los regímenes gubernamentales que hemos tenido no conceden la debida importancia a la ciencia.

En el mejor de los casos se apoyan las necesidades de la atención directa a la salud, pero no se toma en cuenta la base en que se sustenta dicha atención médica: El área de investigación en salud, vacunas, nuevos tratamientos.

En México existe un gran potencial humano que mucho se desperdicia o es aprovechado allende las fronteras, al no ser valorado por los propios. Créame que para mi hijo usted ha sido un arquetipo fundacional; más de una vez me pareció adivinar sus pensamientos en el sentido de que, si usted pudo desarrollar su proyecto de vida a plenitud, él también podría hacerlo. Y si en México no valoraban su trabajo, habría que buscar entonces una institución extranjera que lo hiciera.

Don Mario: Usted colocó a la ciencia mexicana en el mapa. Nos enseñó que intercambiar opiniones y proyectos con científicos bien calificados alrededor del mundo sí es posible. Y claro que para ello habría que trabajar. Nada iba a caer del cielo, como a veces parece sugerir la corriente política en curso. Para conseguir habría que trabajar con visión, con denuedo, de manera consistente. Hacer las cosas de este modo eleva las posibilidades de lograr resultados, además de que provee la enorme satisfacción de experimentar el placer del deber cumplido.


En 125 años que tienen de existencia los Premios Nobel ha habido tres mexicanos que recibieron este importante galardón. Nobel de la Paz en 1982 a Alfonso García Robles por su labor diplomática a favor de la paz y la fundación de la ONU. Literatura en 1990 para Octavio Paz, el maestro de la lengua castellana que mostró al mundo de qué estamos hechos los mexicanos. En 1995 el de Química para usted, por sus investigaciones con relación al agujero de ozono. Tres mexicanos que han puesto muy en alto el nombre de nuestro amado México, y que son, para nuestros jóvenes, muestra de que la piedra angular en la construcción de un mundo mejor radica en la voluntad del ser humano, en la capacidad de creer en su trabajo, apuntalado este por una firme solidez institucional.Don Mario, hasta me atrevo a pensar que usted eligió la fecha de su muerte para lanzarnos un último mensaje. Un mensaje que nos lleve a demandar por todos los conductos, esos necesarios apoyos financieros que la ciencia requiere. Que, amén de las circunstancias, pugnemos por desarrollar y poner en alto los propósitos que nos conducen a ser una mejor nación. Hacerlo desde la voluntad, desde el esfuerzo y la fe en nosotros mismos. Que nos convenzamos de que somos capaces de colocar al país en el concierto mundial. Ruego a mi hijo que jamás pierda el entusiasmo por investigar, por descubrir cosas nuevas, por sentar, desde el sagrado recogimiento del laboratorio, los cimientos de ese mejor mundo que habrán de merecer sus hijos.
11 Octubre 2020 04:00:00
Carta a Mario Molina
Apreciable Doctor: Sumo mi voz a la de muchos mexicanos que lamentamos su partida: Temprana, absurda, irreemplazable. La de un científico que destacó a nivel mundial por su trabajo, logrando poner muy en alto el quehacer de los investigadores nacionales, y que –para orgullo de todos nosotros—fue galardonado con el premio Nobel de Química.

Tanto usted como yo hemos pertenecido a una generación maniquea, que gracias a sus cánones nos permitió saber siempre dónde estábamos parados. Las cosas eran o no eran; se cumplían o dejaban de cumplirse; no había intenciones ocultas ni contaminación de corte político, tal y como sucede ahora. Usted decidió estudiar ciencias y lo hizo en la UNAM; más delante fue avanzando en sus estudios de especialización en el extranjero, en diversos países, conformando una experiencia multidimensional que lo llevó a ser lo que fue. Paradójico, Don Mario, se le ocurre morirse el mismo día en que México vive la atroz cancelación de muchos fideicomisos vitales, entre ellos los que tienen que ver con ciencia y tecnología.

Mi hijo es científico como usted. Salió de la provincia chica a estudiar su licenciatura en la UANL, en la ciudad de Monterrey. Más delante, mediante una beca Conacyt partió al extranjero a hacer su maestría. Ha migrado de nueva cuenta fuera del país para su doctorado, esta vez con apoyo de la universidad que lo aceptó. Cuando estuvo barajando opciones, Don Mario, y a la luz de los cambios que se veían venir, reconozco que le aconsejé que tratara de conseguir una beca extranjera. No dejé por ello de sentirme una mala mexicana, pero jamás me hubiera perdonado ver su proyecto de vida cancelado. Venturosamente, gracias a la beca de otro país, está haciendo su doctorado.

La carrera de mi hijo y la que usted desempeñó de forma tan extraordinaria, comparten elementos en común. De un modo lamentable, los regímenes gubernamentales que hemos tenido, no conceden la debida importancia a la ciencia. En el mejor de los casos, se apoyan las necesidades de la atención directa a la salud, pero no se toma en cuenta la base en que se sustenta dicha atención médica: El área de investigación en salud; vacunas; nuevos tratamientos. En México existe un gran potencial humano que mucho se desperdicia, o es aprovechado allende las fronteras, al no ser valorado por los propios. Créame que para mi hijo usted ha sido un arquetipo fundacional; más de una vez me pareció adivinar sus pensamientos en el sentido de que, si usted pudo desarrollar su proyecto de vida a plenitud, él también podría hacerlo. Y si en México no valoraban su trabajo, habría que buscar entonces una institución extranjera que lo hiciera.

Don Mario: Usted colocó a la ciencia mexicana en el mapa. Nos enseñó que intercambiar opiniones y proyectos con científicos bien calificados alrededor del mundo sí es posible. Y claro, que para ello habría que trabajar. Nada iba a caer del cielo, como a veces parece sugerir la corriente política en curso. Para conseguir habría que trabajar con visión, con denuedo, de manera consistente. Hacer las cosas de este modo eleva las posibilidades de lograr resultados, además de que provee la enorme satisfacción de experimentar el placer del deber cumplido.

En 125 años que tienen de existencia los Premios Nobel, ha habido tres mexicanos que recibieron este importante galardón. Nobel de la Paz en 1982 a Alfonso García Robles por su labor diplomática a favor de la paz y la fundación de la ONU. Literatura en 1990 para Octavio Paz, el maestro de la lengua castellana que mostró al mundo de qué estamos hechos los mexicanos. En 1995 el de Química para usted, por sus investigaciones con relación al agujero de ozono. Tres mexicanos que han puesto muy en alto el nombre de nuestro amado México, y que son, para nuestros jóvenes, muestra de que la piedra angular en la construcción de un mundo mejor radica en la voluntad del ser humano, en la capacidad de creer en su trabajo, apuntalado éste por una firme solidez institucional.

Don Mario, hasta me atrevo a pensar que usted eligió la fecha de su muerte para lanzarnos un último mensaje. Un mensaje que nos lleve a demandar por todos los conductos, esos necesarios apoyos financieros que la ciencia requiere. Que, amén de las circunstancias, pugnemos por desarrollar y poner en alto los propósitos que nos conducen a ser una mejor nación. Hacerlo desde la voluntad, desde el esfuerzo y la fe en nosotros mismos. Que nos convenzamos de que somos capaces de colocar al país en el concierto mundial. Ruego a mi hijo que jamás pierda el entusiasmo por investigar, por descubrir cosas nuevas, por sentar, desde el sagrado recogimiento del laboratorio, los cimientos de ese mejor mundo que habrán de merecer sus hijos.
04 Octubre 2020 04:00:00
La esperanza, siempre la esperanza
En el santoral católico se está celebrando a San Francisco de Asís, llamado por el poeta nicaragüense Rubén Darío: “El mínimo y dulce”. Santo que nos dejó un legado de sencillez y humildad incomparable; entre otras muchas cosas esa oración tan difundida alrededor del mundo, que inicia diciendo: “Señor: Hazme un instrumento de tu paz…” También justo en estos días la iglesia católica, celebrará la beatificación del italiano Carlo Acutis, un adolescente de 15 años que murió en el 2006, al cual se considera que, de llegar a santo, será el primer “santo youtubero”. Sus restos mortales reposan e la población de Asís atendiendo a su deseo antes de morir, y el próximo día 12 se llevará a cabo su proceso de beatificación.

Estuve revisando parte del material que hay en la red para conocer la figura de este adolescente alegre, generoso y carismático, cuya frase mejor conocida es: “La eucaristía es la autopista para llegar al cielo”. Él presintió que moriría. Poco después de ello, comenzó con datos clínicos de lo que finalmente fue una leucemia aguda muy agresiva, que en poco tiempo lo llevó a la muerte.

No es frecuente que yo maneje temas religiosos tan específicos en mi columna. Esta vez sí me sentí en la urgencia de hacerlo; para señalar cuánta necesidad tenemos en estos momentos de acceder a contenidos esperanzadores, dentro de tanta variedad que hay disponible en medios. Vivimos un tiempo que a ratos resulta como un túnel largo y oscuro que no pareciera tener fin.

Hace un par de días me enteré del fallecimiento de un colega médico quien vivía en la ciudad de Monclova. Su muerte es tan terrible como ha sido cada una de las muertes ocurridas por Covid durante la pandemia. Esta vez me duele más en lo personal; percibo los hechos de otra manera, pues se trata de un amigo, un gran ser humano siempre alegre, siempre positivo. Esposo, padre, abuelo, profesional activo, quien muere el mismo día en que le notifican “ya te recuperaste, mañana te daremos de alta”. Quiero imaginar su sonrisa, amable como siempre fue, y un brillo especial en sus ojos de color claro, animado por la emoción anticipada de volver a casa con los suyos. Esta enfermedad a la que aún no acabamos de comprender trastorna todo en un enroque fatal de último minuto. Lo hace para siempre.

Los seis meses que llevamos de contingencia han provocado cambios de diversa índole en todos nosotros. Nuestras emociones han avanzado con altibajos, en una especie de montaña rusa. El estado de tensión generalizada, con seguridad, habrá provocado que tomemos decisiones que en otras circunstancias no habríamos tomado. La vida social se ha ido constriñendo, o bien, se vuelve una actividad de alto riesgo, para quien no acaba de asumir cuan vulnerables somos ante la enfermedad. En mi caso particular he notado que me cuesta trabajo acercarme a obras literarias o cinematográficas que impliquen mucha violencia o gran desesperanza. Necesito procurar contenidos alentadores que me digan que vamos a salir adelante de esto, y que pronto lo habremos asimilado como parte de nuestra historia y nada más.

Es terrible tener un ser querido enfermo y no poder permanecer a su lado. Saber que está solo y angustiado y que es tan poco lo que puede hacerse para remediar esa condición. A quienes podemos hacerlo, nuestra vulnerabilidad nos convierte en ratones encerrados en una madriguera. Para otros muchos la necesidad los vuelve una suerte de figuras de tiro al blanco, que diariamente se juegan la vida por ganarse el pan.

Dentro de este ambiente proclive al desánimo, surge la necesidad de procurar actividades que nutran el espíritu. Conversaciones con nuestros seres queridos, ya sea los convivientes o los lejanos, a través de recursos tecnológicos. Procurar aquellos contenidos que nos llevan a apreciar de mejor manera lo que somos y tenemos, o bien que invitan a explotar nuestros recursos para revalorar, crear o compartir. Imponer nuestra presencia frente al panorama, a ratos tan poco alentador, para decir “aquí voy y sigo adelante”. Que no sean las circunstancias las que se impongan sobre nuestros propósitos de avanzar.

Conocer la vida de Carlo Acutis fue un remanso de paz. Independientemente de las creencias de cada uno, descubrir que ha habido seres humanos con ese grado de espiritualidad, que afrontan cualquier circunstancia con toda la fe; que entregan su dolor de manera generosa, y que viven hasta el último día en el gozo de la esperanza plena, es para animar al más reticente.

Procuremos, generemos, compartamos y alegrémonos de hallar a lo largo de la jornada estos testimonios vivificantes, que nos llevan a transitar en lo sucesivo con el ánimo mejor dispuesto, mientras pasa la tormenta.
27 Septiembre 2020 04:00:00
Palabras son puertas
Con motivo del 75 aniversario de su fundación, a celebrarse el próximo 24 de octubre, esta semana se llevó a cabo la asamblea general de la ONU, por primera vez en modalidad virtual, con la participación de representantes de las 193 naciones que la integran. A lo largo de los siguientes días se irán revisando en modalidad mixta, los temas prioritarios en esta ocasión: medio ambiente, progreso e igualdad de género, y por supuesto lo relacionado con la pandemia y la tan esperada vacuna.

Entre los mensajes transmitidos me permito destacar dos: en primer lugar, las palabras claras y de gran altura moral de la canciller alemana Ángela Merkel. Inicia hablando de los orígenes de la ONU al término de la Segunda Guerra Mundial, y puntualiza cuál ha sido la razón de existir de esta organización: es una plataforma de cooperación para los asuntos prioritarios del mundo, como la salud, el combate a la pobreza y la búsqueda de la paz.

Otra participación muy alentadora fue la del grupo coreano BTS (Bangtan Boys), convocado por Henrietta Fore, directora ejecutiva de Unicef. Cada uno de los jóvenes dio testimonio de lo que ha representado en lo individual este confinamiento. Jong Kook, uno de sus integrantes, al referirse a la creación musical, expresa: “Nuestras canciones se convirtieron en las historias”. Todos van hablando de sus sueños y logros antes del inicio de la pandemia, y convergen en una misma metáfora para señalar su estado emocional durante estos meses. Se refieren a una ventana a través de la cual observan un cielo oscuro, en el que brillan las estrellas, y si cuando asoman no hay estrellas, entonces ven la luna, y si tampoco hay luna, ven su cara reflejada en el cristal. Hacen un cierre alentador que llama a no olvidar que, durante la noche, la mayor oscuridad es la que antecede al amanecer, porque “La vida continúa”.

Dentro de los términos utilizados por los representantes de las diversas naciones, se repitió lo relativo al multilateralismo, como una fuerza conjunta que permite el desarrollo global, a través de los recursos que cada país puede aportar a la causa común, y la causa común es la paz. También se escuchó hablar de la polarización como una fuerza que frena el desarrollo de la humanidad. Trajo a mi mente cuán poco reflexionamos en el peso específico del lenguaje dentro de las relaciones, tanto entre individuos como entre comunidades o países.

El lenguaje construye o destruye, según sea utilizado. Más de un pensador ha dicho que el hombre está hecho de palabras. Y aun cuando los actos marcan la trayectoria de un ser humano en su paso por la Tierra, las palabras representan la moneda de cambio con la que este interactúa en tiempo y geografía, para expresar y percibir pensamientos, sentimientos y emociones. Las palabras nos van construyendo conforme las utilicemos, hasta comenzar a formar nuestro propio espacio personal. Las palabras crean identidades, convicciones éticas, comunidades. Dan un sentido más allá de la propia persona, hacia dónde encaminar nuestros afanes. Tanto en la comunicación oral como en la escrita, las palabras generan imágenes o provocan estados de ánimo, que finalmente constituyen el escenario de fondo en el cual nos desenvolvemos. Una palabra cálida es capaz de transformar y sanar; una palabra hiriente llega a provocar daños morales irreparables o cicatrices permanentes; así de poderoso es el lenguaje.

A la asamblea de la ONU acuden representantes de cada país a intercambiar información, a solicitar u ofrecer apoyo; a negociar acuerdos. Todo ello se gestiona a través de la palabra, hasta obtener como producto final los actos correspondientes a lo acordado. Depende del acierto con que se utilice la palabra, los resultados que devendrán. El dicho va pintando de cuerpo entero al hablante; otro tanto se alcanza a percibir entre líneas, de modo que en conjunto nos da una idea integral, tanto del representante como del país representado.

A nosotros, ciudadanos “de a pie” nos corresponde crear y crearnos. Transformar nuestros sueños en propósitos concretos, en metas, mediante una narrativa que nos aliente a cumplirlas paso a paso. En el entorno personal, se trata de generar un ambiente estimulante entre quienes nos rodean, para de este modo avanzar juntos de mejor manera.

La vida continúa: Habrá que decirlo, una y otra vez, hasta convencernos de ello. Nuestro potencial es grande y la tarea por cumplir también. En esos ratos de desaliento, hagamos como los jóvenes cantantes: asomemos a la ventana para ver el cielo, o las estrellas, o la luna. Y si nada observáramos afuera, busquemos nuestro propio rostro reflejado en el cristal, convencidos de que detrás de la oscuridad llegará el amanecer tan esperado.
27 Septiembre 2020 04:00:00
Palabras Son Puertas
Con motivo del 75 aniversario de su fundación, a celebrarse el próximo 24 de octubre, esta semana se llevó a cabo la asamblea general de la ONU, por primera vez en modalidad virtual, con la participación de representantes de las 193 naciones que la integran. A lo largo de los siguientes días se irán revisando en modalidad mixta, los temas prioritarios en esta ocasión: Medio ambiente, progreso e igualdad de género, y por supuesto lo relacionado con la pandemia y la tan esperada vacuna. Entre los mensajes transmitidos me permito destacar dos: En primer lugar, las palabras claras y de gran altura moral de la canciller alemana Ángela Merkel. Inicia hablando de los orígenes de la ONU al término de la Segunda Guerra Mundial y puntualiza cuál ha sido la razón de existir de esta organización: Es una plataforma de cooperación para los asuntos prioritarios del mundo, como la la salud, el combate a la pobreza y la búsqueda de la paz. Otra participación muy alentadora fue la del grupo coreano BTS (Bangtan Boys), convocado por Henrietta Fore, directora ejecutiva de Unicef. Cada uno de los jóvenes dio testimonio de lo que ha representado en lo individual este confinamiento. Jong Kook, uno de sus integrantes, al referirse a la creación musical, expresa: “Nuestras canciones se convirtieron en las historias”. Todos van hablando de sus sueños y logros antes del inicio de la pandemia y convergen en una misma metáfora para señalar su estado emocional durante estos meses. Se refieren a una ventana a través de la cual observan un cielo oscuro, en el que brillan las estrellas y si cuando asoman no hay estrellas, entonces ven la luna, y si tampoco hay luna, ven su cara reflejada en el cristal. Hacen un cierre alentador que llama a no olvidar que, durante la noche, la mayor oscuridad es la que antecede al amanecer, porque: “La vida continúa”

Dentro de los términos utilizados por los representantes de las diversas naciones, se repitió lo relativo al multilateralismo, como una fuerza conjunta que permite el desarrollo global, a través de los recursos que cada país puede aportar a la causa común y la causa común es la paz. También se escuchó hablar de la polarización como una fuerza que frena el desarrollo de la humanidad. Trajo a mi mente cuán poco reflexionamos en el peso específico del lenguaje dentro de las relaciones, tanto entre individuos como entre comunidades o países. El lenguaje construye o destruye, según sea utilizado. Más de un pensador ha dicho que el hombre está hecho de palabras. Y aun cuando los actos marcan la trayectoria de un ser humano en su paso por la tierra, las palabras representan la moneda de cambio con la que éste interactúa en tiempo y geografía, para expresar y percibir pensamientos, sentimientos y emociones. Las palabras nos van construyendo conforme las utilicemos, hasta comenzar a formar nuestro propio espacio personal. Las palabras crean identidades, convicciones éticas, comunidades. Dan un sentido más allá de la propia persona, hacia dónde encaminar nuestros afanes. Tanto en la comunicación oral como en la escrita, las palabras generan imágenes o provocan estados de ánimo, que finalmente constituyen el escenario de fondo en el cual nos desenvolvemos. Una palabra cálida es capaz de transformar y sanar; una palabra hiriente llega a provocar daños morales irreparables o cicatrices permanentes; así de poderoso es el lenguaje.

A la asamblea de la ONU acuden representantes de cada país a intercambiar información, a solicitar u ofrecer apoyo; a negociar acuerdos. Todo ello se gestiona a través de la palabra, hasta obtener como producto final los actos correspondientes a lo acordado. Depende del acierto con que se utilice la palabra, los resultados que devendrán. El dicho va pintando de cuerpo entero al hablante; otro tanto se alcanza a percibir entre líneas, de modo que en conjunto nos da una idea integral, tanto del representante como del país representado.

A nosotros, ciudadanos “de a pie” nos corresponde crear y crearnos. Transformar nuestros sueños en propósitos concretos, en metas, mediante una narrativa que nos aliente a cumplirlas paso a paso. En el entorno personal, se trata de generar un ambiente estimulante entre quienes nos rodean, para de este modo avanzar juntos de mejor manera.

La vida continúa: Habrá que decirlo, una y otra vez, hasta convencernos de ello. Nuestro potencial es grande y la tarea por cumplir también. En esos ratos de desaliento, hagamos como los jóvenes cantantes: Asomemos a la ventana para ver el cielo, o las estrellas, o la luna. Y si nada observáramos afuera, busquemos nuestro propio rostro reflejado en el cristal, convencidos de que detrás de la oscuridad llegará el amanecer tan esperado.
20 Septiembre 2020 04:00:00
Matías y nuestro México
La emergencia sanitaria ha detonado cambios en nuestra forma de actuar, posiblemente no alcancemos a medir en qué grado lo ha hecho. Hemos adoptado hábitos, gestos y modos de reaccionar, que hasta inicios de este 2020 nos hubieran resultado hasta absurdos.

Con relación a la vestimenta, quienes hemos tenido la oportunidad de permanecer en casa, podemos trabajar utilizando ropa cómoda. Hay quienes la acostumbramos de forma habitual y hay quienes, por razón de la contingencia, pasaron del traje ejecutivo de oficina a la comodidad de un atuendo deportivo, tal vez combinado con una blusa o camisa formal, en caso de atender alguna videoconferencia, para no romper con los arquetipos tradicionales. Aquí aplica el principio de que nuestra sociedad se basa mucho en indicadores como la imagen o la jerarquía, para aquilatar los contenidos. Lo vemos de forma diaria en política, con frecuencia damos el peso a las palabras conforme a quién las dice, y no conforme a qué dicen éstas. Se aplaude y festeja la figura más allá que el mensaje.

Las redes sociales han constituido, en buena medida, una válvula de escape para dejar salir esa presión que, de otra forma, nos dañaría dentro. Ocupar el tiempo en subir muñequitos, oraciones, recetas, canciones y memes, es una forma de autoafirmación. Es un pase de lista diario frente a la vida, un sacarle la lengua a la muerte y decir “no me alcanzas”. Detrás de todo ello está la consuetudinaria negación de nosotros, mexicanos, a la muerte, un hecho sistemático para todos los vivos y que tarde o temprano habremos de afrontar.

Aplicarse en mandar contenidos que nos ocupan y liberan, puede ser sano para quien lo lleva a cabo, pero no necesariamente para quien recibe el alud de mensajes, al punto de que podría agotar la memoria de nuestros equipos. Dentro de los diversos contenidos hay algunos maravillosos, que hablan por sí solos para indicarnos la grandeza del ser humano. Aquí quiero mencionar uno extraordinario.

Esta semana tuve acceso a un video en el que abordan a Matías, zacatecano de mediana edad y de condición humilde. Lo entrevistan un par de youtuberos quienes –se infiere—ya tenían conocimiento de su mente privilegiada. Comienzan por plantearle operaciones matemáticas que él va resolviendo al hilo, una tras otra. Más delante le piden que enliste los nombres de los presidentes de México, y da la secuencia completa desde Guadalupe Victoria hasta el actual. Sorprende la naturalidad con que se expresa frente a la cámara. Desconozco, y quisiera saber, qué habrá sucedido después de concluir la grabación. Confiemos en que se lleven a cabo acciones que permitan a Matías sacar provecho de su don, sobre todo que se le dé tratamiento digno y respetuoso, evitando convertirlo en un elemento circense en redes sociales.

Este 2020 ha desvelado grandes deficiencias de nuestro sistema de gobierno. Entre ellas muchas en el sector educativo. Si las clases son en modalidad virtual, habrá que garantizar que cada alumno tenga acceso seguro, confiable y gratuito a un equipo digital. En lo personal me quedé fascinada con Matías, tratando de adivinar la historia detrás suyo: ¿Hasta qué año estudió? ¿Tiene esa memoria privilegiada para todas las materias? ¿Le gusta leer? ¿Qué lee? Confiemos en que algún especialista que radique en esa población pueda respondernos estas dudas, y, sobre todo, dar seguimiento y apoyo al desarrollo integral de Matías.

Venimos atestiguando que esta pandemia viene sacando, tanto lo mejor como lo peor de los seres humanos. Aunque –habrá que señalarlo-- también se presenta esa dualidad tan nuestra: Aparecemos frente a la cámara con una presentación impecable, de traje ejecutivo, peinados y –en su caso—maquillados, aunque tal vez estemos en ropa interior o en pijama, de la cintura para abajo. Esa misma dualidad se expresa en foros, o en chats, cuando detrás de nuestras grandes expresiones de indignación y apoyo hacia una causa, yace una molicie inamovible.

¿Cuántos “Matías” estarán perdiendo oportunidades de aprendizaje, por falta de tecnología? ¿O porque la situación económica familiar los aleje de la escuela? ¿Cuántos genios verán canceladas sus oportunidades de desarrollo profesional en esta emergencia sanitaria? ¿Cuántos toman sus clases en sitios públicos que ofrecen Wifi gratuito? Los problemas en el camino pueden significar una dificultad insalvable o una plataforma de despegue. La diferencia estriba en la actitud con que nos plantemos frente al problema, como guerreros o como víctimas. Nuestro país necesita emprendedores dispuestos a hacer un cambio con los recursos personales. De tal solidaridad hay ejemplos maravillosos dentro de la sociedad civil. Nuestro amado México mora en el centro del pecho.
20 Septiembre 2020 03:32:00
Matías y nuestro México
La emergencia sanitaria ha detonado cambios en nuestra forma de actuar, posiblemente no alcancemos a medir en qué grado lo ha hecho. Hemos adoptado hábitos, gestos y modos de reaccionar, que hasta inicios de este 2020 nos hubieran resultado hasta absurdos.

Con relación a la vestimenta, quienes hemos tenido la oportunidad de permanecer en casa, podemos trabajar utilizando ropa cómoda. Hay quienes la acostumbramos de forma habitual y hay quienes, por razón de la contingencia, pasaron del traje ejecutivo de oficina a la comodidad de un atuendo deportivo, tal vez combinado con una blusa o camisa formal, en caso de atender alguna videoconferencia, para no romper con los arquetipos tradicionales.

Aquí aplica el principio de que nuestra sociedad se basa mucho en indicadores como la imagen o la jerarquía, para aquilatar los contenidos. Lo vemos de forma diaria en política, con frecuencia damos el peso a las palabras conforme a quién las dice, y no conforme a qué dicen estas. Se aplaude y festeja la figura más allá que el mensaje.

Las redes sociales han constituido, en buena medida, una válvula de escape para dejar salir esa presión que, de otra forma, nos dañaría dentro. Ocupar el tiempo en subir muñequitos, oraciones, recetas, canciones y memes, es una forma de autoafirmación. Es un pase de lista diario frente a la vida, un sacarle la lengua a la muerte y decir “no me alcanzas”. Detrás de todo ello está la consuetudinaria negación de nosotros, mexicanos, a la muerte, un hecho sistemático para todos los vivos y que tarde o temprano habremos de afrontar.

Aplicarse en mandar contenidos que nos ocupan y liberan, puede ser sano para quien lo lleva a cabo, pero no necesariamente para quien recibe el alud de mensajes, al punto de que podría agotar la memoria de nuestros equipos. Dentro de los diversos contenidos hay algunos maravillosos, que hablan por sí solos para indicarnos la grandeza del ser humano. Aquí quiero mencionar uno extraordinario.

Esta semana tuve acceso a un video en el que abordan a Matías, zacatecano de mediana edad y de condición humilde. Lo entrevistan un par de youtubers quienes –se infiere– ya tenían conocimiento de su mente privilegiada. Comienzan por plantearle operaciones matemáticas que él va resolviendo al hilo, una tras otra. Más delante le piden que enliste los nombres de los presidentes de México, y da la secuencia completa desde Guadalupe Victoria hasta el actual. Sorprende la naturalidad con que se expresa frente a la cámara. Desconozco, y quisiera saber, qué habrá sucedido después de concluir la grabación. Confiemos en que se lleven a cabo acciones que permitan a Matías sacar provecho de su don, sobre todo que se le dé tratamiento digno y respetuoso, evitando convertirlo en un elemento circense en redes sociales.

Este 2020 ha desvelado grandes deficiencias de nuestro sistema de Gobierno. Entre ellas muchas en el sector educativo. Si las clases son en modalidad virtual, habrá que garantizar que cada alumno tenga acceso seguro, confiable y gratuito a un equipo digital. En lo personal me quedé fascinada con Matías, tratando de adivinar la historia detrás suyo: ¿Hasta qué año estudió? ¿Tiene esa memoria privilegiada para todas las materias? ¿Le gusta leer? ¿Qué lee? Confiemos en que algún especialista que radique en esa población pueda respondernos estas dudas, y, sobre todo, dar seguimiento y apoyo al desarrollo integral de Matías.

Venimos atestiguando que esta pandemia viene sacando, tanto lo mejor como lo peor de los seres humanos. Aunque –habrá que señalarlo– también se presenta esa dualidad tan nuestra: Aparecemos frente a la cámara con una presentación impecable, de traje ejecutivo, peinados y –en su caso– maquillados, aunque tal vez estemos en ropa interior o en pijama, de la cintura para abajo. Esa misma dualidad se expresa en foros, o en chats, cuando detrás de nuestras grandes expresiones de indignación y apoyo hacia una causa, yace una molicie inamovible.

¿Cuántos “Matías” estarán perdiendo oportunidades de aprendizaje, por falta de tecnología? ¿O porque la situación económica familiar los aleje de la escuela? ¿Cuántos genios verán canceladas sus oportunidades de desarrollo profesional en esta emergencia sanitaria? ¿Cuántos toman sus clases en sitios públicos que ofrecen wifi gratuito? Los problemas en el camino pueden significar una dificultad insalvable o una plataforma de despegue. La diferencia estriba en la actitud con que nos plantemos frente al problema, como guerreros o como víctimas. Nuestro país necesita emprendedores dispuestos a hacer un cambio con los recursos personales. De tal solidaridad hay ejemplos maravillosos dentro de la sociedad civil. Nuestro amado México mora en el centro del pecho.

13 Septiembre 2020 04:00:00
Leer a México
Justo ahora, en el mes patrio, cuando vemos los colores de nuestra insignia haciendo lucir los diversos sitios públicos, es buen momento para reflexionar qué es lo que estamos celebrando. Aprovechar la estancia obligada de los pequeños dentro de casa para presentarles el movimiento de Independencia de otra forma, como un relato “de bulto” en el que participan seres humanos y no solo personajes planos, cuya imagen conocemos a través de las estampas que venden en las papelerías, o desde las galerías de imágenes en la red.

La Historia de México es una materia maleable, quizá vulnerada, en busca de darle un sesgo político al margen de la realidad en la que ocurrieron los hechos. Hay que decirlo, nadie puede tener la noción del todo auténtica de cómo sucedieron, pues aun de propia boca de cada personaje, se narraría un mismo episodio de distinta manera, cada cual, desde su percepción muy personal, conforme a sus expectativas, o según juzgue la participación de sus compañeros.

Cierto, una cosa es narrar la historia con base en fuentes documentadas, y otra muy distinta es hacerlo por inspiración, interpretando lo ocurrido conforme a una narrativa personal.

Estoy terminando de leer un ensayo de Marina Castañeda que habla acerca de la pandemia; se intitula Covid-19: Una Crónica Personal.

De forma lúcida y amena, la sicóloga nos va llevando a través de su vivencia personal desde el inicio de la contingencia, prácticamente hasta estos días. Al referirse a ese fenómeno social que se presentó cuando el Gobierno “dio permiso” de comenzar a salir de casa en el mes de junio, señala que triunfó el pensamiento mágico, en una sociedad sedienta de volver a comprar.

Estas palabras activaron reflexiones muy personales que aquí deseo compartir, si no es que ya las he expresado en ocasiones anteriores. Al hablar sobre las generaciones de adultos nacidos después de la Segunda Gran Guerra, la autora nos describe como “una sociedad históricamente privilegiada, que jamás había visto coartadas sus libertades”.

De esta forma explica que el encierro haya representado una forma de prisión de la cual anhelamos salir para sentirnos vivos.

Estos dos conceptos, la sed por comprar y la sensación de ahogo en el encierro, explican de manera sobrada esos movimientos humanos en sitios públicos, en particular en fiestas y antros. Las personas se animan unas a otras a salir, con el clásico “no pasa nada”, del que ya hemos visto consecuencias de sobra trágicas.

Vuelve Castañeda a hablar de nosotros, los nacidos entre mediados del siglo 20 y principios del actual, para decir que hemos resultado poco aptos para enfrentar la adversidad. ¡Y vaya que tiene razón! Estamos acostumbrados a la satisfacción inmediata de nuestros deseos; somos poco tolerantes a la frustración, y lo vemos desde la edad preescolar.

Para muestra tenemos los grandes berrinches del pequeño de 2 o 3 años en una plaza comercial, que finalmente doblega a la mamá o al papá.

El niño termina por salirse con la suya, mientras el adulto –sudoroso y abochornado– expresa de modo incidental que debió ceder frente al niño para no incomodar a los demás.

Hay notables cambios de estilos de vida en los últimos 50 años. Los jóvenes de hoy se asombran al enterarse de que nosotros crecimos sin un teléfono celular; que el televisor tenía 13 canales y que había que levantarse a girar el disco, una y otra vez, para cambiar de programa.

Claro, hay que decirlo, dentro de los cuatro o cinco que ofrecía la barra programática, en blanco y negro. Ello siempre y cuando la antena exterior no tuviera interferencia por cambios climatológicos. Este es un ejemplo muy familiar y cercano para cualesquiera, de la diferencia tecnológica entre aquella televisión y la actual, y de cómo los avances de la tecnología generan cambios de pensamiento y de conducta, no necesariamente para bien.

La tecnología propicia de igual manera, una distorsión en la comunicación. Aunque ya han disminuido, continúan circulando mensajes acerca del origen del virus; de las malévolas intenciones de diversas potencias mundiales en la pandemia; de remedios mágicos que han cobrado más de una vida al utilizarlos, y lo de moda, el asunto de las vacunas.

Habitualmente nos adherimos a ese conocido personaje en redes que más confianza nos inspira, y creemos a pie juntillas lo que nos dice. Sin embargo, en cuestión de salud, es recomendable cotejar dichos contenidos con fuentes autorizadas; no dejarnos llevar por la inspiración ni por la fascinación; evitar actuar por actuar, sin una certeza de que hacerlo sea, primero, seguro, y segundo, efectivo.

En este tiempo de oportunidades inéditas, aprendamos a leer de otra forma nuestra historia, para bien de México.
06 Septiembre 2020 04:00:00
Cerrar ciclos
Me siento frente al monitor. Tengo tres horas para terminar la colaboración semanal y estoy en blanco. Pocas veces me sucede, pero –a diferencia de las anteriores—la condición actual se debe a un sentir personal, un apabullamiento que no me permite acabar de procesar lo que llega a través de mis sentidos. En poco más de una semana han partido tres médicos y una enfermera a quienes conocí muy bien; todos ellos a causa de Covid-19 por razón de su trabajo. Encuentro hasta absurdo que la vida cobre tan caro el cumplimiento del deber, el apego a la profesión, la consecución de los sueños propios. Han fallecido otros médicos en distintas localidades; igual lo han hecho familiares de algunos amigos, ajenos a la medicina. Todo esto sucede a unos pasos de la llegada del otoño. Esto último me da de donde tomarme para no caer abatida por la desazón. Al mismo tiempo que lo anterior una colega pediatra, colaboradora de mi blog desde hace varios años, anuncia su retiro de la vida profesional. Lo hace en plenitud de facultades, como una decisión personal; satisfecha de haber cumplido con sus pacientes y dispuesta a plantearse nuevos desafíos. Ya con esto último acabé de sentir que entendía una gran verdad que a ratos olvidamos: Todo en esta vida tiene una razón de ser; tiene un tiempo, tanto de inicio como de terminación. A nosotros -humanos- toca avanzar al ritmo que la naturaleza marca, aprovechar el tiempo que se nos presta, y convertir en algo útil y trascendente ese pedazo de vida que el cielo nos ha concesionado.

Desde que comenzó la contingencia he tenido oportunidad de profundizar en temas de creación literaria. Con relación a la novela he aprendido que, para favorecer el desarrollo de ésta, de entrada debo plantearme un final. No importa si conforme avanza la obra cambia el rumbo de la historia y el final es distinto al que me había planteado. Para emprender el viaje de la escritura, tenemos que saber hacia donde vamos, de otra forma no avanzaremos. Hoy quiero aplicar tan sabia idea para el asunto de vivir la vida: Cuando nacemos nadie puede conocer si viviremos más allá de unas horas, unos días o muchos decenios. En un principio no está en nosotros plantearnos un final para la historia de nuestra vida. Ello depende de nuestros padres, de la voluntad que pongan en orientar nuestra pequeña nave en algún sentido particular. A través del conocimiento, la formación en valores y el desarrollo de la autoestima, nuestros mayores comienzan a escribir esa historia que, después de algunos años, tocará a cada uno de nosotros seguir escribiendo. El tiempo corre y no para; no sabemos cuánto más continuará para cada uno de nosotros. Mantengamos en mente escribir la vida, no dejar de hacerlo, siempre revisando nuestro compás de navegación, para conocer la ruta que llevamos.

A todos los que hasta hoy estamos con vida, nos toca presenciar una situación compleja, misma que nos desnuda de manera abrupta, y evidencia nuestra vulnerabilidad frente al mundo. A ratos caemos en el pasmo, otras veces nos invade la ansiedad o el desánimo. Es entonces cuando nos corresponde hacer un alto, respirar hondo, mirar al cielo, sacar nuestra brújula y verificar la ruta.

No hay manera de bajarnos de un tren cuando se halla en movimiento. Hemos de aprender entonces, la mansedumbre de la naturaleza; entender el compás con el que avanza cada uno de sus elementos, digamos, las estaciones del año. Mi favorita es el otoño: El calor mengua, el paisaje se pinta de distintos tonos de ocre, los árboles pierden su follaje… Lo que nunca dejará de asombrarme es la caída de las hojas. Cada una de ellas acoge lo que le toca hacer, lo acepta, se desprende y cae girando. Se despide dando pequeñas vueltas, en una danza que rinde tributo a su origen desde la belleza de su final, antes de llegar al suelo y confundirse con el resto de las hojas, en una alfombra ligera y crujiente sobre la que nuestros pasos, al igual que ellas, están invitados a hacer divertidos giros que nos alegren.

Cerrar ciclos: Terminar la tarea que nos corresponde cumplir. No sabemos en qué momento vayamos a tocar puerto. Como quien escribe una novela, desde el inicio nos planteamos un posible final hacia el cual orientamos nuestra ruta. Vendrán tormentas que podrán desviar la nave, o tal vez hallemos corrientes marinas sobre las cuales la navegación sea más fluida. Tal vez dejemos las previsiones iniciales y lleguemos antes a puerto, como lo han hecho los caídos en esta pandemia. Hoy podemos descubrir que sólo atienden el compás que la vida marca. Porque así estaba señalado desde un principio por una fuerza superior a la humana. Parten como hojas de otoño. Me anima asumirlo así. ¡Feliz nuevo viaje, amigos!
30 Agosto 2020 04:00:00
Humanizar las redes
Tengo una amiga muy querida; nuestra amistad ha crecido a raíz de los problemas que la pandemia ha generado.  En fechas recientes ella manifestaba su irritación frente al modo como se usan las redes sociales. Comentando ambas, llegamos a la conclusión de que, en gran medida, publicar en medios digitales es una forma de volcar esa angustia que todos llevamos dentro. Está latente en cada uno de nosotros el miedo a enfermar y morir. Hemos visto fallecer a gente joven, previamente sana; a personas acaudaladas y ahora a niños. No parece haber humano capaz de asegurar con certeza que saldrá indemne de esta pandemia.

Frente a una realidad “real” –como diría un querido amigo escritor–, tenemos dos opciones: apanicarnos o enfrentar el panorama como lo que es, y tratar de crearnos el mejor de los escenarios. Desde nuestro encierro, con oportunidades limitadas, algo se puede hacer. Y si aquello que hago para mi beneficio ayuda a alguien más, pues mejor todavía.

Antes de pasar al caso de Jorge, quiero mencionar un programa que han echado a andar en Baja California Norte.  Allá vive una joven geriatra que, además de su profesión, dedica buena parte de su tiempo a obras de desarrollo humano. Ahora está promoviendo una iniciativa llamada Dona una Hora a la Cárcel. La encuentran en Instagram y en Facebook bajo tal título. Este grupo gestiona la donación de una hora de tiempo para, de manera virtual, brindar opciones de crecimiento a las internas de algún penal. Quien así lo desee se reporta con las coordinadoras del programa y le asignan su tiempo en el que podrá compartir con las reclusas conocimientos de cualquier tema. Me parece una forma extraordinaria de donar parte de lo propio, además de ocupar nuestro tiempo en algo de gran utilidad, como sería la preparación de ese material. No es la primera vez que mi admirada Diana, activista y feminista, utiliza su tiempo libre en generar acciones como esta. Es un programa de “ganar-ganar”, ya  que ganan las internas y ganan las donantes, al utilizar la tecnología de una manera productiva, canalizar ese potencial creativo en formas trascendentales. Comunicarse a diario mediante las redes cumple la función de pase de lista frente a la vida. Podría hacerse mucho más, si se toma como un espacio a donde explayar nuestra creatividad personal.

Dicen los grandes maestros que la realidad no es una sola, y que al escribir cada uno lo hace desde su propia realidad. Nada más cierto. Es en la medida en que salgamos de nuestro propio caparazón a tocar otras vidas, cuando comenzamos a entender el panorama global y complejo que se nos presenta. Hablamos de que la emergencia sanitaria ha generado altas tasas de desempleo y que la pobreza se ahonda. Referirnos a ello manejando cifras sobre una pantalla poco hace por conmovernos.

Acabo de conocer el caso de Jorge, un chico que estudia en una universidad técnica. Salió mal en una materia, y debía presentar extraordinario. ¿Por qué salió mal? Porque, dada la crisis económica por el despido laboral de su padre, tuvo necesidad de trabajar por las mañanas, además de cumplir con el empleo de medio tiempo que ya tenía por las noches, con lo que se pagaba sus estudios. Llegó la fecha de pago del extraordinario y Jorge no tenía el dinero. Finalmente lo consiguió, como solemos decir “al cuarto para la hora”. Se apresuró a hacer el pago, pero el sistema no lo capturó. Pudo presentar su examen y obtuvo calificación excelente, aun así, Jorge está en riesgo de perder su carrera, ya que la materia en cuestión se retirará del programa académico, así que no la podría recursar. Hasta el momento no hay un procedimiento administrativo para que le reciban ese pago que no entró por falla del propio sistema. ¿La cantidad que Jorge y su familia debieron reunir con mucho esfuerzo  para cubrir el examen? 400 pesos.

Esta es la cara de la tragedia que no sale en los titulares. Para anunciarla no hay marchas ni pancartas. No se publican memes ni malos chistes. No hay discursos… pero ahí está, como una realidad lacerante frente a la que todos los ciudadanos tenemos obligación moral de actuar. Sabemos que hay un Gobierno constituido para velar por los intereses de la nación, así debería ser. Ante la situación actual los ciudadanos de a pie, quienes no ostentamos ningún cargo público, no podemos zafarnos, así como así.

El modelo que propone mi amiga Diana representa aquello que se puede hacer con sensibilidad, voluntad e imaginación. Jorge tiene derecho a terminar su carrera, la que tanto le ha costado a él y a su familia. ¿Lloramos, criticamos o nos ponemos a actuar…?

Urgen estrategias que empaten las necesidades sociales con el potencial ciudadano, ese que de momento está bastante ocioso.


23 Agosto 2020 04:03:00
Puerto seguro
México alcanza 60 mil muertes por Covid-19, aun así, la atención está puesta en otro lado. Para ahora cada mexicano ha visto partir a personas de su entorno: familiares, amigos, personal de salud. Ministros de culto, maestros y funcionarios públicos. La abuelita o el padre de algún conocido. La enfermedad rasa de manera por demás dolorosa. Sin embargo, las luces mediáticas están puestas en otro punto; difícil entender qué mueve la mano que las maneja. En política las cosas difícilmente son del modo como se presentan.

Surgió el caso de Emilio Lozoya. Lo extraditan desde España, pero jamás pisa la cárcel; se le obsequia un trato VIP, primero en un hospital particular y luego en su domicilio; del mismo se filtran imágenes de un festejo entre amigos. Unos días después llega a redes sociales un segundo video relacionado con el mismo caso. Contiene elementos que podrían inculpar a Lozoya, pero no será así. Fueron hechos del dominio público en lugar de ser entregados a la autoridad correspondiente. Como quien dice “quemaron cartucho” y se curaron en salud. Se ve muy difícil que Lozoya abandone la cómoda postura de testigo protegido. Desde su domicilio las audiencias virtuales han sido privadas; trascienden insinuaciones de señalamientos a funcionarios de administraciones anteriores. Recuerda el montaje de Florence Cassez del 2005. En lo personal me parece bien planeado y de mucha utilidad, tanto para la parte acusada, como para la parte acusadora. Tiene un peso electoral específico para el 2021.

En estos últimos días circula un video del hermano del Presidente de la República recibiendo dinero. Frente a la evidencia manifiesta el Ejecutivo que el mismo corresponde al 2015, y que no se trata de sobornos sino de un apoyo de particulares a su campaña. Tal vez pretendan presentarlo como una especie de “lobbying”, aunque en la Administración Pública de México no está reconocida esa figura con fines electorales.

Frente a tales imágenes vinieron a mi memoria unas palabras de mi señor padre, que me cuido mucho de atender cada vez que publico un artículo. Era allá por 1975, cuando mis primeras colaboraciones periodísticas –de 200 palabras– me llevaban algo así como una semana para escribir. La falta de oficio y lo delicado de algunos temas, me hacían darle vueltas y vueltas en la semana, para finalmente acudir a la oficina de redacción a entregar mi cuartilla. Eran tiempos de máquinas de escribir, papel carbón y corrector líquido. En alguna ocasión, cuando hice un señalamiento público respecto a determinada situación –no recuerdo cuál sería–, mi padre, que era siempre mi primer lector, me señaló que, al publicar ese artículo, quedaba obligada a mantener una conducta por encima de lo que estaba señalando, porque mi palabra me comprometía.

Más de un autor ha dicho que escribe desde su historia personal, porque es lo que mejor conoce. A tal ejercicio me suscribo desde esta pequeña tribuna: Mi padre falleció hace más de 20 años. Ingeniero civil y amante de las matemáticas, adquirió una Apple 2 Plus –por cierto, la primera que hubo en Torreón– y para manejarla él y mi hermana Mónica debieron aprender programación. No imagino cómo acogería mi viejo la tecnología actual, todo lo que presentan las redes sociales, su inmediatez, su gama de expresiones, y tantos intereses que se ocultan detrás de una palabra, de un solo giro, de una imagen. Justo cuando veía el video del hermano del Presidente, reflexionaba a qué grado todo personaje –y más dentro de la función pública– está obligado a revisar su historia personal tanto como sea posible, antes de hacer señalamientos en contra de sus opositores. Aunque, debo decirlo, no abundan los Franciscos de Asís dentro de los aspirantes a cargos públicos y menos en estos tiempos.

A ratos parece que vivimos una historia dentro de otra, y estas dos dentro de una tercera que las contiene a ambas.Quizás el propósito de los videos sea hacer ruido, distraer la atención. Posiblemente sea darnos un poco de entretenimiento para alejar el foco de asuntos muy graves, como son la falta de medicamentos para niños con cáncer; la creciente inseguridad, y el cuestionado manejo de la pandemia, que nos coloca dentro de los primeros lugares en el mundo, respecto a contagios y muertes por Covid-19.

Aun así, los ciudadanos de a pie tenemos mucho que aprender de ello para nuestra vida personal. De modo que, al estar frente a los hijos, podamos hacerlo con la cabeza en alto, mirarlos a los ojos y decir: “Esto soy y esto tengo”, como la mejor herencia para su vida. Les ha tocado vivir dentro de un mundo revuelto y de contrarios, pero aun así, el camino recto es el que con más certeza lleva a puerto seguro.
23 Agosto 2020 04:00:00
Puerto seguro
México alcanza 60,000 muertes por Covid-19, aún así, la atención está puesta en otro lado. Para ahora cada mexicano ha visto partir a personas de su entorno: Familiares, amigos, personal de salud. Ministros de culto, maestros y funcionarios públicos. La abuelita o el padre de algún conocido. La enfermedad rasa de manera por demás dolorosa. Sin embargo, las luces mediáticas están puestas en otro punto; difícil entender qué mueve la mano que las maneja. En política las cosas difícilmente son del modo como se presentan.

Surgió el caso de Emilio Lozoya. Lo extraditan desde España, pero jamás pisa la cárcel; se le obsequia un trato VIP, primero en un hospital particular y luego en su domicilio; del mismo se filtran imágenes de un festejo entre amigos. Unos días después llega a redes sociales un segundo video relacionado con el mismo caso. Contiene elementos que podrían inculpar a Lozoya, pero no será así. Fueron hechos del dominio público en lugar de ser entregados a la autoridad correspondiente. Como quien dice, “quemaron cartucho” y se curaron en salud. Se ve muy difícil que Lozoya abandone la cómoda postura de testigo protegido. Desde su domicilio las audiencias virtuales han sido privadas; trascienden insinuaciones de señalamientos a funcionarios de administraciones anteriores. Recuerda el montaje de Florence Cassez del 2005. En lo personal me parece bien planeado y de mucha utilidad, tanto para la parte acusada, como para la parte acusadora. Tiene un peso electoral específico para el 2021.

En estos últimos días circula un video del hermano del presidente de la república recibiendo dinero. Frente a la evidencia manifiesta el ejecutivo que el mismo corresponde al 2015, y que no se trata de sobornos sino de un apoyo de particulares a su campaña. Tal vez pretendan presentarlo como una especie de “lobbying”, aunque en la Administración Pública de México no está reconocida esa figura con fines electorales.

Frente a tales imágenes vinieron a mi memoria unas palabras de mi señor padre, que me cuido mucho de atender cada vez que publico un artículo. Era allá por 1975, cuando mis primeras colaboraciones periodísticas --de 200 palabras-- me llevaban algo así como una semana para escribir. La falta de oficio y lo delicado de algunos temas, me hacían darle vueltas y vueltas en la semana, para finalmente acudir a la oficina de redacción a entregar mi cuartilla. Eran tiempos de máquinas de escribir, papel carbón y corrector líquido. En alguna ocasión, cuando hice un señalamiento público respecto a determinada situación –no recuerdo cuál sería--, mi padre, que era siempre mi primer lector, me señaló que, al publicar ese artículo, quedaba obligada a mantener una conducta por encima de lo que estaba señalando, porque mi palabra me comprometía.

Más de un autor ha dicho que escribe desde su historia personal, porque es lo que mejor conoce. A tal ejercicio me suscribo desde esta pequeña tribuna: Mi padre falleció hace más de veinte años. Ingeniero civil y amante de las matemáticas, adquirió una Apple 2 Plus –por cierto, la primera que hubo en Torreón--; para manejarla él y mi hermana Mónica debieron aprender programación. No imagino cómo acogería mi viejo la tecnología actual, todo lo que presentan las redes sociales, su inmediatez, su gama de expresiones y tantos intereses que se ocultan detrás de una palabra, de un solo giro, de una imagen. Justo cuando veía el video del hermano del presidente, reflexionaba a qué grado todo personaje –y más dentro de la función pública—está obligado a revisar su historia personal tanto como sea posible, antes de hacer señalamientos en contra de sus opositores. Aunque, debo decirlo, no abundan los Franciscos de Asís dentro de los aspirantes a cargos públicos y menos en estos tiempos.

A ratos parece que vivimos una historia dentro de otra, y estas dos dentro de una tercera que las contiene a ambas. Quizás el propósito de los videos, de uno u otro lado sea hacer ruido, distraer la atención. Posiblemente sea darnos un poco de entretenimiento para alejar el foco de asuntos muy graves, como son la falta de medicamentos para niños con cáncer; la creciente inseguridad, y el cuestionado manejo de la pandemia, que nos coloca dentro de los primeros lugares en el mundo, respecto a contagios y muertes por Covid-19. Aun así, los ciudadanos de a pie tenemos mucho que aprender de ello para nuestra vida personal. De modo que, al estar frente a los hijos, podamos hacerlo con la cabeza en alto, mirarlos a los ojos y decir: “Esto soy y esto tengo”, como la mejor herencia para su vida. Les ha tocado vivir dentro de un mundo revuelto y de contrarios, pero aún así, el camino recto es el que con más certeza lleva a puerto seguro.
16 Agosto 2020 04:00:00
Derecho superior
Esta semana el gobierno de Colima propuso una reforma de ley que vuelva obligatorio el uso de cubrebocas en sitios públicos, con multas hasta de 4,000 pesos por no acatar la ley. El primero que objetó dicha propuesta fue el subsecretario de Salud Hugo López Gatell, argumentando que volver obligatorio el uso de cubrebocas sería una forma de violación a los Derechos Humanos.

En la Declaración Universal de los Derechos Humanos, suscrita por la ONU en París, en diciembre de 1948, su artículo 25 dice a la letra: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar…” Dicho de otro modo, el Estado está obligado a garantizar las condiciones para que toda persona pueda acceder a lo necesario para mantener un nivel de salud y bienestar óptimo.

A lo largo del desarrollo de la pandemia hemos sido testigos (o víctimas, tal vez) de múltiples inconsistencias, situación que para los expertos ha sido responsable del crecimiento de casos de contagio y muerte por Covid-19 en México. Por más que las cifras alegres pretendan convencernos de lo contrario, que todo va bien y el problema está por terminarse. Lo más paradigmático ha sido el asunto del cubrebocas, al que sistemáticamente se ha dado un manejo político, no médico, desde el principio. Esto es, si en el peor de los casos el cubrebocas -como argumenta López Gatell- fuera solamente un auxiliar, de todas formas, habría que utilizarlo. Cualquier medida capaz de brindar una protección adicional, una medida accesible y sin efectos colaterales en su utilización, ¡bienvenida sea! Para los médicos que consideramos que el cubrebocas es un elemento clave para frenar la transmisión del virus SARS-CoV-2, productor de la Covid-19, con más ganas todavía sugerimos utilizarlo, recomendarlo y promover las bondades de su uso.

A propósito de derechos humanos, la postura de López Gatell frente al cubrebocas me lleva a entender que para él el derecho de un mexicano a no ser molestado con reglas, es superior al derecho a la salud. Por tal razón es que inicié la presente colaboración recurriendo a la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU, a la cual hay que remitirse de cuando en cuando, sobre todo en el momento en que surgen estas falacias que buscan justificar como científico un hecho que no lo es. Va muy acorde con tantas actuaciones en la vida pública como es el uso de eufemismos para designar acontecimientos reprobables, cuyo nombre preciso resulta fuerte y desagradable: En lugar de decir “lo asesinó”, decimos “lo ultimó” o “le dio piso”. En lugar de decir “lo secuestraron”, decimos “lo levantaron”, y en vez de señalar alguien como “el gran ratero que se robó muchos millones de las arcas públicas” hablamos de “ladrón de cuello blanco”. De este mismo modo manejamos las notas delictivas: Aun si ya fue consignado a 40 años por homicidio calificado, en la nota policíaca se publica la fotografía pixelada o con la vista cubierta de Rolando “N”. De la parte acusadora sí se dan los generales completos, colocando a las víctimas que denunciaron en estado vulnerable. Esto es, nos preocupamos demasiado por los derechos de quienes infringen la ley, y poco por los de quienes sí la cumplen.

En el caso del cubrebocas: El gobierno se inclina a favor de quien no lo utiliza porque no le da la gana, así perpetúe la cadena de contagio y eleve el número de muertos. Se fomenta la actitud irresponsable y antisocial de tales ciudadanos. No se actúa para sancionarlos, así violen las medidas necesarias para limitar la pandemia; prefieren no incomodarlos, no romper la paz y la armonía. Se privilegia el derecho a la comodidad de los irresponsables, por encima del derecho a la salud y a la vida de todos los mexicanos. Se consiente a esos ciudadanos que al final del día aprenden por el camino difícil, pasándola en paseos y fiestas, hasta que uno de sus seres queridos enferma y muere.

Un gobierno está para ver por todos sus gobernados; para imponer un orden que conduzca al bien común. No está ahí para ganar simpatías. Es lógico que en una población heterogénea haya quien no necesita de reglas externas para cumplir con lo que se debe cumplir, y está quien entra en el carril hasta que se lo exigen las autoridades, de ser necesario con la imposición de sanciones. Tal como sucede en el hogar, no se trata de que cada uno haga lo que quiera, sino de actuar conforme a un objetivo común.

El derecho superior de los ciudadanos es a la integridad, la salud y la preservación de la vida. La obligación del Estado es garantizarlo, gobernar con base en datos duros, valiéndose de expertos para el diseño de estrategias, orientados hacia el bien común. Hacerlo con lucidez y nobleza de intención.
09 Agosto 2020 04:00:00
Historia que valida
La COVID-19 se comporta como una hidra, se le decapita y de ese punto aparecen dos cabezas. En México la cosa es más compleja todavía: Además de la naturaleza intrínseca del virus, nos encontramos con un manejo político de la pandemia, plagado de cifras irreales por subregistro y ocultación, y recomendaciones contradictorias, que sugieren que un ícono religioso protege más que un cubrebocas.

El grave problema que tenemos en puerta corresponde al nuevo ciclo escolar. Por sentido común deberá emprenderse desde casa. Eso es el “qué” del asunto; ahora viene el “cómo” y es donde nos topamos con un panorama incierto. Se firmaron convenios con las principales televisoras nacionales, lo que ayuda, pero no resuelve. En una casa con tres escolares, no es posible tener tres televisores o suficiencia de aparatos electrónicos para una recepción híbrida, unos en el televisor, otros vía Internet… Por otra parte, ¿quién elaborará los contenidos? ¿cómo se evaluarán los resultados?... Estamos ante un problema con demasiadas aristas en un sistema de gobierno que deja las cosas para el último minuto, o pretende resolverlas mediante improvisación…

Corresponde a la sociedad civil ayudar a subsanar las carencias que tendrá este nuevo modelo de transmisión de contenidos. Difícil pensar en organizar legiones de abuelitos vigilantes a través de la tecnología. Alguien ha propuesto reunir pequeños grupos de niños de un mismo sector poblacional en una casa habitación, a cargo de padres de familia… Son soluciones precipitadas, riesgosas y que darán pobres resultados. Nos enfrentamos a un año escolar que los especialistas han denominado “de pérdida generacional”. No es para menos.

En mis afanes literarios, nunca he logrado crear un personaje verosímil que corresponda a un delincuente de cuello blanco, un asaltante callejero o un asesino en serie. Surgen mis tendencias maniqueas que me impiden empatizar con ese individuo a quien la sociedad cataloga como “muy malo” y al que, en ausencia de una figura de autoridad, -como venimos viendo- ahora se le ajusticia de manera violenta por parte de las víctimas potenciales. En redes sociales circularon esta semana videos de asaltantes de combi linchados, que traducen un hartazgo ciudadano que vuelve a los pasajeros cómplices por una causa común. Vuelcan toda la ira contenida en contra de uno o dos individuos que pretendían asaltarlos. Frente a sucesos como esos, me pregunto cómo sería la infancia de tales delincuentes, dónde estarían sus respectivos padres mientras fueron creciendo, o si, después de algunos asaltos en el día, regresan a casa satisfechos de sus logros económicos. ¿Les comprarán golosinas a sus niños, o fruta y pan para sus madres?... El sistema nos ha llevado a repeler de manera violenta a dichos personajes, así como el mismo sistema los ha llevado a ellos a comportarse faltos de empatía. ¿Qué es lo que sucede entonces?

La violencia extrema con que actúan los delincuentes y la que vuelcan quienes, a punto de ser víctimas se convierten en vengadores, nos lleva a imaginar qué traerán en la mochila de viaje. A adivinar por qué no se percibe una pizca de respeto en sus respectivos comportamientos. En lo personal regreso a un punto que he comentado en otras ocasiones: Actúan de este modo porque no han desarrollado amor a lo propio, ni a su persona ni a su tierra.

De aquí doy un salto cuántico para llegar al problema educativo originado por la pandemia: En el modelo tradicional nos han enseñado la historia como una serie de eventos lejanos que emprendieron algunos individuos --personajes planos de un cuento aburrido--, que consiguieron con su lucha o a costa de su vida, que hoy tengamos lo que tenemos, punto. No hay una verdadera empatía con los emperadores aztecas ni con los sabios mayas. No entendemos a Miguel Hidalgo como un ser humano singular, con aciertos y fallas, dueño de un liderazgo excepcional, que convenció al pueblo de luchar con todo. No visualizamos a Morelos ni a Juárez en tres dimensiones. No sacamos a Porfirio Díaz del paradigma del dictador, entonces lo odiamos. Ni entendemos a muchos forjadores de la historia de un modo más integral. Tal vez alcancen a salvarse Francisco I. Madero y Francisco Villa, a quienes sí acogemos como a unos Janos contradictorios, para finalmente reconocer lo bueno que nos legaron.

Nuestros niños y jóvenes tienen poco desarrollado el amor a lo propio. A su persona, a su familia, a su barrio. No conocen mucho del lugar donde viven, de sus calles y plazas. De las tradiciones locales. De lo que, finalmente, les otorga identidad.

Para salvar de que este año se pierda y por México, quienes no pertenecemos al sistema educativo formal tenemos mucho que hacer.

¿Comenzamos…?
02 Agosto 2020 04:00:00
Justicia a modo
La principal novedad de la semana fue el arribo de Emilio Lozoya a territorio nacional, extraditado desde España. Llegó directo a hospitalizarse por una anemia inusitada. En lo que duró el vuelo, y sin la presencia de un sangrado activo, se desarrolló una anemia tan severa que ameritó hospitalización. Me da la corazonada que se convertirá en una enfermedad que empezaremos a ver en futuras extradiciones, si es que los países extranjeros deciden seguir apoyándonos. No me queda claro el porqué de ese trato VIP, en una suite de uno de los hospitales más costosos del país, con cargo al erario, cuando los cargos atribuidos a Emilio Lozoya por el caso Odebrecht, son millonarios, por operaciones con recursos de procedencia ilícita, delincuencia organizada y cohecho. Desde el nosocomio Lozoya atendió en forma virtual las dos audiencias, y finalmente quedó en libertad condicional, con un brazalete electrónico.

Pensándolo bien, nada de eso debería sorprender. No es la primera vez que ocurre algo parecido; sucedió en sexenios del PRIAN y sigue sucediendo con MORENA, muy a pesar de lo que digan los convencidos de que la 4T es el gran cambio, en lo relativo al combate a la corrupción. Para el resto de los mexicanos éste parece corresponder a uno más de esos arreglos en lo oscurito, en los que todos salen ganando menos el pueblo: Se crea una cortina de humo, con los beneficios políticos que al caso corresponden; se protege el patrimonio de muchos particulares quienes, de otra forma, saldrían afectados, y finalmente, los abogados litigantes cobran bien cobrado su trabajo.

La contraparte es el caso del médico chiapaneco Gerardo Vicente Grajales Yuca, aprehendido el pasado día 25 bajo cargos de abuso de confianza. Labora en el hospital de especialidades “Vida Mejor” del ISSSTE, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas; es responsable de las áreas de Urgencias y Medicina Crítica, que incluye el área Covid VIP. A dicha área ingresó como paciente un exdiputado federal, por cierto, no derechohabiente, con diagnóstico de Covid-19. Para su manejo requería medicamentos con los que la clínica no contaba en ese momento, por lo que, según la denuncia señala, el médico indicó que había que comprarlos. El paciente –muy grave-- falleció, y 10 días después, su hija interpuso una demanda en contra del doctor Grajales, por “abuso de autoridad”. Se le colocó en prisión preventiva, y pese a las irregularidades con que el proceso se ha llevado, al final de la segunda audiencia, el pasado día 30, el juez Morales Urbina lo consideró “sujeto peligroso”, por lo que dictaminó que se enviara a prisión mientras continúan las investigaciones judiciales.

A partir de la detención del profesional, las principales asociaciones médicas del país enviaron un comunicado al Presidente López Obrador, en el que señalan las irregularidades del caso y solicitan que se le permita enfrentar su proceso en libertad. Hasta el momento cuando esto escribo, no ha habido respuesta alguna del ejecutivo. Algo similar manifestaron la secretaria del Sindicato de Salud de Chiapas y los diputados locales, expresando su indignación por la forma en que se ha procedido. Al paso de los días, los hechos apuntan a señalar que, detrás de la actuación de la Fiscalía General de Chiapas, hay intereses ajenos a la consecución de la verdad y la justicia.

Nuestro México es a ratos, el de más dolorosos contrastes. Ocurre desde siempre, en todos los niveles. Un supuesto delincuente de cuello blanco, investigado desde el 2012 por daño a la nación, recibe un trato privilegiado y se va a su casa. Un profesional que estudió durante muchos años para llegar a donde está, y que tiene por consigna la curación de sus pacientes, es tratado como se haría con un violador o un secuestrador. Se le considera tan peligroso, que se envía a prisión.

Alguien podría cuestionarme por qué hago estas afirmaciones respecto al doctor Grajales sin conocerlo. Es muy sencillo, un profesional que se prepara para atender un departamento de Medicina Crítica en una institución pública de salud no es un individuo que esté buscando cómo enriquecerse. Un médico que se mete a fondo a tratar pacientes con Covid, a riesgo de enfermarse o enfermar a su familia, no corresponde a un perfil criminal. Un especialista que tiene en su haber la curación de varios enfermos de Covid, entre los que se cuentan algunos políticos y sus familiares, entre ellos la mamá del gobernador, no puede representar un peligro. Es terrible no contar con lo necesario para la atención de un paciente grave. Si se solicitaron dichos insumos para salvar la vida del paciente, por carencias de la institución, la investigación, de manera obligada debe centrarse en ello, sin inventar culpables.
26 Julio 2020 04:00:00
Punto ciego
A dos metros de la ventana de mi recámara se encuentra el cadáver de un clavo de ornato que murió hace un par de años. Se consumió en cuestión de una semana, como hacen hoy en día muchos pacientes con Covid. Y, como haría algún personaje siniestro de Stephen King, conservo su cadáver en mi patio. Contrastan tronco y ramas, desnudas y negruzcas, con el verdor que se despliega en derredor suyo y en forma campechana lo invade; al menos la bugambilia y el jazmín se han encargado de lanzar ramas como antenas para enlazarse con las suyas, y poblar de color su fúnebre negrura. Cualquier paisajista haría un entendible gesto de reproche al verlo; con dificultad entendería mis razones para mantenerlo en pie justo donde murió con dignidad y ahora se niega a abandonar.

Esta mañana fue un hermoso cardenal macho la primer ave que llegó de visita. Con gorjeos cortos y repetidos buscaba -supongo- a su compañera, que al menos durante los minutos que duró el repetido llamado, no apareció. En muchas ocasiones coinciden; primero él con su hermoso color rojo nochebuena, y un momento después ella, ataviada de un sobrio plumaje parduzco. Del mismo modo llegan en pareja unos simpáticos pájaros carpinteros, algo más nerviosos que los anteriores, movilizando la cabeza de aquí para allá, vigilantes. Por las tardes toca a los gorriones en grupos de dos o tres, con un movimiento de cabeza y cuerpo, a manera de estremecimiento. Supongo que es parte del cortejo, habitualmente interrumpido por las palomas. Unas buchonas y otras crema; de manera repetida su pesado vuelo viene a interrumpir la fiesta de los gorriones. A estos pequeños los observo brincar de una rama a otra, limpiarse el pico, sobre todo después de beber del recipiente donde coloco agua fresca un par de veces por día. Ocasionalmente aparece una calandria, y cuando florean las sábilas vecinas, llegan los colibrís. La que ya es de casa es una ardilla que baja por las tardes a refrescarse y tal vez desentierre y coma alguna de las nueces que escondió bajo tierra.

Esta procesión de seres vivos provee de color al árbol ennegrecido, pero más que nada le da un sentido. A mí me indica que no todo tiene que ser precioso o perfecto para encajar, para poner todo su empeño en servir a otros. Por más que el árbol muerto desentone con el resto, simplemente no puedo llegar con un hacha y truncarlo; privaría a un montón de criaturas de una parte importante de su nicho ecológico.

Vivimos en una sociedad enajenante. Necesitamos mantener recordatorios constantes de cuánto vale una vida, y por encima de cualquier otra, una vida humana. En el curso de la semana hubo una nota que me estremeció: En el estado de Guanajuato hallaron a una bebé recién nacida encima de un hormiguero. Al momento cuando la encontraron, todo su cuerpecito estaba cubierto de hormigas; la rescataron y la llevaron al hospital, donde unas horas después murió. Nos ponemos en el lugar de la pequeña y por un momento imaginamos qué habrá sentido ella durante el tiempo que estuvo ahí, a la intemperie, con hambre y con sed, y poco después de haber sido abandonada, cuál no sería su dolor al comenzar a sentir no uno ni dos, sino cientos o miles de piquetes por todo su cuerpecito. ¿Qué ser humano merece una muerte así? Y, sobre todo, ¿por qué una criatura inocente?... Ahora bien, aplicando las enseñanzas de los maestros de narrativa, pongámonos en lugar del personaje que la colocó ahí; imaginemos sus razones: ¿Para hacerla sufrir en venganza por algo? ¿La puso ahí su propia madre para asegurarse de que muriera? ¿Es una venganza entre grupos de la delincuencia organizada?... Me cuesta enfundarme en algún personaje para entender.

Queda claro que tanto la vida, como el sufrimiento y la violencia, son elementos que se han incorporado a nuestro imaginario colectivo, tanto como el refresco de cola o las telenovelas. Ello genera una disociación entre mis impulsos y lo que éstos pueden llegar a ocasionar. La velocidad con que recibimos mensajes rebasa la capacidad de asimilarlos. Del mismo modo, nuestros arrebatos por llevar a cabo algo, no se someten al tamizaje de la razón. Cosificamos los entes vivos, les damos un tratamiento inmisericorde. Es muy lamentable concluir que, dentro de este universo de hiperinformación y altísima velocidad, vamos perdiendo la calidad humana que solía caracterizarnos.

Estamos atrapados en un punto ciego de indiferencia: La mente racionaliza; el corazón se endurece y el arrebato nos domina. Una buena forma de volver a conectarnos con nuestro ser espiritual es entrar en contacto con la naturaleza, entender que todo en este planeta obedece a un orden cósmico. Que somos afortunados de estar aquí y responsables de cuidarlo mientras vivamos.
26 Julio 2020 03:11:00
Punto ciego
A dos metros de la ventana de mi cuarto está el cadáver de un clavo de ornato que murió hace un par de años. Se consumió en una semana, como hacen hoy en día muchos pacientes con Covid. Y, como haría algún personaje siniestro de Stephen King, conservo su cadáver en mi patio.  Contrastan tronco y ramas, desnudas y negruzcas, con el verdor que se despliega en derredor suyo y lo invade; al menos la bugambilia y el jazmín se han encargado de lanzar ramas como antenas para enlazarse con las suyas, y poblar de color su fúnebre negrura. 

Esta mañana fue un hermoso cardenal macho la primera ave que llegó de visita. Con gorjeos cortos y repetidos buscaba –supongo– a su compañera, que durante  los minutos que duró el repetido llamado, no apareció. En muchas ocasiones coinciden: primero él con su hermoso color rojo nochebuena, y un momento después ella, ataviada de un sobrio plumaje parduzco. Del mismo modo llegan en pareja unos simpáticos pájaros carpinteros, movilizando la cabeza de aquí para allá, vigilantes. Por las tardes toca a los gorriones en grupos de dos o tres, con un movimiento de cabeza y cuerpo, a manera de estremecimiento. Supongo que es parte del cortejo, habitualmente interrumpido por las palomas. Unas buchonas y otras crema; de manera repetida su pesado vuelo viene a interrumpir la fiesta de los gorriones. A estos pequeños los observo brincar de una rama a otra, limpiarse el pico, sobre todo después de beber del recipiente donde coloco agua fresca un par de veces por día. Ocasionalmente aparece una calandria, y cuando florean las sábilas, llegan los colibríes. La que ya es de casa es una ardilla que baja por las tardes a refrescarse y tal vez coma alguna de las nueces que escondió bajo tierra.

Esta procesión de seres vivos provee de color al árbol ennegrecido, pero más que nada le da un sentido. A mí me indica que no todo tiene que ser precioso o perfecto para encajar, para poner todo su empeño en servir a otros. Por más que el árbol muerto desentone con el resto, simplemente no puedo llegar con un hacha y truncarlo; privaría a un montón de criaturas de una parte importante de su nicho ecológico. 

Vivimos en una sociedad enajenante. Necesitamos mantener recordatorios constantes de cuánto vale una vida, y por encima de cualquier otra, una vida humana. En el curso de la semana hubo una nota que me estremeció: en el estado de Guanajuato hallaron a una bebé recién nacida encima de un hormiguero. Al momento que la encontraron, todo su cuerpecito estaba cubierto de hormigas; la rescataron y la llevaron al hospital, donde unas horas después murió. Nos ponemos en el lugar de la pequeña y por un momento imaginamos qué habrá sentido ella durante el tiempo que estuvo ahí, a la intemperie, con hambre y sed, y poco después de  haber sido abandonada, cuál no sería su dolor al comenzar a sentir no uno ni dos, sino cientos o miles de piquetes por todo su cuerpecito. ¿Qué ser humano merece una muerte así? Y, sobre todo, ¿por qué una criatura inocente?... ahora bien, aplicando las enseñanzas de los maestros de narrativa, pongámonos en lugar del personaje que la colocó ahí; imaginemos sus razones: ¿Para hacerla sufrir en venganza por algo? ¿La puso ahí su propia madre para asegurarse de que muriera? ¿Es una venganza entre grupos de la delincuencia organizada?... me cuesta enfundarme en algún personaje para entender.

Queda claro que tanto la vida como el sufrimiento y la violencia son elementos que se han incorporado a nuestro imaginario colectivo, tanto como el refresco de cola o las telenovelas. Ello genera una disociación entre mis impulsos y lo que estos pueden llegar a ocasionar.

La velocidad con que recibimos mensajes rebasa la capacidad de asimilarlos. Del mismo modo, nuestros arrebatos por llevar a cabo algo, no se someten al tamizaje de la razón. Cosificamos los entes vivos, les damos un tratamiento inmisericorde. Es muy lamentable concluir que, dentro de este universo de hiperinformación y altísima velocidad, vamos perdiendo la calidad humana que solía caracterizarnos. 

Estamos atrapados en un punto ciego de indiferencia: la mente racionaliza, el corazón se endurece y el arrebato nos domina. Una buena forma de volver a conectarnos con nuestro ser espiritual es entrar en contacto con la naturaleza, entender que todo en este planeta obedece a un orden cósmico, que somos afortunados de estar aquí y responsables de cuidarlo mientras vivamos.


19 Julio 2020 04:00:00
Reglas claras, acción conjunta
La pandemia se ha instalado sobre el territorio nacional como esas pesadas nubes plomizas de tormenta, a las que ningún viento parece mover. Nos hallamos en una danza de cifras, reajuste de estas, reglas cambiantes, medidas contradictorias… Lo único real es que, pese a que cambie el color del semáforo, seguimos en gran riesgo, y más vale que así lo creamos.

En nuestro país una serie de elementos culturales han venido a complicar más las cosas. Aquí enumero algunos de ellos:

No deja de influir el pensamiento mágico, ése que dice que, aunque me encuentre en zonas de alto riesgo, no me contagiaré. Ya sea por invocación a la Virgen de Guadalupe, a la Santa Muerte, San Judas Tadeo o un mantra sagrado. Ya sea porque atiendo a la recomendación presidencial y me cuelgo un escapulario, o porque considere que mi naturaleza me hace inmune contra cualquier mal.

En lo que alguna vez fue Tenochtitlan desciende de los cielos cada 6 años un Tlatoani totipotencial. Lo hemos visto a lo largo de nuestra historia, desde épocas virreinales. Que el Tlatoani en turno no atienda las medidas de protección personal contra el coronavirus, envía un poderoso mensaje a sus fieles: Si nuestro dios no usa cubrebocas ni guarda la sana distancia, es porque no se necesita. Al Presidente López Obrador le falta tomar conciencia de la responsabilidad que tiene frente al pueblo bueno y sabio, por el que se manifiesta tan preocupado.

Otro elemento que influye en los anteriores es la escasa cultura médica. Muchos creen que el virus no existe, razón por la que no asumen las medidas de prevención. Es por ello que se infectan y van a dar al hospital. Ahí llegan exigiendo a la ciencia milagros; si éstos no suceden y el paciente se agrava o muere, buscarán hacer responsable al personal sanitario por el desenlace lógico de su conducta previa.

Hay un elemento más, al cual quiero hacer referencia en esta columna y se llama “falta de coordinación”. Ahí les va la historia: Hace unos cuantos días un familiar abordó una unidad de transporte foráneo que le llevaría de Piedras Negras a Monterrey, en un viaje de aproximadamente 6 horas. El autobús que abordó mi familiar iba ocupado al 100% y para acceder al mismo no hubo filtro alguno: Ni toma de temperatura, ni gel antibacterial, como tampoco se exigió el uso de cubrebocas a quienes abordaban. En ese horario de medianoche viajan pacientes oncológicos del sector salud que van a quimioterapia o radioterapia, lo sé bien como médico y porque alguna vez yo fui una de tales pacientes. En esta unidad detecté al menos dos pasajeros con dicho perfil, por cierto, una de ellas con arcadas frecuentes. En el asiento posterior al de mi familiar iba un individuo con el cubrebocas de adorno, de color muy vistoso, pero debajo de la barbilla. Dudo mucho que lo haya acomodado como debe de ser una vez que tomaron carretera. Otros dos camiones iban llenándose en condiciones sanitarias similares. Paradójicamente, dentro de la central camionera sí hay gel y marcas en el piso, para guardar la sana distancia. La pregunta lógica es: ¿Por qué en el inmueble sí y en las unidades no?

Estas inconsistencias tan evidentes como nocivas se suman al resto de elementos de la fórmula, para obtener como resultado el panorama que estamos viendo: Una curva que no cede –en la realidad, no de palabra--, tasas de contagio y letalidad muy elevadas, y cada día más cerca de convertirnos en el puntero mundial de mortalidad por Covid-19.

¿Dónde está la regulación sanitaria para unidades de transporte de pasajeros? ¿Quién es responsable de que se cumpla como debe de cumplirse? Es muy doloroso suponer que se maneja a los enfermos de Covid-19 como números fríos en una gráfica, y no como seres humanos que sufren, que tienen familia, que albergan esperanzas, y que cuentan con todo el derecho de ver garantizada su seguridad. ¿Cómo es que en tiendas, salas de cine o restaurantes sí hay asignación de asientos, mientras dentro de un camión, donde –además—viajan enfermos inmunodeprimidos, no existe evidencia de regulación?

México se merece algo más que un gobierno manejado por inspiración, sin una verdadera sistematización en sus procedimientos. Nosotros, como ciudadanos, estamos en obligación de cumplir con las reglas que nos corresponden, para que esto funcione. No compete a nosotros, los gobernados, ejercer las funciones de los gobernantes, a quienes pagamos con nuestros impuestos por hacer su trabajo. Ciertamente, sí podemos ejercer presión social frente a quien no acata las reglas. Como dice el dicho, para que haya caldo de conejo, primero necesitamos el conejo. Si las reglas no son claras, se vigilan y se hallan a la vista del público, no hay manera alguna de reclamar su cumplimiento.
19 Julio 2020 03:54:00
Reglas claras, acción conjunta
La pandemia se ha instalado sobre el territorio na cional como esas pesadas nubes plomizas de tormenta, a las que ningún viento parece mover. Nos hallamos en una danza de cifras, reajuste de estas, reglas cambiantes, medidas contradictorias… lo único real es que, pese a que cambie el color del semáforo, seguimos en gran riesgo, y más vale que así lo creamos.

En nuestro país una serie de elementos culturales han venido a complicar más las cosas. Aquí enumero algunos de ellos: no deja de influir el pensamiento mágico, ese que dice que, aunque me encuentre en zonas de alto riesgo, no me contagiaré. Ya sea por invocación a la Virgen de Guadalupe, a la Santa Muerte, san Judas Tadeo o un mantra sagrado. Ya sea porque atiendo a la recomendación presidencial y me cuelgo un escapulario, o porque considere que mi naturaleza me hace inmune contra cualquier mal.

En lo que alguna vez fue Tenochtitlán desciende de los cielos cada seis años un tlatoani totipotencial. Lo hemos visto a lo largo de nuestra historia, desde épocas virreinales. Que el tlatoani en turno no atienda las medidas de protección personal contra el coronavirus, envía un poderoso mensaje a sus fieles: si nuestro dios no usa cubrebocas ni guarda la sana distancia, es porque no se necesita. Al presidente López Obrador le falta tomar conciencia de la responsabilidad que tiene frente al pueblo bueno y sabio, por el que se manifiesta tan preocupado.

Otro elemento que influye en los anteriores es la escasa cultura médica. Muchos creen que el virus no existe, razón por la que no asumen las medidas de prevención. Es por ello  que se infectan y van a dar al hospital. Ahí llegan exigiendo a la ciencia milagros; si estos no suceden y el paciente se agrava o muere, buscarán hacer responsable al personal sanitario por el desenlace lógico de su conducta previa.

Hay un elemento más, al cual quiero hacer referencia en esta columna y se llama “falta de coordinación”. Ahí les va la historia: hace unos cuantos días un familiar abordó una unidad de transporte foráneo que le llevaría de Piedras Negras a Monterrey, en un viaje de aproximadamente seis horas. El autobús que abordó mi familiar iba ocupado al 100% y para acceder al mismo no hubo filtro alguno: ni toma de temperatura, ni gel antibacterial, como tampoco se exigió el uso de cubrebocas a quienes abordaban.

En ese horario de medianoche viajan pacientes oncológicos del sector salud que van a quimioterapia o radioterapia, lo sé bien como médico y porque alguna vez yo fui una de tales pacientes. En esta unidad detecté al menos dos pasajeros con dicho perfil, por cierto, una de ellas con arcadas frecuentes. En el asiento posterior al de mi familiar iba un individuo con el cubrebocas de adorno, de color muy vistoso, pero debajo de la barbilla. Dudo mucho que lo haya acomodado como debe de ser una vez que tomaron carretera. Otros dos camiones iban llenándose en condiciones sanitarias similares. Paradójicamente, dentro de la central camionera sí hay gel y marcas en el piso, para guardar la sana distancia. La pregunta lógica es: ¿Por qué en el inmueble sí y en las unidades no?

Estas inconsistencias tan evidentes como nocivas se suman al resto de elementos de la fórmula, para obtener como resultado el panorama que estamos viendo: una curva que no cede –en la realidad, no de palabra–, tasas de contagio y letalidad muy elevadas, y cada día más cerca de convertirnos en el puntero mundial de mortalidad por Covid-19.

¿Dónde está la regulación sanitaria para unidades de transporte de pasajeros? ¿Quién es responsable de que se cumpla como debe de cumplirse? Es muy doloroso suponer que se maneja a los enfermos de Covid-19 como números fríos en una gráfica, y no como seres humanos que sufren, que tienen familia, que albergan esperanzas, y que cuentan con todo el derecho de ver garantizada su seguridad. ¿Cómo es que en tiendas, salas de cine o restaurantes sí hay asignación de asientos, mientras dentro de un camión, donde –además– viajan enfermos inmunodeprimidos, no existe evidencia de regulación?

México se merece algo más que un gobierno manejado por inspiración, sin una verdadera sistematización en sus procedimientos.

Nosotros, como ciudadanos, estamos en obligación de cumplir con las reglas que nos corresponden, para que esto funcione. No compete a nosotros, los gobernados, ejercer las funciones de los gobernantes, a quienes pagamos con nuestros impuestos por hacer su trabajo. Ciertamente, sí podemos ejercer presión social frente a quien no acata las reglas. Como dice el dicho, para que haya caldo de conejo, primero necesitamos el conejo. Si las reglas no son claras, se vigilan y se hallan a la vista del público, no hay manera alguna de reclamar su cumplimiento.


12 Julio 2020 04:00:00
Frente común
En sus inicios la ciencia partió de la suposición. Imagino a los primeros investigadores de la historia observando los hechos alrededor suyo; reflexionando, viendo y tomando apresuradas notas, o quizá archivando en la mente suposiciones que más delante tratarían de probar una y otra vez. Muchas habrán sido las hipótesis descartadas, otras darían pie a nuevas investigaciones para comprobarlas de manera sistemática, hasta llegar a la verdad.

Frente al Covid-19 vivimos tiempos de incertidumbre que nos remiten a pensar en los inicios de la investigación científica. Con relación a esos ancestrales investigadores, el panorama es halagüeño; ahora contamos con múltiples procedimientos que vuelven más sencillo y acertado el estudio de una enfermedad. Con todo y lo anterior, nos hallamos, en este caso particular, azorados, alarmados y descubriendo nuevas cosas cada día. Entre los hallazgos más recientes está la conclusión que presentan a la OMS más de 200 investigadores de 32 países alrededor del mundo. Concluyen que el virus es tan ligero, que resulta capaz de desplazarse a grandes distancias y penetrar estructuras que suponíamos impermeables a su paso. A raíz de este nuevo conocimiento las medidas sanitarias se intensifican; es recomendable evitar espacios cerrados, dentro de los cuales la exhalación producida al hablar, puede transmitir el virus a personas situadas más allá de la considerada “sana distancia”. Así pues, se recomienda evitar los espacios cerrados, aun sí utilizamos cubrebocas.

Los más grandes investigadores tienen la humildad de reconocer que cada día se aprenden cosas nuevas, es parte de su formación profesional. Se dejan de lado los egos personales para someterse al rigor metodológico, en aras de encontrar la verdad. Ninguno de ellos podría afirmar, hasta el momento, que conozca todo sobre la enfermedad ni sobre cómo prevenirla. Por desgracia allá afuera abundan los seudocientíficos de inspiración, quienes nos quieren vender la idea de tal o cual producto o procedimiento milagroso, para ponerse a salvo de la enfermedad, misma que ha cobrado millones de vidas por el mundo. Otras conductas de alto riesgo tienen que ver con la ignorancia supina en determinados grupos de población, como son –por desgracia-- diversas comunidades chiapanecas, donde hay la creencia de que las medidas sanitarias de desinfección son un modo de sembrar el virus para que la gente enferma y muera. Tanto así, que se han negado a que se fumiguen sus comunidades para evitar la proliferación del mosquito productor del dengue.

No es de extrañar: Con el temor como escenario de fondo, una idea llega y prende, hasta volverse incendiaria. Actuar en grupo empodera a cada individuo, éste se vuelve capaz de hacer mucho más daño que si actuara solo. El grupo pasa a convertirse en una masa que alcanza niveles irracionales en su avance. Así han atacado a otros seres humanos, en algunos casos hasta terminar con su vida; han incendiado inmuebles; ambulancias; material y equipo. La masa es movida por un disparador: una simple frase que alguno de ellos lanzó en voz alta y cundió de inmediato.

Actualmente nos hallamos parados en un punto histórico que demanda la participación ciudadana. Está visto que la autoridad es paternalista y blandengue. Ante una emergencia como el Covid pide las cosas de favor en vez de imponer el cumplimiento de normas precisas. En la gran mayoría de estados y municipios no se obliga al uso de cubrebocas. Hemos visto casos en los que un uniformado solicita a un civil someterse a medidas higiénicas, y por hacerlo termina insultado y golpeado, algo de lo que dan cuenta varios videos en redes sociales. Así poco o nada va a lograrse.

Viene a mi mente el movimiento #MeToo, que finalmente puso en la cárcel a Harvey Weinstein. Una primera mujer que sufrió abuso sexual por parte de este personaje externó su situación particular; de ahí una segunda y una tercera… hasta que fue todo un grupo de hollywoodenses, y más delante avanzó como una onda imparable alrededor del mundo. Ninguna de las mujeres que expresó su agravio tuvo miedo; ninguna pensó que su participación no serviría de nada…Y entre todas lograron que se hiciera justicia.

Así, de esta manera, quiero imaginar: ¿Qué pasaría si a quien circula en lugares públicos sin cubrebocas, comenzamos todos a comunicarle nuestra reprobación? Que no sea una ni dos voces las que se levanten, sino uno tras otro todos aquellos que sí utilizamos cubrebocas. Un frente común y solidario de reprobación, que a donde quiera que vaya lo perciba. Tal vez no llegue a generarle conciencia, pero sí lo desanimará a seguir haciendo lo mismo.

En esta etapa la molicie es nuestro propio “Carón”. De nosotros depende permanecer o partir.
12 Julio 2020 03:27:00
Frente común
En sus inicios la ciencia partió de la suposición. Imagino a los primeros investigadores de la historia observando los hechos alrededor suyo; reflexionando, viendo y tomando apresuradas notas, o quizá archivando en la mente suposiciones que más delante tratarían de probar una y otra vez. Muchas habrán sido las hipótesis descartadas, otras darían pie a nuevas investigaciones para comprobarlas de manera sistemática, hasta llegar a la verdad.

Frente al Covid-19 vivimos tiempos de incertidumbre que nos remiten a pensar en los inicios de la investigación científica.

Con relación a esos ancestrales investigadores, el panorama es halagüeño; ahora contamos con múltiples procedimientos que vuelven más sencillo y acertado el estudio de una enfermedad. Con todo y lo anterior, nos hallamos, en este caso particular, azorados, alarmados y descubriendo nuevas cosas cada día. Entre los hallazgos más recientes está la conclusión que presentan a la OMS más de 200 investigadores de 32 países alrededor del mundo. Concluyen que el virus es tan ligero, que resulta capaz de desplazarse a grandes distancias y penetrar estructuras que suponíamos impermeables a su paso. 

A raíz de este nuevo conocimiento las medidas sanitarias se intensifican; es recomendable evitar espacios cerrados, dentro de los cuales la  exhalación producida al hablar, puede transmitir el virus a personas situadas más allá de la considerada “sana distancia”.  Así pues, se recomienda evitar los espacios cerrados, aun si utilizamos cubrebocas.

Los más grandes investigadores tienen la humildad de reconocer que cada día se aprenden cosas nuevas, es parte de su formación profesional. Se dejan de lado los egos personales para someterse al rigor metodológico, en aras de encontrar la verdad. Ninguno de ellos  podría afirmar, hasta el momento, que conozca todo sobre la enfermedad ni sobre cómo prevenirla. Por desgracia allá afuera abundan los seudocientíficos de inspiración, quienes nos quieren vender la idea de tal o cual producto o procedimiento milagroso, para ponerse a salvo de la enfermedad, misma que ha cobrado millones de vidas por el mundo.

Otras conductas de alto riesgo tienen que ver con la ignorancia supina en determinados grupos de población, como son –por desgracia– diversas comunidades chiapanecas, donde hay la creencia de que las medidas sanitarias de desinfección son un modo de sembrar el virus para que la gente enferma y muera. Tanto así, que se han negado a que se fumiguen sus comunidades para evitar la proliferación del mosquito productor del dengue.

No es de extrañar: con el temor como escenario de fondo, una idea llega y prende, hasta volverse incendiaria. Actuar en grupo empodera a cada individuo, éste se vuelve capaz de hacer mucho más daño que si actuara solo.

El grupo pasa a convertirse en una masa que alcanza niveles irracionales en su avance. Así han atacado a otros seres humanos, en algunos casos hasta terminar con su vida; han incendiado inmuebles; ambulancias; material y equipo. La masa es movida por un disparador: una simple frase que alguno de ellos lanzó en voz alta y cundió de inmediato.
Actualmente nos hallamos parados en un punto histórico que demanda  la participación ciudadana. 

Está visto que la autoridad es paternalista y blandengue. Ante una emergencia como el Covid pide las cosas de favor en vez de imponer el cumplimiento de normas precisas.
En la gran mayoría de estados y municipios no se obliga al uso de cubrebocas. Hemos visto casos en los que un uniformado solicita a un civil someterse a medidas higiénicas, y por hacerlo termina insultado y golpeado, algo de lo que dan cuenta varios videos en redes sociales. Así poco o nada va a lograrse.

Viene a mi mente el movimiento #MeToo, que finalmente puso en la cárcel a Harvey Weinstein. Una primera mujer que sufrió abuso sexual por parte de este personaje externó su situación particular; de ahí una segunda y una tercera… hasta que fue todo un grupo de hollywoodenses, y más delante avanzó como una onda imparable alrededor del mundo.

Ninguna de las mujeres que expresó su agravio tuvo miedo; ninguna pensó  que su participación no serviría de nada… y entre todas lograron que se hiciera justicia.

Así, de esta manera, quiero imaginar: ¿Qué pasaría si a quien circula en lugares públicos sin cubrebocas, comenzamos todos a comunicarle  nuestra reprobación? Que no sea una ni dos voces las que se levanten, sino uno tras otro todos aquellos que sí utilizamos cubrebocas. Un frente común y solidario de reprobación, que a donde quiera que vaya lo perciba. Tal vez no llegue a generarle conciencia, pero sí lo desanimará a seguir haciendo lo mismo.

En esta etapa la molicie es nuestro propio “Carón”. De nosotros depende permanecer o partir.
05 Julio 2020 04:00:00
Vivir con pasión
Resulta increíble el peso que tienen las palabras. Una sola de ellas, como la palanca de Arquímedes, es capaz de mover al mundo.

Desde que el hombre adquirió conciencia de sí mismo, surgió el lenguaje. Gutural en un inicio evolucionó hasta diversificarse, alcanzar la forma escrita y hermosearse. La lengua castellana es muy vasta en significados; en otras lenguas una misma palabra tiene varias acepciones; en castellano sobreabundan los términos para designar una misma cosa. Somos muy ricos en patrimonio lingüístico.

De forma lamentable, nuestro lenguaje pierde brillo conforme se extienden los medios de comunicación. Simplificamos los términos utilizados para expresarnos y terminamos migrando hacia el empobrecimiento de nuestro hermoso idioma.

A partir del estudio de la inteligencia emocional, el lenguaje cobra un peso específico. Cada palabra utilizada, en particular cuando nos dirigimos a los niños, tiene un efecto que puede durar toda la vida. Entre los adultos no deja de tener su impacto: estar lanzando o recibiendo términos peyorativos, termina por dañar la autoestima. Tal vez resulta menos frecuente que haya un enfrentamiento oral de forma directa, aunque sí, este encierro obligado nos ha vuelto más irritables, y no es tan raro que alguien tenga un exabrupto en lugares públicos. Sin embargo, es mucho más frecuente atacar a través de redes sociales, en donde, parapetados por el anonimato, surge la ocasión de atacar de un modo más violento.

La palabra es capaz de seducir, convencer e impulsar. La palabra convoca, organiza y emprende. La palabra da pie a la pasión, entendida esta última como el anhelo vehemente por emprender algo que se desea alcanzar, y por lo que se está dispuesto a empeñar tiempo, esfuerzo y entusiasmo. Ejemplos de vidas vividas con pasión hay muchas, de hombres y mujeres que han transformado al mundo.

En el marco de la contingencia tengo la impresión de que media humanidad viene albergando sentimientos de desesperación y angustia, mientras que la otra mitad se ha propuesto hacer de este tiempo uno destinado a desarrollar un proyecto personal con pasión. Acabo de ver un ejemplo maravilloso, Tito Charly es un hombre de la tercera edad que vive en Monterrey. Él complementaba sus ingresos trabajando como empacador en una tienda de autoservicio, pero con motivo de su edad, fue enviado a casa. Él contactó algunos productores de materia prima locales, y decidió elaborar sus propios productos alimentarios y ponerlos a la venta. Se anuncia mediante su propio canal de YouTube, en el cual ofrece videos de preparación de alimentos utilizando sus productos. Me pareció una forma muy original y creativa de hacer de los obstáculos, ventanas de oportunidad. Imagino que en su mente la palabra fue algo así como “¡Adelante, tú puedes!”.

Tal vez si abrevamos más seguido del lenguaje, nos vamos a encontrar herramientas maravillosas para sentirnos mejor y crear un ambiente agradable. Si regalamos palabras estimulantes a quienes comparten con nosotros el tiempo de encierro, generaremos reacciones más positivas que si nos la pasamos mirándonos unos a otros con cara de fastidio. Cuando utilizamos las redes sociales para comunicar un mensaje alentador, vamos a obtener uno similar. Por cierto, la misma regla aplica para mensajes de otro tipo; se cumple aquello que dice que lo que das recibes.

En redes sociales aparece el efecto “bola de nieve”. Alguien dice algo no muy gentil contra otro, y el otro responde. A partir de ese momento comienzan a integrarse bandos contrarios, los unos atacan, los otros responden, progresivamente subiendo de tono las denostaciones, y al rato ya se están dando hasta con el árbol genealógico, por algo que, si analizamos, comenzó de modo muy simple.

Es buen tiempo para revisar lo que tenemos. Como ya se habrá hecho con el guardarropa, los libros y los discos, es buen momento para revisar qué palabras albergamos en la mente y el corazón. Cuál es aquella que primero se viene a nuestra lengua o a nuestros dedos en la pantalla, cuando reaccionamos. Cuál es el peso específico de cada una. Asomándonos al fondo del ropero verbal, ¿por qué utilizamos las que utilizamos? ¿Cómo nos hace sentir su uso? ¿Conviene renovar parte de ellas? Así como ocurre en la moda con las novedades de temporada, ¿por qué no probar cómo nos sentimos utilizando otras palabras? Tal vez nos descubramos abriendo nuevas puertas, de cuya existencia no estábamos enterados.

Los libros son maravillosas plataformas de despegue para nuestra exploración. Provocan estados de ánimo únicos y revelaciones sorprendentes. Solemos olvidar que la felicidad es una opción muy personal; cada cual decide si la toma o la deja. Las palabras ayudan a alcanzarla.
28 Junio 2020 04:00:00
México mediocre
Me enviaron un fragmento de cierto programa mexicano de apoyo a emprendedores, que me dio mucho que pensar. Un panel de expertos en distintas áreas actúa como jurado; se les presentan propuestas que buscan apoyos económicos y ellos determinan si los otorgan o no. El emprendimiento del video que vi lo presenta Natalia, una chica muy segura de sí misma, que va preparada para rebatir cualquier argumento. Solicita apoyo económico para ampliar un proyecto que tiene funcionando desde tiempo atrás: Un sitio donde los estudiantes pagan porque les hagan la tarea. El interesado la contacta, ella analiza la solicitud y presenta al cliente varios perfiles de asociados para hacer el trabajo. Del 100% de las ganancias se reparten 7 a 3 entre el colaborador y la fundadora.

Uno a uno los jurados van descartando la posibilidad de apoyar dicho proyecto. Cuestionan a Natalia y por último la llaman a reconsiderar su actuación. Al final ella se retira con las manos vacías, adivinándose en su gesto el propósito de no abandonar su negocio.

El asunto da mucho qué pensar: En primer lugar, para decirlo de manera simbólica, me imagino que es un pequeño brotecito al pie de un árbol robusto y firme. Un árbol llamado corrupción. La normalización de este fenómeno social, que según podemos observar, no ha mermado en absoluto, revela que los mexicanos lanzamos una mirada complaciente a esos pequeños “arreglos” que el ciudadano lleva a cabo frente a la autoridad. En una danza de pesos y centavos se consigue, desde la condonación de una infracción de tráfico hasta la expansión de fortunas personales, que crecen como si les hubieran puesto levadura, de una declaración patrimonial a la siguiente, independientemente de los dichos del partido en el poder. Triste es reconocer que los extranjeros no se equivocan al señalar que “en México todo es posible”, o bien, descubrir, en los argumentos de cintas norteamericanas, que, en sus intentos por huir de la justicia, los delincuentes viajan invariablemente a nuestro país.

Compartí el video más delante y recogí opiniones muy interesantes: Algunas madres o abuelas que tienen chicos en instituciones educativas privadas, reconocen que este fenómeno se presenta con relativa frecuencia, entre los estudiantes de enseñanza media superior y superior. Alguna de ellas señaló un caso particular en que el alumnado amenazó al maestro con conseguir que lo despidieran, si intentaba denunciar hechos como éste.

Gandhi lo ha dicho de una forma muy clara: “Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena”. Por desgracia los mexicanos somos indiferentes frente a situaciones que se desvían de la procuración del bien común. Nos hacemos como que no vemos, o callamos, o de alguna manera justificamos lo que, en conciencia, sabemos que está mal. Desconozco la forma habitual cómo reaccionan los jurados del programa televisivo, del cual conozco muy poco, sin embargo, debo decir que, en esta ocasión, estuvieron muy a la altura. Calificaron la propuesta de Natalia como no ética y denegaron su apoyo.

En el fondo sabemos que la base sobre la que se asienta gran parte de los problemas en México radica en la educación. Cifras preocupantes, de 100 niños que ingresan a primaria, 60 la terminan; 45 acaban preparatoria; 21 licenciatura, 4 maestría y 1 doctorado. En ocasiones quienes culminan un posgrado deciden radicar en el extranjero, puesto que en el país no encuentran condiciones laborales acordes con su preparación profesional. Ahora bien, si los chicos universitarios escatiman tareas que apuntalan sus conocimientos, tendremos unos adultos mediocres que no aprovecharon las oportunidades que el estado, o la economía familiar, les concedió.

Retomando una analogía con la naturaleza, la finalidad del proceso educativo es visualizar los problemas de México de forma panorámica, abarcar el bosque y no sólo el árbol en el que se vive. Es conocer el proceso histórico por el cual estamos donde estamos e identificar los distintos escenarios, de acuerdo con cómo actuemos para enfrentar las dificultades que se vayan presentando. La improvisación nunca ha sido una estrategia segura para resolver los problemas, si escatimamos el conocimiento de un ingeniero civil, tendremos edificios mal terminados, puentes inseguros y vialidades peligrosas. En la atención del Covid-19, si escatimamos en la preparación de un médico especialista, se elevarán las tasas de mortalidad. Si los ciudadanos mexicanos no conocemos nuestra historia, no seremos capaces de respetar y salvaguardar los elementos que simbolizan sus luchas y sus victorias. Si crecemos normalizando la corrupción, seguiremos pagando con mediocridad. De nosotros depende el rumbo de la nave
28 Junio 2020 03:51:00
México mediocre
Me enviaron un fragmento de cierto programa mexicano de apoyo a emprendedores, que me dio mucho en qué pensar. Un panel de expertos actúa como jurado; se les presentan propuestas que buscan apoyos económicos y ellos determinan si los otorgan o no. El emprendimiento que vi lo presenta Natalia, una chica que solicita apoyo económico para ampliar un proyecto que tiene funcionando desde tiempo atrás: un sitio donde los estudiantes pagan porque les hagan la tarea. El interesado la contacta, ella analiza la solicitud y presenta al cliente varios perfiles de asociados para hacer el trabajo. Del 100% de las ganancias se reparten 7 a 3 entre el colaborador y la fundadora.

Uno a uno los jurados van descartando la posibilidad de apoyar dicho proyecto. Cuestionan a Natalia y por último la llaman a reconsiderar su actuación. Al final ella se retira con las manos vacías, adivinándose en su gesto el propósito de no abandonar su negocio.

El asunto da mucho de qué pensar: en primer lugar, para decirlo de manera simbólica, me imagino que es un pequeño brotecito al pie de un árbol robusto y firme. Un árbol llamado corrupción. La normalización de este fenómeno social, que según podemos observar, no ha mermado en absoluto, revela que los mexicanos lanzamos una mirada complaciente a esos pequeños “arreglos” que el ciudadano lleva a cabo frente a la autoridad.

En una danza de pesos y centavos se consigue, desde la condonación de una infracción de tráfico hasta la expansión de fortunas personales. Triste es reconocer que los extranjeros no se equivocan al señalar que “en México todo es posible”, o bien, descubrir, en los argumentos de cintas norteamericanas, que, en sus intentos por huir de la justicia, los delincuentes viajan invariablemente a nuestro país.

Compartí el video más delante y recogí opiniones muy interesantes: algunas madres o abuelas que tienen chicos en instituciones educativas privadas, reconocen que este fenómeno se presenta con relativa frecuencia, entre los estudiantes de enseñanza media superior y superior.

Gandhi lo dijo de una forma muy clara: “Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena”. Por desgracia los mexicanos somos indiferentes frente a situaciones que se desvían de la procuración del bien común. Nos hacemos como que no vemos, o callamos, o de alguna manera justificamos lo que, en conciencia, sabemos que está mal.

Desconozco la forma habitual cómo reaccionan los jurados del programa televisivo, del cual conozco muy poco, sin embargo, debo decir que, en esta ocasión, estuvieron muy a la altura.  Calificaron la propuesta de Natalia como no ética y denegaron su apoyo.

En el fondo sabemos que la base sobre la que se asienta gran parte de los problemas en México radica en la educación.  Cifras preocupantes, de 100 niños que ingresan a  primaria, 60 la terminan; 45 acaban preparatoria; 21 licenciatura, 4  maestría y 1 doctorado. En ocasiones quienes culminan un posgrado deciden radicar en el extranjero, puesto que en el país no encuentran condiciones laborales acordes con su preparación profesional. Ahora bien, si los chicos universitarios escatiman tareas que apuntalan sus conocimientos, tendremos unos adultos mediocres que no aprovecharon las oportunidades que el Estado, o la economía familiar, les concedieron.

Retomando una analogía con la naturaleza, la finalidad del proceso educativo es visualizar los problemas de México de forma panorámica, abarcar el bosque y no sólo el árbol en el que se vive. Es conocer el proceso histórico por el cual estamos donde estamos e identificar los distintos escenarios, de acuerdo con cómo actuemos para enfrentar las dificultades que se vayan  presentando.
La improvisación nunca ha sido una estrategia segura para resolver problemas, si escatimamos el conocimiento de un ingeniero, tendremos edificios mal terminados, puentes inseguros y vialidades peligrosas. En la atención del Covid-19, si escatimamos en la preparación de un médico, se elevarán las tasas de mortalidad.

Si los ciudadanos mexicanos no conocemos nuestra historia, no seremos capaces de respetar y salvaguardar los elementos que simbolizan sus luchas y sus victorias. Si crecemos normalizando la corrupción, seguiremos pagando con mediocridad. De nosotros depende el rumbo de la nave.
21 Junio 2020 04:00:00
Liderazgo y cambio
Hoy se celebra en México el Día del Padre, una fecha que –a causa de la pandemia- estamos festejando de una forma inédita: Tal vez a la distancia; probablemente lamentando la pérdida reciente del padre o el abuelo en la familia; o sin poder llevar flores al panteón, como en ocasiones anteriores. Contrario al ambiente que habitualmente se vive en la celebración del padre, este año el recogimiento obligado nos invita a la reflexión. Un buen momento para revisar lo relativo a la función del liderazgo en nuestra sociedad.

En forma tradicional, dentro del hogar el padre ha sido líder, aunque, claro, hay incontables modelos de familia, y aún en aquellas tradicionales, el liderazgo puede no caer directamente en la figura de autoridad masculina. Todo es válido, en tanto el niño en formación cuente con un marco disciplinario claro y estable, que le enseñe las normas para vivir en sociedad. Más allá de la puerta del hogar, el liderazgo se diversifica, dentro de escuelas, empresas, organizaciones civiles, instituciones religiosas y de gobierno, por citar algunas. Los tipos de liderazgo varían también, desde el paternal hasta el proactivo, pasando por muchas variantes que representan la forma como la cabeza de un grupo actúa sobre los subordinados, para llevar a cabo una tarea común que idealmente beneficie a todos.

Dentro de las formas de gobierno está el liderazgo democrático y el de tipo autoritario. En el primer estilo el líder toma en cuenta la opinión del grupo para la toma de decisiones, de modo que todos y cada uno de los participantes se sientan representados. Este tipo de guía natural inyecta entusiasmo a los subordinados, además de que les concede la libertad para emprender acciones por cuenta propia, siempre y cuando no obstruyan el beneficio colectivo. Por su parte el líder autocrático centra en su persona y en unos pocos allegados la toma de decisiones, limitando a sus subordinados hacerlo. Ejemplos de estos dirigentes hay muchos a lo largo de la historia; no es el modelo de liderazgo al que un país del siglo veintiuno aspire. El conocimiento y la tecnología han avanzado de manera que un ciudadano promedio identifica los problemas de la sociedad y es capaz de aportar soluciones. El líder ideal tiene la madurez para permitirlo; no pretende imponer la autoridad a fuerza, como quien tratase de controlar a un grupo de párvulos. Que la cabeza, mediante su actuar, reconozca las capacidades de los miembros del equipo, los tome en cuenta, y lleve a cabo una comunicación bidireccional, es la mejor manera de lograr que todos le pongan entusiasmo a su diario desempeño.

Regresando un poco a la figura del padre: Durante el siglo veinte esta solía ser distante y poco accesible a la comunicación. Inspiraba mucho respeto y en ocasiones temor. Su tipo de amor era más condicionado que el de la madre, no en el fondo, pero sí en las formas. El afecto del padre había que ganárselo. Crecimos con un marco disciplinario bien definido, sabiendo cómo actuar una vez que llegábamos por nuestra cuenta al mundo exterior. El papá de estos tiempos participa en incontables tareas dentro de casa, se expresa con soltura frente a los hijos, se muestra amoroso. Ha roto con los clichés tradicionales que hacían de él una figura de hierro. Aun así, es necesario que mantenga el liderazgo dentro de casa; ya cada familia decide si lo hace a la par que la madre, constituyendo el arquetipo más común del siglo presente. Lo que sí podemos adelantar, es que un líder autocrático no funciona dentro de la familia actual, y tampoco funciona como sistema de gobierno. Podrá hacerlo por un tiempo, mediante represión, pero tarde o temprano, termina por ser derrocado. Europa del este y gran parte de Asia tienen ejemplos de lo que ha sido, --a la caída de los regímenes dictatoriales--, el desarrollo integral de diversas naciones, no sólo en términos de producción industrial, sino en lo relativo a estándares educativos y de satisfacción ciudadana. En América Latina y el Caribe no hemos logrado zafarnos de las amenazas dictatoriales que tanto daño llegan a hacer a una nación.

El ideal en la mente del buen líder es que la meta propuesta se cumpla con la participación entusiasta de todos. Desde el padre con el hijo al que enseña a caminar, hasta el gobernante con sus gobernados. Pensar que, si se afloja el control, el trabajo no se llevará a cabo, solo refleja la inseguridad del dirigente. Si el grupo funciona de manera armónica, la tarea se cumple y como beneficio adicional, se genera lealtad y agradecimiento.

Necesitamos modelos humanitarios de convivencia, así como líderes íntegros, inteligentes y maduros, capaces de velar por el bien común. Desde el hogar hasta el más alto mando.
21 Junio 2020 03:52:00
Liderazgo y cambio
Hoy se celebra en México el Día del Padre, una fecha que –a causa de la pandemia– estamos festejando de una forma inédita: tal vez a la distancia; probablemente lamentando la pérdida reciente del padre o el abuelo en la familia; o sin poder llevar flores al panteón, como en ocasiones anteriores. Contrario al ambiente que habitualmente se vive en la celebración del padre, este año el recogimiento obligado nos invita a la reflexión. Un buen momento para revisar lo relativo a la función del liderazgo en nuestra sociedad.

En forma tradicional, dentro del hogar el padre ha sido líder, aunque, claro, hay incontables modelos de familia, y aún en aquellas tradicionales, el liderazgo puede no caer directamente en la figura de autoridad masculina. Todo es válido, en tanto el niño en formación cuente con un marco disciplinario claro y estable, que le enseñe las normas para vivir en sociedad. Más allá de la puerta del hogar, el liderazgo se diversifica, dentro de escuelas, empresas, organizaciones civiles, instituciones religiosas y de Gobierno, por citar algunas. Los tipos de liderazgo varían también, desde el paternal hasta el proactivo, pasando por muchas variantes que representan la forma cómo la cabeza de un grupo actúa sobre los subordinados, para llevar a cabo una tarea común que idealmente beneficie a todos.

Dentro de las formas de gobierno está el liderazgo democrático y el de tipo autoritario. En el primer estilo el líder toma en cuenta la opinión del grupo para la toma de decisiones, de modo que todos y cada uno de los participantes se sientan representados. Este tipo de guía natural inyecta entusiasmo a los subordinados, además de que les concede la libertad para emprender acciones por cuenta propia, siempre y cuando no obstruyan el beneficio colectivo. Por su parte, el líder autocrático centra en su persona y en unos pocos allegados la toma de decisiones, limitando a sus subordinados hacerlo.

El conocimiento y la tecnología han avanzado de manera que un ciudadano promedio identifica los problemas de la sociedad y es capaz de aportar soluciones. El líder ideal tiene la madurez para permitirlo; no pretende imponer la autoridad a fuerza, como quien tratase de controlar a un grupo de párvulos. Que la cabeza, mediante su actuar, reconozca las capacidades de los miembros del equipo, los tome en cuenta, y lleve a cabo una comunicación bidireccional, es la mejor manera de lograr que todos le pongan entusiasmo a su diario desempeño.

Regresando un poco a la figura del padre: durante el siglo 20 esta solía ser distante y poco accesible a la comunicación. Inspiraba mucho respeto y en ocasiones temor. Su tipo de amor era más condicionado que el de la madre, no en el fondo, pero sí en las formas.

El afecto del padre había que ganárselo. Crecimos con un marco disciplinario bien definido, sabiendo cómo actuar una vez que llegábamos por nuestra cuenta al mundo exterior. El papá de estos tiempos participa en incontables tareas dentro de casa, se expresa con soltura frente a los hijos, se muestra amoroso. Ha roto con los clichés tradicionales que hacían de él una figura de hierro. Aun así, es necesario que mantenga el liderazgo dentro de casa; ya cada familia decide si lo hace a la par que la madre, constituyendo el arquetipo más común del siglo presente. Lo que sí podemos adelantar, es que un líder autocrático no funciona dentro de la familia actual, y tampoco funciona como sistema de gobierno. Podrá hacerlo por un tiempo, mediante represión, pero tarde o temprano, termina por ser derrocado.

Europa del este y gran parte de Asia tienen ejemplos de lo que ha sido, –a la caída de los regímenes dictatoriales–, el desarrollo integral de diversas naciones, no sólo en términos de producción industrial, sino en lo relativo a estándares educativos y de satisfacción ciudadana. En América Latina y el Caribe no hemos logrado zafarnos de las amenazas dictatoriales que tanto daño llegan a hacer a una nación.

El ideal en la mente del buen líder es que la meta propuesta se cumpla con la participación entusiasta de todos. Desde el padre con el hijo al que enseña a caminar, hasta el gobernante con sus gobernados. Pensar que, si se afloja el control, el trabajo no se llevará a cabo, sólo refleja la inseguridad del dirigente. Si el grupo funciona de manera armónica, la tarea se cumple y como beneficio adicional, se genera lealtad y
agradecimiento.
14 Junio 2020 04:00:00
Líderes incendiarios
En tres poblaciones rurales de Chiapas, esta semana ocurrieron hechos muy lamentables: Sucedieron en la cabecera municipal de Venustiano Carranza, la cabecera de Las Margaritas y la población de Los Rosales, en plena zona montañosa, a dos horas de distancia de Tuxtla Gutiérrez, donde la medicina tradicional tiene gran penetración: Sus habitantes están convencidos de que el Covid no existe y que, con la fumigación, el gobierno busca provocarles enfermedad. En Venustiano Carranza, mensajes en redes sociales con esta información, provocaron que los pobladores, enardecidos prendieran fuego al hospital comunitario, a una flamante ambulancia, a la presidencia municipal, la casa del alcalde, la de sus suegros, y la de la madre de Rutilio Escandón, gobernador de la entidad, originario de ese municipio. Cabe señalar que la señora Escandón no se encontraba en su domicilio, por hallarse hospitalizada en la ciudad capital, a causa del Covid-19.

En la temporada de verano aparece el mosquito transmisor de enfermedades como el dengue, el zika y el chikungunya. Para eliminar los criaderos se aplican plaguicidas y herbicidas; lo que antes implicaba la renta de una avioneta y el sueldo de un piloto, se ha simplificado con el uso de drones. Justo un dron con el herbicida Paraquat fue lo que erróneamente se interpretó como el polvo enviado “para matar gente pobre”, a decir de los locales.

Algo similar ocurrió en Las Margaritas, resultando en daño en propiedad ajena, saqueos y destrucción, además de ataque al personal sanitario.

En el municipio Las Rosas el problema tuvo un inicio distinto: Falleció un hombre por Covid-19; las autoridades sanitarias comenzaron a fumigar la zona circunvecina, además de indicar a los familiares que era necesario llevar al difunto directo al panteón, sin velarlo. Los familiares, molestos, los atacaron: Destruyeron el hospital comunitario, la presidencia municipal y un domicilio particular. Las autoridades emitieron un boletín en el que dan cuenta de los hechos, e indican que se abrió una carpeta de investigación para dar con los autores, con los cuales se tendrá cero impunidad. Por desgracia sabemos que, como ha sucedido durante la presente administración federal, lo más seguro es que cualquier esfuerzo por hacer justicia, se quede en el papel, atendiendo las recomendaciones de amar a quien atenta contra tu vida o tu patrimonio.

Un interesante artículo de Diego Fonseca publicado en el NYT el pasado 11 de junio habla del presidente López Obrador como un líder intuitivo, lo que, en particular durante la crisis provocada por el Covid-19, está poniendo en riesgo a toda una nación. Como ha sucedido en ocasiones previas, con eso de “yo tengo otros datos”, parece que nuevamente actúa por inspiración, sin la debida asesoría de expertos con probada competencia en cada materia. La convicción de que la lealtad a la 4T queda por encima de la capacidad para desempeñar un cargo, ha generado múltiples tropiezos a lo largo de estos 18 meses. Ello me remite a la máxima atribuida a Edison, que indica que el genio es 10% inspiración y 90% transpiración. Adaptada a nuestro presidente, pareciera que maneja esa misma relación para elegir a sus colaboradores, como alguna vez lo expresó, con un 10% de capacidad y un 90% lealtad, modelo inoperante en la vida real.

Ahora bien, regresando a la enfermedad: Tenemos un presidente que jamás ha utilizado cubrebocas, que de entrada se negó a acatar el distanciamiento social y que luego de algunas semanas de suspenderlas, retoma sus giras por el país. Un líder que manifiesta que hay que volver a salir, como sugiriendo que “no pasa nada” con hacerlo, definitivamente da un mensaje contradictorio. En el caso de los habitantes de la zona rural de Chiapas con su particular idiosincrasia, la actitud del ejecutivo federal refuerza sus creencias de que el Covid-19 no existe, porque si existiera, el primero en cuidarse sería el presidente. Esto, a la par de los mensajes que circulan en redes sociales, refuerza las creencias de que las medidas de fumigación son innecesarias, entonces, con seguridad, tienen el propósito de dañarlos. Así surge la turba enardecida para atacar y destruir bienes de la nación, lo que finalmente les afecta a ellos mismos, pues se quedan sin recursos para la atención médica. Además de que se atenta contra la vida y la integridad de sus semejantes y da lugar a que algunos vivales aprovechen para saquear los inmuebles atacados.

Líderes incendiarios es lo que menos necesitamos en estos momentos de crisis sanitaria, antesala de una grave crisis económica y social. Más vale que lo vayamos entendiendo de este modo.
07 Junio 2020 04:00:00
Una luz a medio túnel
Hay eventos que se van sumando hasta presentarnos un panorama poco alentador. El Covid-19 continúa haciendo de las suyas; los esfuerzos científicos en distintos países tienen avances, pero nada en concreto como para afirmar que existe el medicamento que combata la enfermedad, o el biológico capaz de prevenirla. A ello hay que agregar el clima de protesta en varios estados de la Unión Americana, así como en la capital de Jalisco, en nuestro país. Ambas manifestaciones relacionadas con hechos parecidos: Un ciudadano es sometido por las fuerzas del orden con tal rudeza, que pierde la vida.

La cuarentena prolongada conduce al desánimo. Mi experiencia particular es que, de cuando en cuando pierdo noción de qué día de la semana es; algo similar sucede con las horas, pueden ser las 3 o las 6 de la tarde y llego a confundirme. Los eventos habituales fuera de casa están cancelados, no se puede adivinar hasta cuándo, algo que en lo personal sí me genera cierta desgana, estado que supongo gran parte de la población comparte conmigo.

Las redes sociales son las ventanas que hoy nos permiten asomarnos al mundo para ver qué está sucediendo. Difícilmente cualquiera permanece ajeno a ellas, y cada uno tiene su aplicación preferida. A través de Twitter he seguido las protestas que se llevan a cabo en Guadalajara; asombra y descorazona el grado de violencia con que los grupos de choque infiltrados atacan, al punto de prender fuego a un elemento uniformado que se desplazaba en su motocicleta. Según refieren, ya empiezan a identificar a los sujetos que han participado en estos ataques, al parecer “profesionales” que viven justo de eso, de la violencia. Confiemos en que por este camino se descubra qué intereses hay detrás de todo ello. De nueva cuenta, como ha sucedido en ocasiones similares, resulta deleznable la forma despiadada en que los violentos acometen. Conforme a lo que se ha investigado, supondríamos que, además de hacerlo por el pago, poseen un perfil sicopático.

Intento imaginar cómo llegaron a este punto, de encontrar en la violencia extrema su mayor goce, o qué tipo de infancias tan terribles vivirían, que los conducen a actuar con absoluta falta de empatía, sin que el sufrimiento de las personas que atacan los haga titubear.

En medio de este panorama poco alentador, tuve oportunidad de ver algo maravilloso: En Brooklyn, Nueva York, avanzaba un grupo de manifestantes bajo la consigna de “La vida de los negros importa”. Llegó la hora de la salat (oración del mediodía) para los musulmanes, de modo que todos los de dicha doctrina dentro del grupo hicieron hileras de rodillas para cumplir con el ritual, en tanto el resto del grupo formó una valla humana para resguardarlos de cualquier ataque. Me pareció algo maravilloso, un decir “te acepto y te respeto con tus características muy particulares”.

Para llegar a Real de Catorce, SLP, antigua población minera convertida en pueblo mágico, hay que recorrer un tramo de 38 kilómetros hasta acceder a la base del antiguo mineral, y cruzar el túnel Ogarrio, de 2 kilómetros de longitud, cuyo nombre se halla grabado en la dovela del arco inicial. Actualmente el pueblo es turístico; cuando yo lo visité por primera vez, allá por 1983, era un pueblo fantasma con unos cuantos atractivos. En ese entonces el camino para llegar al antiguo mineral era de terracería; un color uniforme de tierra rojiza se extendía zigzagueante y se extendía por los alrededores, causando una sensación extraña de extravío. Mientras recorrí ese túnel por primera vez, se me grabó como un momento mágico encontrar, justo a la mitad del recorrido, en un recoveco trabajado en la misma roca, una capilla con una imagen religiosa y varias velas encendidas. Produjo en mí una sensación de alivio, en medio de aquella negrura que no lograban vencer las luces del vehículo. A ese instante me remitió observar la imagen de unos hermanos cuidando a los otros, que por sí misma expresa la palabra solidaridad.

A la vuelta del tiempo, en nuestro sistema capitalista han predominado el individualismo y la competencia, para crear una pirámide en la que todos estamos incluidos. Dentro de dicho sistema, unos cuantos tienen más, y progresivamente hacia abajo, son más amplias las capas de quienes tienen menos, hasta llegar a la base, en la que se encuentran los más pobres. Es doloroso ver estas diferencias, mas ello no nos autoriza a generalizar y suponer que los beneficios que tienen los de la punta de la pirámide, los obtuvieron a costa de perjudicar a los que se hallan en la base.

El encierro es una excelente oportunidad para revisar qué mundo queremos cuando salgamos del túnel. Actuar como hasta ahora, no ha funcionado, nos consta. ¿Por dónde comenzamos a cambiarlo?
07 Junio 2020 03:38:00
Una luz a medio túnel
Hay eventos que se van sumando hasta presentarnos un panorama poco alentador. El Covid-19 continúa haciendo de las suyas; los esfuerzos científicos en distintos países tienen avances, pero nada en concreto como para afirmar que existe el medicamento que combata la enfermedad, o el biológico capaz de prevenirla. A ello hay que agregar el clima de protesta en la Unión Americana, así como en la capital de Jalisco, en nuestro país. Ambas manifestaciones relacionadas con hechos parecidos: un ciudadano es sometido por las fuerzas del orden con tal rudeza que pierde la vida.

La cuarentena prolongada conduce al desánimo. Mi experiencia particular es que, de cuando en cuando pierdo noción de qué día es; algo similar sucede con las horas. Los eventos habituales fuera de casa están cancelados, no se puede adivinar hasta cuándo, algo que en lo personal sí me genera cierta desgana, estado que supongo gran parte de la población comparte conmigo.

Las redes sociales son las ventanas que hoy nos permiten asomarnos al mundo para ver qué está sucediendo. Difícilmente cualquiera permanece ajeno a ellas, y cada uno tiene su aplicación preferida. A través de Twitter he seguido las protestas que se llevan a cabo en Guadalajara; asombra y descorazona el grado de violencia con que los grupos de choque infiltrados atacan, al punto de prender fuego a un elemento uniformado que se desplazaba en su motocicleta. Según refieren, ya empiezan a identificar a los sujetos que han participado en estos ataques, al parecer “profesionales” que viven justo de eso, de la violencia. Confiemos en que por este camino se descubra qué intereses hay detrás de todo ello.

De nueva cuenta, como ha sucedido en ocasiones similares, resulta deleznable la forma despiadada en que los violentos acometen. Conforme a lo que se ha investigado, supondríamos que, además de hacerlo por el pago, poseen un perfil sicopático. Intento imaginar cómo llegaron a este punto, de encontrar en la violencia extrema su mayor goce, o qué tipo de infancias tan terribles vivirían, que los conducen a actuar con absoluta falta de empatía, sin que el sufrimiento de las personas que atacan los haga titubear.

En medio de este panorama poco alentador, tuve oportunidad de ver algo maravilloso: En Brooklyn, Nueva York, avanzaba un grupo de manifestantes bajo la consigna de “La vida de los negros importa”. Llegó la hora de la salat (oración del mediodía) para los musulmanes, de modo que todos los de dicha doctrina dentro del grupo hicieron hileras de rodillas para cumplir con el ritual, en tanto el resto del grupo formó una valla humana para resguardarlos de cualquier ataque. Me pareció algo maravilloso, un decir “te acepto y te respeto con tus características muy particulares”.

Para llegar a Real de Catorce, SLP, antigua población minera convertida en pueblo mágico, hay que recorrer un tramo de 38 kilómetros hasta acceder a la base del antiguo mineral, y cruzar el túnel Ogarrio, de 2 kilómetros de longitud, cuyo nombre se halla grabado en la dovela del arco inicial. Actualmente el pueblo es turístico; cuando yo lo visité por primera vez, allá por 1983, era un pueblo fantasma con unos cuantos atractivos. En ese entonces el camino para llegar al antiguo mineral era de terracería; un color uniforme de tierra rojiza se extendía zigzagueante y se extendía por  los alrededores, causando una sensación extraña de
extravío.
Mientras recorrí ese túnel por primera vez, se me grabó como un momento mágico encontrar, justo a la mitad del recorrido, en un recoveco trabajado en la misma roca, una capilla con una imagen religiosa y varias velas encendidas. Produjo en mí una sensación de alivio, en medio de aquella negrura que no lograban vencer las luces del vehículo. A ese instante me remitió observar la imagen de unos hermanos cuidando a los otros, que por sí misma expresa la palabra solidaridad. 

A la vuelta del tiempo, en nuestro  sistema capitalista han predominado el individualismo y la competencia, para crear una pirámide en la que todos estamos incluidos. Dentro de dicho sistema, unos cuantos tienen más, y progresivamente hacia abajo, son más amplias las capas de quienes tienen menos, hasta llegar a la base, en la que se encuentran los más pobres. Es doloroso ver estas diferencias, mas ello no nos autoriza a generalizar y suponer que los beneficios que tienen los de la punta de la pirámide, los obtuvieron a costa de perjudicar a los que se hallan en la base.
31 Mayo 2020 04:00:00
Del yo al nosotros
Estamos aún en la pandemia. A la vuelta de diez semanas nos hemos acostumbrado a la compañía del virus; venimos haciendo lo que nos corresponda hacer, para hallar la forma de seguir adelante con nuestra vida diaria, evitando ser contagiados.

Cada vivencia obsequia una lección, así se trate de lo más terrible que enfrentemos. El Covid-19 va dejando enormes enseñanzas de convivencia; nunca seremos los que éramos a principios
del 2020, cuando todo esto comenzó. En un foro de jóvenes escuché a uno de ellos decir que hemos aprendido a ser mejores personas.

Quiero creerlo así, a modo de un cambio permanente, el germen de una nueva realidad. Excelente oportunidad para analizar en qué momento torcimos el camino como sociedad.

Dónde comenzamos a pensar de manera exclusiva en el “mí” desechando el “nosotros”, a un punto tal, que llegamos a ser capaces de acciones que decenios atrás no hubiéramos imaginado.

En lo personal fue momento de retomar la lectura de “El laberinto de la Soledad” del gran Octavio Paz, para remontarme a los orígenes de nuestra personalidad como mexicanos. Si el ilustre
Nobel de Literatura viviera en estos tiempos, ya estaría escribiendo una nueva edición que incluyera los cambios que ha generado el actual milenio en nuestra quintaesencia, del mismo
modo como hizo el escritor en las reediciones de su obra, que vio la luz primera en 1950.

Los mexicanos deseamos una cultura de paz. Que las manifestaciones de empatía que se han hecho presentes desde inicios de la contingencia, se multipliquen y florezcan. Que esos aplausos al personal sanitario y los apoyos en especie que se les hacen llegar hasta los hospitales, continúen transmitiendo ese “gracias por cuidarme”.

Por desgracia, en paralelo a esas grandes manifestaciones, están las provocadas por la ignorancia y un rencor intrínseco que cargamos.

En nuestra propia constitución como mexicanos, hay una proporción de enojo, que en ocasiones explota dentro y hace erupción. No nos detenemos, como deberíamos, a analizar el origen de tal emoción que, en el contexto de la contingencia, ha llevado a atacar a quienes están ahí para cuidar a los enfermos, que bien podrían ser el día de mañana nuestros familiares o nosotros mismos.

Dentro de la filosofía se habla de “individualismo” como la tendencia a actuar con independencia del sentir de los demás, o sin sujetarse a las normas generales (RAE).

Lo que pudiera representar unaventaja en lo relativo a la autenticidad, llega a ser un gran inconveniente a la hora de actuar como grupo. Me atrevo a suponer que éste es un problema muy propio de nosotros como mexicanos: hay cierta urgencia de ver por lo propio, antes que otra cosa. Ello explica muchas actitudes que asumimos, tratando de sacar ventaja, aun cuando violemos los derechos de otros. Lo que, en el lenguaje popular de nuestro país, llamamos “ganonería” y que llevado al extremo explica en buena medida el mecanismo que mueve a la corrupción, vicio que –por desgracia— nos coloca en el mapa mundial.

Esa compulsión por sacar ventaja de un cargo, de una relación, para apropiarme de forma sistemática de recursos ajenos, sin una razón vital para hacerlo. La nueva realidad que estamos por inaugurar es una franca pendiente; más vale que nos mentalicemos desde ahora. Enfrentaremos muchas adversidades en los planos de salud, economía y seguridad, amén de los rezagos históricos en diversos rubros. Se requiere una ciudadanía organizada, pero, antes que nada, informada y consciente para actuar a favor de una cultura de paz. Polarizarnos y confrontarnos, va a impedir que avancemos.

Con tales actitudes todos saldremos perdiendo, pues gastaremos tiempo, energía y creatividad en pelearnos, en lugar de ponernos de acuerdo para integrarnos, apoyarnos y fortalecernos unos a otros Buscando evitar imprecisiones, vayamos nuevamente al diccionario de la Real Academia para rescatar una palabra maravillosa, que engloba la actitud tan necesaria de hoy en adelante: “Alteridad”, definida como condición de ser otro. En pocas palabras, colocarnos en los zapatos del otro para aceptarlo como es, y en correspondencia, esperar que él me acepte a mí como soy. No quisiera utilizar la palabra “tolerancia”, que tiene cierta implicación de fastidio.

Aceptación, en cambio, es una palabra de alas abiertas, que permite echar los sueños al vuelo.

A ratos no quisiera que la contingencia acabara, y que con ello se pierdan las muestras preciosas de
solidaridad que nos han ido hermanando.

No deseo ver que la empatía que hoy vivimos quede en una anécdota aislada, nada más.

Aprovechemos la enorme oportunidad de integrarnos y renacer como nación.

Alejemos, de una buena vez, el riesgo de salir perdiendo todo por el camino de la división.
31 Mayo 2020 03:57:00
Del yo al nosotros
Estamos aún en la pandemia. A la vuelta de 10 semanas nos hemos acostumbrado a la compañía del virus; venimos haciendo lo que nos corresponda hacer, para hallar la forma de seguir adelante con nuestra vida diaria, evitando ser contagiados. El Covid-19 va dejando enormes enseñanzas de convivencia; nunca seremos los que éramos a principios del 2020, cuando todo esto comenzó.

En un foro de jóvenes escuché a uno de ellos decir que hemos aprendido a ser mejores personas. Quiero creerlo así, a modo de un cambio permanente, el germen de una nueva realidad. Excelente oportunidad para analizar en qué momento torcimos el camino como sociedad. Dónde comenzamos a pensar de manera exclusiva en el “mí” desechando el “nosotros”, a un punto tal, que llegamos a ser capaces de acciones que decenios atrás no hubiéramos imaginado.

En lo personal fue momento de retomar la lectura de El Laberinto de la Soledad del gran Octavio Paz, para remontarme a los orígenes de nuestra personalidad como mexicanos. Si el ilustre Nobel de Literatura viviera, estaría escribiendo una nueva edición que incluyera los cambios que ha generado el actual milenio en nuestra quintaesencia.

Los mexicanos deseamos una cultura de paz. Que esos aplausos al personal sanitario y los apoyos en especie que se les hacen llegar hasta los hospitales continúen transmitiendo ese “gracias por cuidarme”. Por desgracia, en paralelo a esas grandes manifestaciones, están las provocadas por la ignorancia y un rencor intrínseco que cargamos.

Dentro de la filosofía se habla de “individualismo” como la tendencia a actuar con independencia del sentir de los demás, o sin sujetarse a las normas generales (RAE).

Me atrevo a suponer que este es un problema muy propio de nosotros como mexicanos: hay cierta  urgencia de ver por lo propio, antes que otra cosa. Ello explica muchas actitudes que asumimos, tratando de sacar ventaja, aun cuando violemos los derechos de otros. Lo que, en el lenguaje popular de nuestro país, llamamos “ganonería” y que llevado al extremo explica en buena medida el mecanismo que mueve a la corrupción, vicio que –por desgracia– nos coloca en el mapa mundial. Esa compulsión por sacar ventaja de un cargo, de una relación, para apropiarme de forma sistemática de recursos ajenos, sin una razón vital para hacerlo. 

La nueva realidad que estamos por inaugurar es una franca pendiente. Enfrentaremos adversidades en los planos de salud, economía y seguridad, amén de los rezagos históricos en diversos rubros. Se requiere una ciudadanía organizada, pero, antes que nada, informada y consciente para actuar a favor de una cultura de paz. Polarizarnos y confrontarnos, va a impedir que avancemos. Con tales actitudes todos saldremos perdiendo, pues gastaremos tiempo, energía y creatividad en pelearnos, en lugar de ponernos de acuerdo para integrarnos, apoyarnos y fortalecernos.

Buscando evitar imprecisiones, vayamos nuevamente al diccionario de la Real Academia para rescatar  una palabra maravillosa, que engloba la actitud tan necesaria de hoy en adelante: “Alteridad”, definida como condición de ser otro. En pocas palabras, colocarnos en los zapatos del otro para aceptarlo como es, y en correspondencia, esperar que él me acepte a mí como soy. No quisiera utilizar la palabra “tolerancia”, que tiene cierta implicación de fastidio. Aceptación, en cambio, es una palabra de alas abiertas, que permite echar los sueños al vuelo.
24 Mayo 2020 04:00:00
Cultura y amor a la Patria
Hoy deseo abordar un tema que me inquieta: La forma como –en aras a la atención de la contingencia—se pretende dar de baja fideicomisos y apoyos relacionados con la cultura: Esta vez toca el turno de luchar a los museos y a la cinematografía. En estas iniciativas de redistribución de recursos percibo un enfoque de corto alcance, como si el arte y la cultura fueran rubros clasistas, innecesarios y totalmente prescindibles. Mentalmente me remito a tiempos del porfiriato, cuando las manifestaciones afrancesadas del presidente y su gabinete representaban un lujo que se obsequiaba, en charola de plata, a los cuerpos diplomáticos de otras naciones. 110 años después, la sicología y la pedagogía nos enseñan que el arte y la cultura no son lujos, sino elementos básicos de identidad, mismos que proporcionan seguridad, como es el caso del sentido de pertenencia, al considerarnos parte de un gremio con el cual compartimos elementos comunes.

Hoy en día, dentro de los distintos quehaceres artísticos y culturales, los colectivos manifiestan su inconformidad con respecto a los recortes o eliminación de presupuestos. Cada uno de ellos expresa la necesidad que tiene el país de contar con esos recursos para desarrollar la creatividad, y a través de ella establecer lazos y puentes con el público receptor, que de una u otra forma interactúa y enriquece las expresiones originales.

México se ha distinguido por una museografía excepcional. Colecciones contenidas dentro de edificios de gran valor histórico o arquitectónico, a través de cuyo conocimiento se exalta lo que hoy somos y destaca la forma como hemos llegado hasta donde estamos. A través de la visita a un museo logramos comprender de manera vívida aquello que nos cuentan los libros de historia. Entendemos de forma más amplia qué fue lo que sucedió; podemos percibir ambientes, colores, texturas, olores. Se acrecienta nuestro asombro frente a esos objetos elaborados en diversos materiales, que no alcanzamos a comprender cómo fueron trabajados con las herramientas de la época. En algunos museos se cuenta con apoyo audiovisual que vuelve más claro aquello que tenemos enfrente. Muchas veces dichas colecciones se hacen acompañar de frescos en las galerías del inmueble, lo que convierte la visita en una experiencia multisensorial única. En los años que tengo de vida y habiendo visitado un buen número de museos dentro del país, no recuerdo haber salido de uno solo de ellos, sin sentir que mi amor por México había crecido un poco más.

La emergencia sanitaria que vive nuestro país obliga a reestructurar marcos presupuestarios para dar prioridad a lo más urgente, eso es definitivo. Sin embargo, los ciudadanos esperamos que se orqueste un rediseño de emergencia sensato y equilibrado. Habrá renglones que bien podrán esperar mejores tiempos, o quizá hasta cancelarse, en definitiva, como es el caso del impulso a las energías no renovables, muy caras y contaminantes, frente a opciones más económicas y que no dañan al medio ambiente. Del mismo modo, iniciativas como el Tren Maya, proyecto controversial desde su origen, y que bien puede esperar en la fila de “posibles” o caer en la de “inviables”. Las prioridades son otras en este momento.

Con relación al arte y la cultura, es menester que se incluyan como rubros de primerísimo orden, para darles apoyo total. La conciencia ciudadana crecerá en la medida en que cada uno de nuestros niños y jóvenes, se sienta que forma parte de México, al cual le corresponde amar, cuidar y defender. A través de su participación en el arte y la cultura, ellos habrán de sentirse tomados en cuenta, reconocidos entre sus pares. Hay que hacer hincapié, el sentido básico de pertenencia es en gran medida satisfecho para cada chico, cuando él percibe que, eso que él tiene para aportar en beneficio de los demás, lo vuelve valioso e insustituible para el grupo. De este modo se va consolidando su autoestima. Ese mero pensamiento de saberse tomado en cuenta por los demás, constituye el germen del amor de un individuo por su patria.

La globalización nos ha despojado de buena parte de nuestra identidad nacional. Podemos conectarnos con alguien al otro lado del mundo con quien tal vez nos identificamos por compartir gustos, tendencias o necesidades. Así constituimos comunidades virtuales, que nunca podrán sustituir a la relación directa con otros humanos. Necesitamos la identidad regional y nacional como asidero, para no perdernos en la turbulencia, tantas veces anónima, de la red. El arte y la cultura representan –en buena medida—ese asidero capaz de hacer, de cada uno de nosotros para México, ese “un soldado que el cielo en cada hijo te dio”, como reza claramente nuestro himno nacional.
24 Mayo 2020 03:30:00
Cultura y amor a la patria
Hoy deseo abordar un tema que me inquieta: la forma como –en aras a la atención de la contingencia– se pretende dar de baja fideicomisos y apoyos relacionados con la cultura: Esta vez toca el turno de luchar a los museos y a la cinematografía. En estas iniciativas de redistribución de recursos percibo un enfoque de corto alcance, como si el arte y la cultura fueran rubros clasistas, innecesarios y totalmente prescindibles. Mentalmente me remito a tiempos del Porfiriato, cuando las manifestaciones afrancesadas del presidente y su gabinete representaban un lujo que se obsequiaba, en charola de plata, a los cuerpos diplomáticos de otras naciones. 110 años después, la psicología y la pedagogía nos enseñan que el arte y la cultura no son lujos, sino elementos básicos de identidad, mismos que proporcionan seguridad, como es el caso del sentido de pertenencia, al considerarnos parte de un gremio con el cual compartimos elementos comunes.  

Hoy en día, dentro de los distintos quehaceres artísticos y culturales, los colectivos manifiestan su inconformidad con respecto a los recortes o eliminación de presupuestos. Cada uno de ellos expresa la necesidad que tiene el país de contar con esos recursos para desarrollar la creatividad, y a través de ella establecer lazos y puentes con el público receptor, que de una u otra forma interactúa y enriquece las expresiones originales.

México se ha distinguido por una museografía excepcional. Colecciones contenidas dentro de edificios de gran valor histórico o arquitectónico, a través de cuyo conocimiento se exalta lo que hoy somos, y destaca la forma como hemos llegado hasta donde estamos. A través de la visita a un museo logramos comprender de manera vívida aquello que nos cuentan los libros de historia. Entendemos de forma más amplia qué fue lo que sucedió; podemos percibir ambientes, colores, texturas, olores. Se acrecienta nuestro asombro frente a esos objetos elaborados en diversos materiales, que no alcanzamos a comprender cómo fueron trabajados con las herramientas de la época. En algunos museos se cuenta con apoyo audiovisual que vuelve más claro aquello que tenemos enfrente. Muchas veces dichas colecciones se hacen acompañar de frescos en las galerías del inmueble, lo que convierte la visita en una experiencia multisensorial única. En los años que tengo de vida y habiendo visitado un buen número de museos dentro del país, no recuerdo haber salido de uno solo de ellos, sin sentir que mi amor por México había crecido un poco más.

La emergencia sanitaria que vive nuestro país obliga a reestructurar marcos presupuestarios para dar prioridad a lo más urgente, eso es definitivo. Sin embargo, los ciudadanos esperamos que se orqueste un rediseño de emergencia sensato y equilibrado. Habrá renglones que bien podrán esperar mejores tiempos, o quizá hasta cancelarse, en definitiva, como es el caso del impulso a las energías no renovables, muy caras y contaminantes, frente a opciones más económicas y que no dañan al medio ambiente. Del mismo modo, iniciativas como el Tren Maya, proyecto controversial desde su origen, y que bien puede esperar en la fila de “posibles” o caer en la de “inviables”. Las prioridades son otras en este momento.

Con relación al arte y la cultura, es menester que se incluyan como rubros de primerísimo orden, para darles apoyo total. La conciencia ciudadana crecerá en la medida en que cada uno de nuestros niños y jóvenes, se sienta que forma parte de México, al cual le corresponde amar, cuidar y defender. A través de su participación en el arte y la cultura, ellos habrán de sentirse tomados en cuenta, reconocidos entre sus pares. Hay que hacer hincapié, el sentido básico de pertenencia es en gran medida satisfecho para cada chico, cuando él percibe que, eso que él tiene para aportar en beneficio de los demás, lo vuelve valioso e insustituible para el grupo. De este modo se va consolidando su autoestima. Ese mero pensamiento de saberse tomado en cuenta por los demás, constituye el germen del amor de un individuo por su patria.

La globalización nos ha despojado de buena parte de nuestra  identidad nacional. Podemos conectarnos con alguien al otro lado del mundo con quien tal vez nos identificamos por compartir gustos, tendencias o necesidades. Así constituimos comunidades virtuales, que nunca podrán sustituir a la relación directa con otros humanos. Necesitamos la identidad regional y nacional como asidero, para no perdernos en la turbulencia, tantas veces anónima, de la red. El arte y la cultura representan –en buena medida– ese asidero capaz de hacer, de cada uno de nosotros para México, ese “un soldado que el cielo en cada hijo te dio”, como reza claramente nuestro himno nacional.
17 Mayo 2020 04:00:00
La muerte como sombra
Nunca el ser humano había estado tan consciente de su propia mortalidad. En lo que va del 2020, una pequeña hélice de ARN ha cambiado para siempre los destinos de nuestra historia. En un segundo pensamiento, habría que considerar hasta qué punto –en verdad— el individuo ha colocado en un plano consciente aquello que siempre ha estado allí, desde el momento de la concepción: La muerte como la sombra que habrá de acompañarlo hasta el último de sus días.

Me apasiona el tema de la muerte, en el contexto de una corriente de pensamiento muy occidental, que se obceca en negar su existencia. La nuestra es una cultura cargada de simbolismos en torno a la misma, que vuelven a México un país fascinante: Desde las deidades prehispánicas como Mictlantecuhtli, la Coyolxauhqui y la Coatlicue, pasando por leyendas como La Llorona. Incontables canciones, para ejemplo La Valentina de Jorge Negrete, o Canción Mixteca de Aceves Mejía. Y qué decir de la majestuosidad de la fiesta de Finados en el estado de México, en Michoacán o en Veracruz, por citar algunos. La muerte siempre ha estado presente en los grabados de José Guadalupe Posada; frescos como los de Diego Rivera, u obras literarias, entre las que se halla buena parte de la novela revolucionaria; Pedro Páramo de Juan Rulfo o las obras de jóvenes escritores actuales, del norte de la República.

Así de vigente se halla la muerte entre nosotros, y con esa misma intensidad la negamos, hasta el 2020 cuando llega una nanopartícula a desbaratar de fea manera nuestro escenario. La muerte ronda servicios de urgencia, unidades de Terapia Intensiva, funerarias. Se carcajea de nuestra ingenuidad en medio de reuniones familiares numerosas o de bailes al ritmo de la banda norteña. No tiene empacho en lacerar familias en lo más profundo y para siempre.

¿Qué palabras podría yo decir para animar los contritos ánimos de todos nosotros, ante un panorama de tal naturaleza? Lo primero sería que, aunque haya sido de una forma muy abrupta, finalmente la vida se ha encargado de que encaremos un hecho tan real como implícito en nuestra propia naturaleza: Todos vamos a morir. Imposible saber en qué momento, así que sería bueno estar preparados siempre, que no nos sorprenda el evento con un cúmulo de asignaturas pendientes que fuimos dejando, con absoluta procrastinación, para más delante. Desde lo más sencillo hasta lo que requiere mayor organización.

Sea pues, el principal beneficio de esta pandemia conectar nuestra esfera consciente con una realidad propia de todos los seres vivos. Ya cada humano, de acuerdo con sus personales creencias, se afiliará a la ruta de pensamiento que más le convenza, y de este modo encauzará su vida actual hacia ese futuro que alcanza a avizorar.

Con toda seguridad, si nos convenciéramos de que la muerte nos persigue como nuestra propia sombra, actuaríamos de una mejor manera. Aprovecharíamos cada momento de la vida a sabiendas de que puede ser el último. Propiciaríamos una mayor armonía con quienes nos rodean, en un esfuerzo por construir un mejor mundo para todos. No dejaríamos para un mañana incierto la reconciliación y el perdón; nadie nos asegura que ese tiempo que visualizamos como futuro, pueda alcanzarse. Si entendiéramos que tal vez hoy sea nuestro último día, nos esforzaríamos por poner las cosas en orden; los sentimientos en orden; nuestra vida completa en orden. Desecharíamos aquello que no está funcionando y procuraríamos alcanzar lo que sabemos que nos beneficia, así cueste trabajo lograrlo. Valoraríamos de una vez por todas a nuestros seres queridos; reconoceríamos sus cualidades y buscaríamos la forma de resolver los conflictos que nos distancian de ellos.

Cuando caminamos de cara al sol, nuestra sombra nos sigue fielmente a donde vayamos; es parte de nosotros mismos. No sea pues, motivo de paralización en nuestro andar, sino cuña para el aprendizaje de una vida mejor.

En lo personal me organizo de manera ideal mediante la palabra escrita. Desde la lista de pagos mensuales, hasta el supermercado, al tener frente a mis ojos las cosas, mi mente revisa y complementa lo que haya que hacer. Así de este modo me funciona para otro tipo de tareas de mayor envergadura, entre las que podría incluir las pendientes a cumplir antes de morir. Son numerosas y de diversa jerarquía, de manera que comienzo a colocarlas de acuerdo con su importancia y factibilidad. Pido al cielo que me conceda la oportunidad de terminar de resolver, al menos las más urgentes, antes de partir.

Buena ocasión nos provee la pandemia para una revisión particular de nuestra persona, de propósitos y pendientes. Cual sombra irá la muerte siguiendo nuestros pasos. Excelente acicate para empeñarnos en no aflojar la marcha.
17 Mayo 2020 03:20:00
La muerte como sombra
Nunca el ser humano había estado tan consciente de su propia mortalidad. En lo que va del 2020, una pequeña hélice de ARN ha cambiado para siempre los destinos de nuestra historia. En un segundo pensamiento, habría que considerar hasta qué punto –en verdad– el individuo ha colocado en un plano consciente aquello que siempre ha estado allí, desde el momento de la concepción: la muerte como la sombra que habrá de acompañarlo hasta el último de sus días.

Me apasiona el tema de la muerte, en el contexto de una corriente de pensamiento muy occidental, que se obceca en negar su existencia. La nuestra es una cultura cargada de simbolismos en torno a la misma, que vuelven a México un país fascinante: desde las deidades prehispánicas como Mictlantecuhtli, la Coyolxauhqui y la Coatlicue, pasando por leyendas como La Llorona. Incontables canciones, para ejemplo La Valentina de Jorge Negrete, o Canción Mixteca de Aceves Mejía. Y qué decir de la majestuosidad de la fiesta de Finados en el Estado de México, en Michoacán o en Veracruz, por citar algunos. La muerte siempre ha estado presente en los grabados de José Guadalupe Posada; frescos como los de Diego Rivera, u obras literarias, entre las que se halla buena parte de la novela revolucionaria; Pedro Páramo de Juan Rulfo o las obras de jóvenes escritores actuales, del norte de la República.

Así de vigente se halla la muerte entre nosotros, y con esa misma intensidad la negamos, hasta el 2020 cuando llega una nanopartícula a desbaratar de fea manera nuestro escenario. La muerte ronda servicios de urgencia, unidades de terapia intensiva, funerarias. Se carcajea de nuestra ingenuidad en medio de reuniones familiares numerosas o de bailes al ritmo de la banda norteña. No tiene empacho en lacerar familias en lo más profundo y para siempre.

¿Qué palabras podría yo decir para animar los contritos ánimos de todos nosotros, ante un panorama de tal naturaleza? Lo primero sería que, aunque haya sido de una forma muy abrupta, finalmente la vida se ha encargado de que encaremos un hecho tan real como implícito en nuestra propia naturaleza: Todos vamos a morir. Imposible saber en qué momento, así que sería bueno estar preparados siempre, que no nos sorprenda el evento con un cúmulo de asignaturas pendientes que fuimos dejando, con absoluta procrastinación, para más delante. Desde lo más sencillo hasta lo que requiere mayor organización.

Sea pues, el principal beneficio de esta pandemia conectar nuestra esfera consciente con una realidad propia de todos los seres vivos. Ya cada humano, de acuerdo con sus personales creencias, se afiliará a la ruta de pensamiento que más le convenza, y de este modo encauzará su vida actual hacia ese futuro que alcanza a avizorar. Con toda seguridad, si nos convenciéramos de que la muerte nos persigue como nuestra propia sombra, actuaríamos de una mejor manera. Aprovecharíamos cada momento de la vida, a sabiendas de que puede ser el último. Propiciaríamos una mayor armonía con quienes nos rodean, en un esfuerzo por construir un mejor mundo para todos. No dejaríamos para un mañana incierto la reconciliación y el perdón; nadie nos asegura que ese tiempo que visualizamos como futuro, pueda alcanzarse.

Si entendiéramos que tal vez hoy sea nuestro último día, nos esforzaríamos por poner las cosas en orden; los sentimientos en orden; nuestra vida completa en orden. Desecharíamos aquello que no está funcionando y procuraríamos alcanzar lo que sabemos que nos beneficia, así cueste trabajo lograrlo. Valoraríamos de una vez por todas a nuestros seres queridos; reconoceríamos sus cualidades y buscaríamos la forma de resolver los conflictos que nos distancian de ellos.

Cuando caminamos de cara al sol, nuestra sombra nos sigue fielmente a donde vayamos; es parte de nosotros mismos. No sea pues, motivo de paralización en nuestro andar, sino cuña para el aprendizaje de una vida mejor.

En lo personal me organizo de manera ideal mediante la palabra escrita. Desde la lista de pagos mensuales, hasta el supermercado, al tener frente a mis ojos las cosas, mi mente revisa y complementa lo que haya que hacer. Así de este modo me funciona para otro tipo de tareas de mayor envergadura, entre las que podría incluir las pendientes a cumplir antes de morir. Son numerosas y de diversa jerarquía, de manera que comienzo a colocarlas de acuerdo con su importancia y factibilidad. Pido al cielo que me conceda la oportunidad de terminar de resolver, al menos las más urgentes, antes de partir.

Buena ocasión nos provee la pandemia para una revisión particular de nuestra persona, de propósitos y pendientes. Cual sombra irá la muerte siguiendo nuestros pasos. Excelente acicate para empeñarnos en no aflojar la marcha.
10 Mayo 2020 04:00:00
Saldo a favor
En esta fecha tan representativa habrá grandes textos prosísticos, que hablen de la figura de la madre, tan necesaria en estos momentos de crisis y dolor. Hay madres que enferman o que mueren; hay las que sufren por la enfermedad de sus hijos; las que trabajan por cuidar nuestra salud, y que tantas veces son vapuleadas. Hay madres que oran; otras más cuyas manos alivian muchas necesidades: las que colectan, preparan y reparten material y equipo, o alimentos. Hay madres que consuelan, y están las propias, que vienen a susurrarnos al oído que todo es parte de un renacimiento, y que pronto volverá la paz…

No es por coincidencia, sino más bien por “diosidencia”, que esta mañana me llegó un video intitulado “Actitud”. Presenta un muñequito que va caminando y en su andar comienza a enfrentar hoyos cada vez mayores, a los que va encontrando el modo de sortear. Brinca con el impulso necesario para enfrentar cada nuevo problema, hasta que, en la parte final, un hoyo inicial se va prolongando hasta convertirse en una zanja cada vez más larga, en la que el muñequito termina cayendo, a pesar de sus esfuerzos por evitarlo. No todo está perdido: emerge feliz, impelido por un par de alas que la necesidad le llevó a crear.

De este modo vamos enfrentando la vida todos los seres humanos. No hay una sola persona que no encare problemas, desde el asunto más ordinario hasta el más complejo. Todos y cada uno, en el día a día, tenemos necesidad de tomar decisiones, desde qué vamos a desayunar hasta si invertimos nuestro capital en un negocio o no. Qué hacemos primero y qué después. Son decisiones tan cotidianas, que no nos percatamos de que cada una de ellas implica el proceso mental de enfrentar dos o más opciones, calcular riesgo-beneficio, y finalmente decidir. Toda nueva experiencia nos provee de elementos para futuras decisiones; si el resultado fue exitoso la archivamos dentro de las estrategias útiles. Si fracasamos, habrá que analizar qué factores propiciaron dicho resultado. En esta vida, como en un concierto, el corazón es la partitura, la razón es la batuta.

En los momentos que enfrentamos, quisiera ser una especie de chef gourmet, para mezclar elementos que ni en sueños imaginaríamos combinados, para obtener un producto novedoso y único, pero apetitoso. Así –con seguridad—se habrán descubierto muchos platillos de cocina internacional. Vivimos una situación inédita, enfrentamos una condición sanitaria jamás vista por quienes integramos la actual generación, salvo algún sobreviviente centenario que, de existir en 1918, habrá sido un niño pequeño. No nos perdamos, volvamos a la situación inédita que nos ha mantenido, a la gran mayoría de nosotros, encerrados entre cuatro paredes reinventando el mundo. En lo personal ha sido una oportunidad única para observar a la humanidad, tratando de imaginar cómo será ésta una vez que se termine el encierro y volvamos a la vida habitual. Quiero entender que dentro de cada uno se habrán gestado cambios que –venturosamente—, logren perpetuarse una vez pasada la emergencia. La parte nihilista de mí me dice: “olvídate, a la vuelta de semanas o meses retomaremos viejos patrones de comportamiento, actuando como si nada hubiera sucedido”. Pido a Dios que no sea así, por el bien del planeta y sus habitantes.

Justo aquí es donde, tras tantas vueltas, llego a la figura de la madre. Ella es la que tiene entre sus manos la rueca que va capturando las fibras de materia prima, primero para hilarla y teñirla, y más delante para producir con ella una obra única en la historia. Afuera de su círculo inmediato el mundo gira, las cosas suceden, los hombres piensan y deciden. Aquí, dentro de las cuatro paredes del hogar, palpita el corazón del mundo.

A partir de la industrialización y las dos grandes guerras del siglo pasado, la mujer hubo de alejarse de sus labores del hogar para introducirse al mercado laboral. En un principio lo hizo como un deber patrio, posteriormente por la necesidad de autoafirmación; en la actualidad, en países como el nuestro, para completar el ingreso del hogar. El temible coronavirus ha concedido, a una proporción de esas mujeres, la oportunidad de quedarse en casa y saldar parte de tal deuda histórica. Una deuda que –es lamentable-- ha condicionado parte de la indiferencia y desamor a la patria, que se deja ver en muchos de nosotros. La falta de respeto a la ley; a las instituciones; al patrimonio nacional; a otros seres humanos, evidencian que en esos corazones --cuando niños--, no hubo la dosis necesaria de calidez para desarrollar en ellos la sensibilidad, la empatía y la misericordia.

Sea éste un Día de la Madre distinto, generador de conductas sanadoras. Sea éste el saldo a favor que nos deja la pandemia.
10 Mayo 2020 03:19:00
Saldo a favor
En esta fecha tan representativa habrá grandes textos prosísticos, que hablen de la figura de la madre, tan necesaria en estos momentos de crisis y dolor. Hay madres que enferman o que mueren; hay las que sufren por la enfermedad de sus hijos; las que trabajan por cuidar nuestra salud, y que tantas veces son vapuleadas. Hay madres que oran; otras más cuyas manos alivian muchas necesidades: las que colectan, preparan y reparten material y equipo, o alimentos. Hay madres que consuelan, y están las propias, que vienen a susurrarnos al oído que todo es parte de un renacimiento, y que pronto volverá la paz…

No es por coincidencia, sino más bien por “diosidencia”, que esta mañana me llegó un video intitulado Actitud. Presenta un muñequito que va caminando y en su andar comienza a enfrentar hoyos cada vez mayores, a los que va encontrando el modo de sortear. Brinca con el impulso necesario para enfrentar cada nuevo problema, hasta que, en la parte final, un hoyo inicial se va prolongando hasta convertirse en una zanja cada vez más larga, en la que el muñequito termina cayendo, a pesar de sus esfuerzos por evitarlo. No todo está perdido: emerge feliz, impelido por un par de alas que la necesidad le llevó a crear.

De este modo vamos enfrentando la vida todos los seres humanos.

No hay una sola persona que no encare problemas, desde el asunto más ordinario hasta el más complejo. Todos y cada uno, en el día a día, tenemos necesidad de tomar decisiones, desde qué vamos a desayunar hasta si invertimos nuestro capital en un negocio o no. Qué hacemos primero y qué después. 

Son decisiones tan cotidianas, que no nos percatamos de que cada una de ellas implica el proceso mental de enfrentar dos o más opciones, calcular riesgo-beneficio, y finalmente decidir.

Toda nueva experiencia nos provee de elementos para futuras decisiones; si el resultado fue exitoso la archivamos dentro de las estrategias útiles. Si fracasamos, habrá que analizar qué factores propiciaron dicho resultado. En esta vida, como en un concierto, el corazón es la partitura, la razón es la batuta.

En los momentos que enfrentamos, quisiera ser una especie de chef gourmet, para mezclar elementos que ni en sueños imaginaríamos combinados, para obtener un producto novedoso y único, pero apetitoso.

Así –con seguridad– se habrán descubierto muchos platillos de cocina internacional. Vivimos una situación inédita, enfrentamos una condición sanitaria jamás vista por quienes integramos la actual generación, salvo algún sobreviviente centenario que, de existir en 1918, habrá sido un niño pequeño.  No nos perdamos, volvamos a la situación inédita que nos ha mantenido, a la gran mayoría de nosotros, encerrados entre cuatro paredes reinventando el mundo.

En lo personal ha sido una oportunidad única para observar a la humanidad, tratando de imaginar cómo será esta una vez que se termine el encierro y volvamos a la vida habitual.

Quiero entender que dentro de cada uno se habrán gestado cambios que –venturosamente–, logren perpetuarse una vez pasada la emergencia. La parte nihilista de mí me dice: “olvídate, a la vuelta de semanas o meses retomaremos viejos patrones de comportamiento, actuando como si nada hubiera sucedido”. Pido a Dios que no sea así, por el bien del planeta y sus habitantes.

Justo aquí es donde, tras tantas vueltas, llego a la figura de la madre. Ella es la que tiene entre sus manos la rueca que va capturando las fibras de materia prima, primero para hilarla y teñirla, y más delante para producir con ella una obra única en la historia. Afuera de su círculo inmediato el mundo gira, las cosas suceden, los hombres piensan y deciden. Aquí, dentro de las cuatro paredes del hogar, palpita el corazón del mundo.

A partir de la industrialización y las dos grandes guerras del siglo pasado, la mujer hubo de alejarse de sus labores del hogar para introducirse al mercado laboral.

En un principio lo hizo como un deber patrio, posteriormente por la necesidad de autoafirmación; en la actualidad, en países como el nuestro, para completar el ingreso del hogar.

El temible coronavirus ha concedido, a una proporción de esas mujeres, la oportunidad de quedarse en casa y saldar parte de  tal deuda histórica.

Una deuda que –es lamentable– ha condicionado  parte de la indiferencia y desamor a la patria, que se deja ver en muchos de nosotros.

La falta de respeto a la ley; a las instituciones; al patrimonio nacional; a otros seres humanos, evidencian que en esos corazones –cuando niños–, no hubo la dosis necesaria de calidez para desarrollar en ellos la sensibilidad, la empatía y la misericordia.

Sea este un Día de la Madre distinto, generador de conductas sanadoras. Sea este el saldo a favor que nos deja la pandemia.
03 Mayo 2020 04:00:00
Seamos esas memorias
Sería poco realista considerar que en la vida existan situaciones totalmente negativas, en las que no hay un solo hecho alentador. Igual de imposibles los escenarios perfectos, telenoveleros, donde no parece existir una sola falla. En el plano real, la vida se desarrolla en tonos grises, en ocasiones más, en ocasiones menos, pero grises al fin. A toda situación difícil podremos encontrarle el punto alentador que nos permita seguir adelante.

Estas semanas de reclusión han sido un experimento social del cual se escribirán, con toda certeza, grandes tratados. Colocar en una misma área física un grupo de seres humanos, habitualmente relacionados por sangre, y ponerlos a convivir 24/7. Ello en el supuesto de que acaten el distanciamiento social conforme a lo indicado y se aíslen. Increíble reconocerlo, pero yo como madre he descubierto facetas de mi familia que no había identificado con anterioridad, o que simplemente no había analizado de manera detenida.

Divertido hablar de los abuelos, de esas historias que no se exploraron a profundidad y que, en esta etapa de mi vida, tal vez no tenga ya con quien consultar. Me descubro entonces con la doble responsabilidad de conservar la historia familiar, además de reinventarla, para cubrir esos huecos; improvisación de emergencia que nadie podrá señalarme. Es algo así como los tratados de historia que aprendimos en la primaria, centrados en determinados hechos prodigiosos, sacando de escena algunos inconvenientes, y encauzando personajes y gestas por el camino que, según la SEP y -en mi caso- la Iglesia católica, marcaban.

En estos tiempos priva lo inmediato, lo veloz, el vistazo sobre un contenido que a los 30 segundos hemos olvidado. La memoria pasa a ser pieza de museo, si tengo en la punta de los dedos una versión enciclopédica que todo me resuelve al instante. Cambian muchos paradigmas, pero hay valores fundamentales que sería catastrófico borrar. Valores que elevan y conectan a los seres humanos, como la honestidad, la lealtad, el respeto y el reconocimiento.

Sucede entonces, que cuando empezamos a hablar de dónde llegó el tatarabuelo, y qué lo transportó a estas tierras, nos sorprendemos trayendo a la memoria anécdotas e historias familiares, que alguna vez escuchamos en casa de los mayores. Relatos que dan cuenta de sus principios y capacidades. Surgen las preguntas de los más jóvenes; se activan los archivos mentales, en la tarea de establecer conexiones de un elemento con otros; de un tiempo muy remoto con otro más reciente; de algún objeto que viene a nuestra esfera de percepción y que nos hace preguntarnos dónde pudo haber quedado aquella fotografía en sepia. Todo ello provee de identidad y apego.

El tiempo es el mejor juez. Lo que ahora se percibe como una limitación de espacio y actividades, tal vez a la larga sea recordado como etapa de reconocimiento y feliz ensamblaje. La convivencia intensiva nos da la oportunidad de abordar los valores humanos; tanto a través de historias, como en nuestro trato mutuo. Aprender a aceptarnos unos a otros, cada uno con sus características propias, en un espacio del cual no es sencillo escapar físicamente.

La libertad es un ave con las alas extendidas, capaz de llevarnos a sitios que jamás hubiéramos imaginado. Todo es cuestión de permitirle que despliegue su fuselaje y emprenda el vuelo. Condiciones políticas, económicas, o -como en este caso- sanitarias, no han de impedir que nuestra libertad vuele tan alto como lo desee. Cuando enfrentamos una enfermedad física, el dolor nos detiene por un instante, mientras recorre nuestro cuerpo. En cambio, el temor nos paraliza. Tal vez se trate de un temor racional frente a una situación potencialmente peligrosa. Tal vez sea tan sólo la idea del temor, un escenario imaginado que bien puede jamás acontecer. En uno y otro caso, el temor nos atrapa, nos condena a la inmovilidad. Nos posee.

Hoy en día, nuestro mundo está muy necesitado de misericordia. Urgente que cada uno de nosotros lleve a cabo el ejercicio mental de colocarse en los zapatos del otro, con tanta vehemencia, hasta convencerse de que, si estuviera en esos zapatos, estaría haciendo lo mismo. En esta crisis las emociones tiemblan, se fragmentan, y en no pocas ocasiones caen hechas pedazos. Quienes más lo padecen son aquellos que, por razón de su actividad, no pueden quedarse en casa. Hablo en particular del personal de salud. Más que necesario resulta entonces, desarrollar en nuestra práctica cotidiana familiar, actitudes de empatía y solidaridad.

Como sugiere Elena Garro: Aquí y ahora, desde el confinamiento, seamos las memorias venturosas que de nosotros tengan nuestros nietos.
03 Mayo 2020 03:05:00
Las Campanas Doblan
Quienes el día de hoy estamos con vida, hemos ido discurriendo como agua a través del tiempo, a ratos sin poder precisar cuándo comienza o termina el día. Los que acostumbramos a echar mano de la fantasía para inundar de magia los espacios, a ratos nos sentimos como aquellos niños que, dentro de casa, navegaban sobre chorros de luz dorada y fresca.

En ese cuento, que ahora hallo profético, García Márquez nos ha regalado un trozo de resiliencia, como un pan recién horneado, que se degustará bocado a bocado, en la historia sin tiempo de nuestro propio encierro. Ello nos salva de morir exhaustos en medio de un desierto que, por más que caminemos, sigue luciendo inacabable a norte, a sur, a oriente y a occidente. Es la bendita cualidad que tienen las historias: nos permiten habitar en los espacios mágicos que cada una de ellas crea para nosotros, lectores.

Por cierto, determinada historia provee para cada lector un relato distinto; incluso, para el mismo lector, en diversos momentos, ofrece una lectura diferente. Leer es visitar el hogar de amigos muy queridos, a los que procuramos porque nos agradan. Es conversar con ellos y a través de esos diálogos, restaurarnos.

Para muchos el encierro ha sido desesperante, o quizá hasta deprimente. Al conocer uno de tales casos, recordé el poema de Donne Las Campanas Doblan por Ti, en cuyo título se inspiró Hemingway para bautizar su famosa novela Por Quién Doblan las Campanas, publicada en 1940. Esta obra habla del conflicto interno que padecía España durante la Guerra Civil, algo así como un preludio a lo que derivaría en la Segunda Guerra Mundial.

No pretendo hablar de la obra de Hemingway, sino del poema de Donne, el cual nos llama a darnos cuenta de una realidad: los seres humanos estamos unidos, independientemente de nuestra geografía. Constituimos un mismo ser total, de modo que lo que sucede a uno de nosotros, repercute en el resto. De momento nos remite al “efecto mariposa” descrito por Lorenz, el cual postula que, en un espacio cerrado como el universo, la vibración de un cuerpo genera ondas que repercuten finalmente en algún otro punto del mismo universo. Se cumpliría entonces la última parte del poema de Donne: “…nunca preguntes por quién doblan las campanas, doblan por ti”.

Es una dolorosa realidad que, a estas alturas del partido, haya quienes no han comprendido, o no han querido comprender la magnitud del problema sanitario que tenemos encima. Con la variedad de contenidos que hay en la red, hacen suya una “verdad” que les acomode, y se aferran a ella para racionalizar su conducta. Tenemos ejemplos de youtuberos que dieron positivo para Covid que contravienen las indicaciones médicas y asisten a sitios públicos, poniendo en riesgo a los demás. Hay quienes se aferran a la idea de que la pandemia es un mero ardid publicitario, una especie de montaje, con fines políticos o económicos. Hay también quienes, como adolescentes, desafían toda norma y convocan a eventos sociales, poniendo en riesgo a su persona y a su familia. Y –lo digo con conocimiento de causa– personas así de irresponsables, son las que más delante, cuando acuden al hospital con el familiar enfermo, exigen atención entre exabruptos, y atribuyen al personal de Salud las malas condiciones en que se llega el paciente. Así trabaja la culpa, proyectándose hacia los demás, porque dentro quema.

Todos estamos conectados con el resto de la humanidad, y lo que yo haga o deje de hacer, tiene efecto más allá de mi propia persona. Durante la semana fui testigo de cómo las necesidades específicas de un grupo de médicos residentes en determinado hospital han venido siendo subsanadas por apoyos individuales y grupales, económicos y en especie, de personas sensibles que decidieron contribuir a la causa con generosidad y trabajo. Un fenómeno muy común en redes, cuando se da a conocer una necesidad, es que comiencen a fluir buenos deseos, lindos emojis y los “porfis ayuuuden”, expresiones estériles que a nada conducen.

Otra cosa es definitivamente poner músculo a esos propósitos, moverse, buscar, conseguir y resolver con hechos esa necesidad. Fue maravilloso atestiguar, desde primera fila, cómo en cuestión de 12 horas, no más, se fueron enlazando voluntades, para vencer obstáculos y llegar al objetivo. Estoy segura de que se han ganado un lugar en el cielo.

Doblan las campanas, lo hacen en todo el mundo, a lo lejos, tal vez más cerca, no dejan de doblar. Nos llaman a reflexionar, a contar nuestras bendiciones, a ser parte de ese amor vivo que venimos descubriendo.

26 Abril 2020 04:00:00
Las campanas doblan
Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad John Donne.

Quienes el día de hoy estamos con vida, hemos ido discurriendo como agua a través del tiempo, a ratos sin poder precisar cuándo comienza o termina el día.

Los que acostumbramos a echar mano de la fantasía para inundar de magia los espacios, a ratos nos sentimos como aquellos niños que, dentro de casa, navegaban sobre chorros de luz dorada y fresca. En ese cuento, que ahora hallo profético, García Márquez nos ha regalado un trozo de resiliencia, como un pan recién horneado, que se degustará bocado a bocado, en la historia sin tiempo de nuestro propio encierro. Ello nos salva de morir exhaustos en medio de un desierto que, por más que caminemos, sigue luciendo inacabable a norte, a sur, a oriente y a occidente. Es la bendita cualidad que tienen las historias: Nos permiten habitar en los espacios mágicos que cada una de ellas crea para nosotros, lectores. Por cierto, determinada historia provee para cada lector un relato distinto; incluso, para el mismo lector, en diversos momentos, ofrece una lectura diferente. Leer es visitar el hogar de amigos muy queridos, a los que procuramos porque nos agradan. Es conversar con ellos y a través de esos diálogos, restaurarnos.

Para muchos el encierro ha sido desesperante, o quizá hasta deprimente. Al conocer uno de tales casos, recordé el poema de Donne “Las campanas doblan por ti”, en cuyo título se inspiró Hemingway para bautizar su famosa novela “Por quién doblan las campanas”, publicada en 1940. Esta obra habla del conflicto interno que padecía España durante la Guerra Civil, algo así como un preludio a lo que unos meses después derivaría en la Segunda Guerra Mundial.

No pretendo hablar de la obra de Hemingway, sino del poema de Donne, el cual nos llama a darnos cuenta de una realidad: Los seres humanos estamos unidos, independientemente de nuestra geografía. Constituimos un mismo ser total, de modo que lo que sucede a uno de nosotros, repercute en el resto. De momento nos remite al “efecto mariposa” descrito por Lorenz, el cual postula que, en un espacio cerrado como el universo, la vibración de un cuerpo genera ondas que repercuten finalmente en algún otro punto del mismo universo. Se cumpliría entonces, la última parte del poema de Donne: “…nunca preguntes por quién doblan las campanas, doblan por ti”.

Es una dolorosa realidad que, a estas alturas del partido, haya quienes no han comprendido, o no han querido comprender, la magnitud del problema sanitario que tenemos encima. Con la variedad de contenidos que hay en la red, hacen suya una “verdad” que les acomode, y se aferran a ella para racionalizar su conducta. Tenemos ejemplos de youtuberos que dieron positivo para Covid, que contravienen las indicaciones médicas y asisten a sitios públicos, poniendo en riesgo a los demás. Hay quienes se aferran a la idea de que la pandemia es un mero ardid publicitario, una especie de montaje, con fines políticos o económicos. Hay también quienes, como adolescentes, desafían toda norma y convocan a eventos sociales, poniendo en riesgo -cada uno- a su persona y a su familia. Y -lo digo con conocimiento de causa- personas así de irresponsables, son las que más delante, cuando acuden al hospital con el familiar enfermo, exigen atención entre exabruptos, y atribuyen al personal de salud las malas condiciones en que se llega su paciente. Así trabaja la culpa, proyectándose hacia los demás, porque dentro quema.

Todos estamos conectados con el resto de la humanidad, y lo que yo haga o deje de hacer, tiene efecto más allá de mi propia persona. Durante la semana fui testigo de cómo las necesidades específicas de un grupo de médicos residentes en determinado hospital han venido siendo subsanadas por apoyos individuales y grupales, económicos y en especie, de personas sensibles que decidieron contribuir a la causa con generosidad y trabajo. Un fenómeno muy común en redes, cuando se da a conocer una necesidad, es que comiencen a fluir buenos deseos, lindos emojis y los “porfis ayuuuden”, expresiones estériles que a nada conducen. Otra cosa es definitivamente poner músculo a esos propósitos, moverse, buscar, conseguir y resolver con hechos esa necesidad. Fue maravilloso atestiguar, desde primera fila, cómo en cuestión de 12 horas, no más, se fueron enlazando voluntades, para vencer obstáculos y llegar al objetivo. Estoy segura de que cada uno de ellos ya se ha ganado un lugar en el cielo.

Doblan las campanas, lo hacen en todo el mundo, a lo lejos, tal vez más cerca, no dejan de doblar. Nos llaman a reflexionar, a revisarnos, a contar nuestras bendiciones, a ser parte de ese amor vivo que venimos descubriendo.
19 Abril 2020 04:00:00
Adopta una causa
Lo que no lograron los grandes iluminados de la historia, lo ha conseguido una micrométrica estructura llamada coronavirus. La humanidad metió freno de mano a su alocada carrera; las prioridades cambiaron en un corto período de tiempo, y todos comenzamos a vivir un estilo de vida que jamás habíamos experimentado, un encierro que aún va para largo. Vamos aprendiendo formulismos y, por supuesto –como en todas las tragedias—, hemos sacado la vena cómica para embromarnos. Lo más maravilloso, hemos puesto en práctica la generosidad.

El actual es un periodo de tiempo con invitados de diverso carácter, algunos son benévolos, otros indeseables. Nuestro espíritu se llena de buenos deseos para ordenar la casa, depurar guardarropa y terminar tareas pendientes. Destinamos un mayor tiempo a navegar en la red. Deseamos estar informados, y quisiéramos que en cualquier rato se anuncie con grandes titulares que se ha hallado la cura para la enfermedad. A ratos nos abate la desesperanza, o nos engañan los falsos milagreros. Exploramos en redes como una forma de reafirmarnos, de decir “aquí estoy”, de no sentirnos tan solos con nuestra angustia.

Hemos observado cómo, en distintas partes del mundo, la enfermedad ha rebasado la capacidad instalada de los hospitales. A la par, hemos sido testigos de casos de curación. Tal vez utilicemos las redes sociales para expresar nuestros estados de ánimo, procesar nuestro pasmo, ante el avance en el combate a la enfermedad, como yendo sobre arenas movedizas. Muy probablemente ahí nos quedamos, nos polarizamos, quizá nos violentamos contra aquellos que no coinciden con nuestra forma de pensar. Como dar golpes al saco de arena para sacar la ira. ¿Y después de eso, qué?..

Es maravilloso atestiguar cómo muchas personas con iniciativa han aprovechado la cuarentena para compartir lo que saben hacer. Hallamos en línea obras de teatro, música y literatura, o gastronomía para descargar. Hay gimnasia, yoga, sana alimentación… La lista sería interminable. Cada uno de los participantes ha asumido un papel activo para volver más ligero y productivo el encierro. Hay quienes se han puesto a elaborar mascarillas o cubrebocas para obsequiar al personal médico y paramédico, o bien, inician campañas de recolección de donativos económicos o en especie para los grupos más necesitados.

A poco más de cuatro semanas de iniciada la cuarentena, hemos entendido diversas realidades: Los humanos sí somos capaces de prescindir de elementos, que antes de la contingencia nos hubieran parecido indispensables. Aprendimos a recogernos dentro de las cuatro paredes del hogar y a conocer mejor a nuestros seres queridos, a convivir con ellos. La tolerancia ha sido un elemento crucial para sobrellevar diferencias de temperamento o de hábitos; surgen momentos de irritabilidad, junto a enormes recompensas emocionales. Lo más importante, esta ha sido una muy valiosa oportunidad de reencuentro de mí-conmigo.

De una u otra forma, todos debemos permanecer en el encierro. Aun así, hay mucho que podemos hacer desde casa por contribuir a hacer del planeta un mejor lugar, y de nuestra sociedad un espacio con más calidez. Bien puede ser ocasión de poner en práctica habilidades que siempre hemos deseado probar, pero jamás nos lo hemos permitido. Podemos capitalizar elementos que tenemos dentro de casa para convertirlos en algo que pudiera servir a terceros. Estar al pendiente de personas que viven solas, ya sea a través de una llamada, o hasta de un saludo de ventana a ventana. Compartir recetas de cocina; modos de resolver un problema; música que atrapa los sentidos. Podemos localizar o elaborar textos que inyecten entusiasmo a quien los lea.

Aunado al problema infeccioso que nos acomete, está el problema mediático, que han dado en llamar “infodemia”. Recibimos y tal vez compartimos –hasta con cierta urgencia--, contenidos de dudosa confiabilidad, que poco o nada apuestan a la paz mental. Mensajes caóticos, que llevan a la suspicacia, a sentir que nos estamos hundiendo más cada día. Se nos olvida que –por desgracia—hay mentes ocupadas en atormentar a otros, no sé si por un torvo placer o atendiendo a intereses económicos, pero están ahí para desacreditar y confundir, y a fin de cuentas generar la sensación de ser aún más vulnerables frente al virus, de lo que ya somos.

Propongo ocupar nuestro tiempo y nuestros afanes en hacer aquello que nos apasiona. Adoptar una causa hacia la cual canalizar las energías, algo que nos mueva a explorar, crear y compartir. Contagiar esa buena vibra con quien más pueda necesitarla.

La percepción del tiempo es de lo más subjetiva, éste pasa volando cuando nos hallamos ocupados.

Cada cual decide cómo vivir el encierro. ¿Tú qué eliges?
19 Abril 2020 03:10:00
Historias de mañana
Este tiempo ha sido ocasión de bajar el ritmo habitual de actividades y hacer aquello que, ordinariamente, no podemos llevar a cabo. Momento para una revisión personal y familiar que nos permitirá –Dios mediante– superar esta contingencia sanitaria enriquecidos y más humanizados.

La comunicación es una forma de catarsis; volcar al exterior nuestros estados internos, para visualizarlos con mayor lucidez, entender nuestros pasmos y salir adelante. Compartir lo propio con quienes tienen la voluntad de escucharnos, es liberar la carga de angustia que traemos dentro.

Más allá de la catarsis, viene el sentido de crear comunidad, de utilizar la palabra para generar un “nosotros” a donde guarecernos y salir fortalecidos. Apoyarnos unos a otros, cada cual desde su espacio personal, proveyendo a los demás de lo necesario. Así han surgido iniciativas maravillosas, como recaudar fondos o elaborar material y equipo para trabajadores de la salud; facilitar alimentos, transporte o alojamiento, a quienes se dedican a la atención de los enfermos. Resulta lamentable que la ignorancia y el temor, en fatal combinación, hayan propiciado ataques contra profesionales, quienes están –literalmente– dando su vida por salvarnos.

La materia prima está ahí, lista para ser trabajada: están las vivencias personales y familiares, y las propias de nuestra población. Momentos sublimes que jamás deben olvidarse. Hermosas manifestaciones de solidaridad, en las que ha campeado el amor por el ser humano, sin distingo de color, condición social o credo. Nos parte el alma enterarnos de situaciones que evidencian hasta qué nivel escala el temor, activando mecanismos de neurosis colectiva deshumanizantes. Y, todo lo contrario, llegan como bálsamo sanador acciones para rescatarnos, aliviarnos, permitirnos albergar una esperanza cada vez mayor, de que, espíritu y tecnología de la mano, conseguirán domeñar la enfermedad.

Vivimos una situación inédita. Nos hallamos en medio de una pandemia tan feroz como otras que señala la historia. Empero, esta vez tenemos a nuestro favor elementos que nos proveen de relativa comodidad para permanecer en casa; entretenernos; abastecernos de lo necesario, sin salir a la tienda. Contamos con recursos tecnológicos que facilitan estar conectados en forma permanente y enterarnos en tiempo real de lo que ocurre en otras partes del mundo. Cierto, también se corren riesgos con la hiperinformación, como caer en pánico atroz, o congestionar las redes, propiciando que sufran fallas o restricciones a causa de la sobrecarga.

Veamos las cosas de este modo: hoy, precisamente aquí, cada uno de nosotros está escribiendo las historias del mañana. Historias destinadas a contar la percepción que, en forma personal, cada cual tiene acerca de la pandemia y de las acciones que el mundo lleva a cabo para combatirla. Narraremos nuestros temores más íntimos, nuestra frustración; la forma como una partícula microscópica dio al traste con grandiosos planes y proyectos que teníamos preparados. Hoy estamos escribiendo esa historia con nuestras llamadas telefónicas, las videoconferencias; las canciones compuestas y recompuestas; los memes, los poemas; los cuentos y novelas que vayan a surgir –porque tienen que hacerlo– para salir adelante y trascender en el tiempo.

Si no lo hemos hecho antes, es momento de comenzar a organizar nuestra jornada: fijar la hora de levantarnos y de dormirnos; mantener las medidas básicas de higiene y cuidado, que no nos gane la depresión o la molicie. Elaborar un programa personal y familiar para cada día. Incluir un rato de convivencia en el cual platicar, rememorar, intercambiar opiniones. Se vale expresar nuestros temores; somos humanos, estamos asustados y a ratos paralizados. Hay que administrar ante quién lo expresamos y cómo lo hacemos; permitírnoslo ayudará a todos. Entender que hay elementos que escapan totalmente de nuestra voluntad, y que angustiarnos no hace nada por modificarlos. Asumir que en nuestra actitud radica buena parte del éxito de la jornada. Invocar a ese espíritu superior que mora dentro de nosotros, cada cual según lo conciba. Ponernos en paz con la vida y con nosotros mismos, y tal como deberíamos hacer día con día, pandemia o no, prepararnos cada mañana para morir, entendiendo que nadie conoce el justo momento en que su vida vaya a terminar.

Hoy escribimos las historias de mañana. Tenemos creatividad e inteligencia; vivencias que nos hermanan y otras que nos personalizan. Preciosa materia prima que habrá de volverse música, poesía, guiones, imágenes o texturas, colores y formas, maravillosas estructuras que desafíen al viento. Historias de nuestro tiempo que exclamarán a voz en cuello la consigna: “Vencimos”.

12 Abril 2020 04:00:00
Historias de mañana
Este tiempo ha sido ocasión de bajar el ritmo habitual de actividades y hacer aquello que, ordinariamente, no podemos llevar a cabo. Momento para una revisión personal y familiar que nos permitirá –Dios mediante—superar esta contingencia sanitaria enriquecidos y más humanizados.

La comunicación es una forma de catarsis; volcar al exterior nuestros estados internos, para visualizarlos con mayor lucidez, entender nuestros pasmos y salir adelante. Compartir lo propio con quienes tienen la voluntad de escucharnos, es liberar la carga de angustia que traemos dentro.

Más allá de la catarsis, viene el sentido de crear comunidad, de utilizar la palabra para generar un “nosotros” a donde guarecernos y salir fortalecidos. Apoyarnos unos a otros, cada cual desde su espacio personal, proveyendo a los demás de lo necesario. Así han surgido iniciativas maravillosas, como recaudar fondos o elaborar material y equipo para trabajadores de la salud; facilitar alimentos, transporte o alojamiento, a quienes se dedican a la atención de los enfermos. Resulta lamentable que la ignorancia y el temor, en fatal combinación, hayan propiciado ataques contra profesionales quienes están -literalmente- dando su vida por salvarnos.

La materia prima está ahí, lista para ser trabajada: Están las vivencias personales y familiares, y las propias de nuestra población. Momentos sublimes que jamás deben olvidarse. Hermosas manifestaciones de solidaridad, en las que ha campeado el amor por el ser humano, sin distingo de color, condición social o credo. Nos parte el alma enterarnos de situaciones que evidencian hasta qué nivel escala el temor, activando mecanismos de neurosis colectiva deshumanizantes. Y, todo lo contrario, llegan como bálsamo sanador acciones para rescatarnos, aliviarnos, permitirnos albergar una esperanza cada vez mayor, de que, espíritu y tecnología de la mano, conseguirán domeñar la enfermedad.

Vivimos una situación inédita. Nos hallamos en medio de una pandemia tan feroz como otras que señala la historia. Empero, esta vez tenemos a nuestro favor elementos que nos proveen de relativa comodidad para permanecer en casa; entretenernos; abastecernos de lo necesario, sin salir a la tienda. Contamos con recursos tecnológicos que facilitan estar conectados en forma permanente y enterarnos en tiempo real de lo que ocurre en otras partes del mundo. Cierto, también se corren riesgos con la hiperinformación, como caer en pánico atroz, o congestionar las redes, propiciando que sufran fallas o restricciones a causa de la sobrecarga.

Veamos las cosas de este modo: Hoy, precisamente aquí, cada uno de nosotros está escribiendo las historias del mañana. Historias destinadas a contar la percepción que, en forma personal, cada cual tiene acerca de la pandemia y de las acciones que el mundo lleva a cabo para combatirla. Narraremos nuestros temores más íntimos, nuestra frustración; la forma como una partícula microscópica dio al traste con grandiosos planes y proyectos que teníamos preparados. Hoy estamos escribiendo esa historia con nuestras llamadas telefónicas, las videoconferencias; las canciones compuestas y recompuestas; los memes, los poemas; los cuentos y novelas que vayan a surgir -porque tienen que hacerlo- para salir adelante y trascender en el tiempo.

Si no lo hemos hecho antes, es momento de comenzar a organizar nuestra jornada: Fijar la hora de levantarnos y de dormirnos; mantener las medidas básicas de higiene y cuidado, que no nos gane la depresión o la molicie. Elaborar un programa personal y familiar para cada día. Incluir un rato de convivencia en el cual platicar, rememorar, intercambiar opiniones. Se vale expresar nuestros temores; somos humanos, estamos asustados y a ratos paralizados. Hay que administrar ante quién lo expresamos y cómo lo hacemos; permitírnoslo ayudará a todos. Entender que hay elementos que escapan totalmente de nuestra voluntad, y que angustiarnos no hace nada por modificarlos. Asumir que en nuestra actitud radica buena parte del éxito de la jornada. Invocar a ese espíritu superior que mora dentro de nosotros, cada cual según lo conciba. Ponernos en paz con la vida y con nosotros mismos, y tal como deberíamos hacer día con día, pandemia o no, prepararnos cada mañana para morir, entendiendo que nadie conoce el justo momento en que su vida vaya a terminar.

Hoy escribimos las historias de mañana. Tenemos creatividad e inteligencia; vivencias que nos hermanan y otras que nos personalizan. Preciosa materia prima que habrá de volverse música; poesía; guiones; imágenes o texturas; colores y formas; maravillosas estructuras que desafíen al viento. Historias de nuestro tiempo que exclamarán a voz en cuello la consigna: “Vencimos”.
05 Abril 2020 04:00:00
Lo mejor de lo peor
A punto de cumplir 65 años, caigo en cuenta de que, desde que tengo uso de razón, no había percibido un alarma mundial mayor de la que se vive hoy, a causa del coronavirus. Como toda crisis, es un fenómeno que polariza opiniones y posturas, dispara lo mejor y lo peor.

Mis primeras memorias de la palabra escrita ocurrieron en la mesa del comedor de la casa paterna, a la hora del desayuno. No había aprendido a leer aún, de manera que me intrigaba ver a mi padre y a mi madre sumidos en unas hojas grandes impresas de papel revolución que me impedían contactarlos. Como hija única entonces, aquellos ratos de aburrimiento me condujeron a empezar a poner atención en el reverso de las planas que ellos leían. De ese modo descubrí que el mundo iba más allá de la puerta de la casa, o de mi familia, o de mi ciudad natal. Comencé a entender que en otros sitios lejanos ocurrían cosas distintas y en ocasiones graves. Que había iniciado una guerra en Corea; que Fidel Castro visitaría México, de modo que se repartieron muchas pegatinas con leyendas de “Este hogar es católico. Cristianismo sí, comunismo no”. Recuerdo la de la casa paterna adherida a una de las ventanas próximas a la entrada. De lo que ocurría en mi entorno cercano, quizá la única novedad sería la epidemia de poliomielitis que me llevó a entender por qué Miguelito y Lupita, compañeros de juegos de la infancia temprana, utilizaban aparatos ortopédicos.

Una vez que aprendí a leer pude elegir mis propias lecturas. Ya no dependía de la interpretación de pies de fotografía de los diarios impresos, que los mayores me obsequiaban. Ahora concluyo que mi vida estaría indefectiblemente asociada a los medios informativos. Se siguieron fenómenos mundiales como la guerra de Vietnam, la construcción del muro de Berlín, o la introducción de drogas sicotrópicas y la píldora anticonceptiva. Todo ello fue transformando al mundo, y avanzamos una decena y una más… A mediados de los años setenta, ocurre la epidemia de fiebre tifoidea en la ciudad de México, que percibí ya como estudiante de Medicina. Las vacunas fueron ganando terreno, se erradicó la viruela (conocida como “viruela negra”) en 1980, y algo similar se esperaba lograr para el sarampión en el 2015, pero ahí estamos, en el estira y afloja, gracias a los grupos antivacunas. Mientras tanto se derribó el muro de Berlín, se firmó la Perestroika, e inició la guerra de Medio Oriente.

Llegamos al siglo veintiuno con la estirpe viral SARS que nos ha puesto de cabeza en varias ocasiones. La pandemia actual, denominada Covid-19, registró su primer caso en China –de acuerdo con la OMS-- el 31 de diciembre del 2019. A partir de ese momento, y como si de ondas expansivas se tratara, la enfermedad se ha venido extendiendo por el mundo. Crecen, tanto la patología viral como la emocional que conlleva, que han denominado “infodemia”. Esta última en mucho alimentada por notas alarmistas en redes sociales.

Es una realidad que estamos ante un coronavirus más activo que ninguno de los que se tuviera memoria. Es una realidad que hay condiciones de riesgo que producen mayor daño en caso de infección. Es una realidad que se aplica la metodología del ensayo-error en distintos países, de diversas maneras, con la mejor de las intenciones, siempre teniendo como premisa “Primum non nocere” (“Antes que nada no dañar”).

Luego de esas tres realidades absolutas, comienzan a surgir otros elementos: Por una parte los supuestos, las leyendas, los intereses creados que se parapetan detrás de enunciados cual grandes verdades. Se conjuran remedios milagrosos, escudos mágicos, que flaco favor hacen al control de la enfermedad. En contraste con esos elementos perversos, aflora de manera plena la creatividad en todas sus formas. Corre la generosidad como gamo en libertad, para compartir ideas y enseñanzas en línea, propuestas de entretenimiento que sanan los ánimos, que nutren y enriquecen.

El juego de palabras con que intitulo la presente colaboración sugiere sacar lo mejor de lo peor. Nuestra mejor cara en una situación inédita, que a todos atemoriza. Una invitación a no acrecentar la incertidumbre, sino -todo lo contrario- fomentar un clima esperanzador. Cierto, lo peor es el riesgo de contagio, las dimensiones de la pandemia, el obligado encierro. Sea entonces lo mejor de nosotros activar la creatividad, el contentamiento, la armonía familiar. Mantener la comunicación con los amigos. Más allá de acrecentar la angustia que todos estamos sintiendo, vaya una propuesta a trabajar a favor de serenidad, resiliencia y paz. El escenario actual es caótico para todos, nuestro mayor demonio interno es el temor.

Actuemos a favor de un clima tranquilo y esperanzador, para superar la crisis con bien.
29 Marzo 2020 04:00:00
Espíritu
Continuamos atendiendo la cuarentena obligada para la salud. En otras emergencias sanitarias de la historia, la familia se encerraba junto con sus temores, y si acaso, de cuando en cuando, algún adulto asomaba la cabeza por absoluta necesidad. Hoy en día, aparte de la familia y sus temores, hay elementos que vuelven distinto el encierro. Fundamentalmente aquellos que tienen que ver con la tecnología.

Ante una situación que no admite alternativas, solo nos queda tener actitud. Esto es, hacer de nosotros y las circunstancias en que habitamos, un tiempo único y transformador.

Uno de los mayores problemas de quienes vivimos en el siglo 21, es que no aprendimos, o hemos olvidado, a disfrutar de la soledad. No solemos reconocer en nuestra vida algo interesante que no provenga del exterior. Platicar con nosotros mismos resultaba –hasta hace poco- ridiculez o locura. Cuando estamos solos nos sentimos perdidos, de esta manera desechamos buena parte de la vida, esperando que llegue algo o alguien capaz de volverla interesante. Con este asunto de la cuarentena, hablarnos a nosotros mismos, tal vez comienza a tener una función sanadora. Dentro de casa, o bien estamos físicamente solos como hongos, o en una convivencia obligada, que a ratos resulta fastidiosa. Nuestras alternativas son, continuar profundizando nuestro malestar, o comenzar a jugar con los elementos disponibles, para hacer algo positivo.

Hay infinidad de planes y proyectos para los que, habitualmente, nunca tenemos tiempo. Se nos va pasando la vida y llega un punto cuando volteamos hacia atrás, para descubrir que aquello que no fuimos haciendo de manera progresiva, ahora se visualiza como una tarea titánica, imposible de cumplir. La buena noticia es que, justo ahora, es el momento para hacerlo, organizar, diseñar, depurar… Poner orden a las memorias familiares, de modo que los más pequeños conozcan historias y anécdotas de sus mayores. Una de las grandes pérdidas que vivimos en este nuevo siglo, es precisamente la de la memoria familiar que refuerza la identidad. Si los hijos o los nietos no conocen sus orígenes, difícilmente van a identificarse con ellos para sentir que sus raíces cuentan.

Habrá en casa objetos que son parte del patrimonio familiar, pero tal vez los chicos no lo sepan. Ahora que estamos todos juntos, tomemos el tiempo para darles a conocer por qué algunos objetos resultan tan representativos. Revisemos con ellos fotos, cartas, libros antiguos…

La tecnología nos provee de excelentes canales de comunicación que permiten reforzar lazos afectivos con la familia y los amigos. Y hasta –por qué no- animar a personas que no conocemos y que casualmente se topan con los contenidos que hacemos circular. Aquí una súplica, si el contenido que difundimos tiene autor, reenviémoslo íntegro. Me han llegado 3 o 4 textos maravillosos con una leyenda de “anónimo”. Ese texto cuidado, escrito con tanta propiedad, alusivo justo a lo que el mundo está viviendo, no pudo volverse anónimo más que por un descuido de quien lo reenvía. ¡Y no se vale! Otorguemos a su creador el beneficio del justo reconocimiento.

Hay mucho por hacer: Permitamos a nuestro niño interior aflorar y volverse timonel de la nave. Nuestro escenario puede ser transformado una y otra vez, mientras las palabras fluyen como viento que empuja el velamen de nuestra embarcación. Navegamos en aguas de la imaginación; no alcanzamos a ver puerto, no podríamos calcular cuántas millas náuticas nos separan de nuestro destino. La consigna es mantenernos íntegros, a flote, y hacer de este, un tiempo que valga la pena recordar.

Justo hoy platicaba con mi hija. Ella decía que, como ha ocurrido con distintas plagas a lo largo de la historia, los niños de hoy recordarán mañana esta pandemia como un episodio que los marcó para siempre. Mi exhorto es a que no sea solamente el temor o la zozobra, o la muerte lo que nos marque, sino que hagamos de este un tiempo de reinvención.

Ray Bradbury tiene una vasta obra fantástica. Dentro de sus cuentos cortos hay uno intitulado: “There will come soft rains” (“Llegarán suaves lluvias”), futurista en 1950, muy actual para nosotros. Cuenta la historia de una casa habitación controlada por tecnología, para comodidad de sus habitantes, con el pequeño inconveniente de que no los hay. El narrador no nos cuenta qué fue de ellos, aunque sí se detiene a describir otros seres vivos, como la mascota que pretende continuar su rutina en aquella absoluta soledad. El desenlace caótico invita a pensar que la tecnología no lo es todo. Así entonces mi propuesta, vivamos esto con el mejor espíritu, teniendo como eje central el corazón. Siempre creativos, con la tecnología de música de fondo, no como director de orquesta.
22 Marzo 2020 04:00:00
Crisis y cambio
No ha habido –en la historia reciente—un tema que nos conecte más, que la pandemia por coronavirus, emergencia epidemiológica para el mundo, independientemente de nuestra geografía o condiciones socioeconómicas. A ratos nos apabulla tanta información que llega por los medios de comunicación, alguna proveniente de fuentes bien documentadas, otra cual leyendas urbanas nacidas de la imaginación. Dentro de este escenario dos cosas son ciertas: 1) Es una situación sanitaria desconocida, que no alcanzamos aún a medir, y 2) El confinamiento a que obliga la etapa preventiva de la misma, nos da oportunidad de reinventarnos.

A través de redes sociales, hemos visto la forma como vuelven a respirar parajes naturales y construcciones hechas por el hombre, libres por un rato del impacto que les causamos. Hay hermosas imágenes de los canales de Venecia y de los cielos en países orientales, que nos invitan a preguntarnos cuál es el costo que el desarrollo industrial nos está cobrando. O bien, hasta qué punto podemos actuar por vías más ecológicas y menos generadoras de daño al ambiente y a nosotros mismos.

Lo que hoy deseo enfatizar de manera especial, es lo relativo a ese espíritu de solidaridad que se percibe. Comenzó siendo como liebre en la maleza, asomando de cuando en cuando su cabeza, para convertirse en fenómeno mundial que nos hermana: Hay conciertos vocales entre condominios en países europeos; surgen videos y corridos que dan cuenta de lo divertido que llega a ser el confinamiento en casa. Aparecen colecciones universales de literatura; música; museografía o películas de todos los tiempos. Artistas generosos ofrecen acceso a su obra de manera gratuita e incondicional; como Alberto Chimal, gran escritor y maestro mexicano, maravilloso ser humano. Él habitualmente comparte en redes textos propios y herramientas de creación literaria. Esta vez se supera a sí mismo.

Absurdo querer comparar lo que estamos viviendo, con el confinamiento asfixiante que nos transmite José Saramago en su novela “Ensayo sobre la ceguera”. A través de sus páginas, la amenaza externa de la muerte lleva a los personajes a replegarse cada vez más, hasta quedar confinados a un pequeño espacio. De forma maravillosa, esos personajes anónimos, a los que particularizan solamente algunos rasgos peculiares, terminan por conformar un imaginario colectivo, mediante lazos de solidaridad.

Duro reconocerlo, pero sí, esta es la parte positiva de algo como lo que estamos viviendo: La solidaridad, finalmente, va borrando diferencias, hasta centrarnos en lo medular y significativo. Comenzamos así a darnos cuenta de que, después de todo, hay criterios que resultan innecesarios, y a ratos hasta absurdos, que solo llevan a alejarnos unos de otros, cuando en verdad somos tan semejantes. Comenzamos a redescubrir a los miembros de la propia familia, a convivir con ellos de una forma que probablemente nunca habíamos hecho, y a aquilatar más lo que cada uno de ellos representa en nuestra vida.

Hay muchas tareas pendientes para las que ahora sí tendremos tiempo, de modo de hacer de este confinamiento algo positivo en términos prácticos. Una cuestión interesante es, seguramente para muchos de nosotros, el encuentro con uno mismo, algo que en otras circunstancias no nos damos tiempo para hacer, o simplemente encontramos absurdo el intentarlo. Ahora, en esos ratos de soledad, surge una excelente oportunidad para comenzar a hablar con nuestro propio yo, amistarnos y enriquecer nuestra vida de hoy en adelante.

Respecto a la felicidad, hay un refrán popular que me agrada mucho. Habla de que ser feliz no depende de tener lo mejor, sino de hacer lo mejor con lo que tenemos. Vamos a vivir esta etapa de confinamiento con actitud, en primer lugar, porque puede salvar vidas, comenzando por la propia y la de nuestros seres amados. En segundo lugar, puesto que de una u otra forma, tenemos que cumplirla, vamos a hacerlo de la mejor manera. Abordemos nuestro propio hogar con mentalidad de descubridores, dispuestos a encontrar cosas que antes no habíamos visto, comenzando por el rostro que nos mira atento desde el espejo. Luego vamos a desempolvarnos, desintoxicarnos; depurar el ambiente, ventilar relaciones. Seamos creativos con aquello que nos gusta hacer, pero que difícilmente nos damos el tiempo para intentar. Vamos a experimentar, a modificar patrones y actitudes, a generar un mejor mundo desde nuestra pequeña parcela.

…Que, pasado el tiempo necesario para superar esta emergencia, salgamos a las calles con una actitud más humana, cuidándonos de evitar aquellos modos de reaccionar ríspidos, precipitados y agresivos.

Cada uno elige cómo vivir su vida. Este momento crucial, es buena oportunidad para decidirlo.
15 Marzo 2020 03:30:00
El exilio de la razón
¡Se acabó el papel de baño en el comercio! Lo atribuyen a la pandemia por coronavirus.

Acudí a una tienda departamental a surtir la nota. Entre otras cosas, buscaba un bote de gel antibacterial. Sucedió lo que me temí, no había un solo bote de este producto en toda la tienda y me sorprendió ver el pasillo donde se vende el papel higiénico, totalmente vacío. Ni un triste rollo huérfano de tan noble y humilde producto había quedado.

Recurrí a internet buscando información de otras partes del mundo; el fenómeno era el mismo. Un especialista se refirió a esto con un término que me pareció iluminador. “Efecto rebaño”, que se explica de muchos modos. Yo lo haré con un ejemplo de mi imaginación: digamos que estamos en crisis –como ahora– y de repente vemos a uno o dos clientes comprando grandes cantidades de velas aromáticas. En redes sociales, alguien dice que un doctor en Kazajistán publicó acerca de la curación mediante velas aromáticas. No nos queda claro cómo sucede esto, pero sí entendemos que hay que surtirnos de velas, antes de que venga el tumulto y se las lleve todas. Ya luego investigaremos la causa. A partir de lo que vemos, sin recurrir al pensamiento lógico, actuamos desde la mercadotecnia: si “todos” están llevando velas, yo también lo haré, y ¡zas!, en una mañana se vacían los estantes de velas aromáticas. Con seguridad algún experto esté ya adivinando que este efecto rebaño representa una maravillosa ventana de oportunidad.

Esa sensación tan extraña de vacío con que me vine de la tienda finalmente tomó nombre y apellido, y pude entenderla, y así hablar de ella. El ser humano del siglo 21 flota en un universo consumista que lo manipula. Una situación como la pandemia del coronavirus es un excelente escenario para entenderlo.

El ser humano actual se considera informado. Recurre a las redes sociales, googlea y da por hecho que tiene información de primera mano.

Poco o nada repara en qué se dice, quién lo dice, y desde dónde lo dice. El mejor ejemplo está aquí, ante nuestros ojos. No sé cuál se suponga que sea la función del papel higiénico frente al coronavirus. Tal vez piensen utilizarlo como mascarilla (el rollo entero, sobre nariz y boca, respirando a través del tubo como topos), o plegarlo para aplicarlo sobre la nariz). La utilización en las porciones anatómicas tradicionales no viene al caso, puesto que la transmisión es respiratoria, no digestiva ni urinaria. Alguien dijo “hay que comprar papel”, corrió a hacerlo, el otro lo vio y lo imitó, y detrás de él toda una comunidad, y otra y otra, hasta que se agotó el producto en las tiendas departamentales del mundo.

Henos aquí frente al espejo del coronavirus, sintiéndonos los grandes informados, pero actuando conforme a lo que otros determinaron que hiciéramos. ¡Vaya! ¿Y quiénes son estos otros? ¿Qué intereses económicos existen detrás de sus publicaciones?

Este es el mejor momento para sentarnos con calma, respirar hondo, hacer una lista de medidas para protegernos unos a otros. Guardar las expresiones afectivas para después, respetar el espacio vital de cada uno, evitar aglomeraciones. Lavarnos las manos, desinfectar superficies que todos tocamos, como barras de carritos de supermercado, pasamanos y demás. Aprender a toser y a estornudar “como Batman”, colocando el codo sobre nariz y boca. No compartir utensilios que van a la boca; no tocarse la cara. Pero, sobre todo, aprovechar este resquicio de tiempo para analizar cómo las redes sociales se han propuesto exiliar a la razón. Y lo más importante, saber si lo permitiremos.


08 Marzo 2020 03:30:00
Después del #9M
Desde que tengo memoria, han sido pocas las ocasiones cuando una movilización ha reunido tantas expectativas, como la de mañana, 9 de marzo, fecha en que las mujeres buscamos resignificarnos. El movimiento #9M está pensado para expresarnos, a través de una especie de huelga de brazos caídos, para demostrar cómo funcionaría el país si la mitad de su población se ausentara. De este modo, patentizando qué sucedería si continúa violentándose al sexo femenino como hasta ahora.

Para explicar la violencia contra las mujeres, hay elementos antropológicos, así como factores económicos y políticos, que actúan a manera de telón de fondo. Evidencian la desventaja que muchas de mis congéneres viven cada vez que salen a la calle.

Ciertos grupos buscan desacreditar el #9M argumentando que en México mueren muchos más hombres que mujeres. Este es un dato duro que no podríamos negar, en lo relativo a muerte violenta, por cada 4 hombres muere 1 mujer. La diferencia es que a esos hombres los matan otros hombres, y lo hacen en contextos de asaltos, delincuencia organizada, enfrentamientos callejeros, quizás asociados al consumo de alcohol o drogas. En el grupo de féminas la muerte violenta la provocan los hombres, y la razón fundamental se relaciona con su condición como mujeres.  

La normalización de la violencia en nuestro país ha llevado a un cambio terrible en los patrones de  ataque contra niñas y adolescentes. Los casos por desgracia se vuelven cada vez más frecuentes. Pequeñas violentadas y tal vez asesinadas de manera atroz, como si sobre su pequeña figura se descargara todo un mundo de crueldad.

La idea de un día sin mujeres en los centros de trabajo, escuelas, comercios, vía pública y redes sociales no es un día de campo, de ninguna manera. Es una forma de “ser no siendo”, como diría Lin Yutang. Crear conciencia del valor de una mujer a partir de su ausencia.

En torno al concepto original iniciado por el grupo veracruzano Las Brujas del Mar, como una gran atarraya ha ido sumando voluntades, se han tejido nuevas historias y se han insertado elementos distintos al sentido original del movimiento. Hay abortistas como antiabortistas; hay chicas que se descubren el torso para mostrar su inconformidad, como hay otras mesuradas.  Hay mujeres violentadas en su persona o en su familia, como hay activistas que dan voz a las que no están en condiciones de hablar. La cuestión es hallar el punto común que nos une a todas, y que –alejadas de cualquier afán separatista, de los que hoy tanto abundan –elevemos una voz común. El domingo 8 en las marchas, a todo pulmón; el lunes 9 desde la contundencia de nuestro silencio.

Es difícil adivinar el futuro y saber  qué pasará hoy o mañana. En lo personal, debido a lo que se ha visto en experiencias previas, me preocupa que en las marchas convocadas para este día ocurra la infiltración de grupos de choque dedicados a generar vandalismo y violencia, con el fin de desvirtuar el sentido original de la manifestación.

Por desgracia las redes sociales nos llevan fácilmente a dejarnos encender por las voces más convincentes, para volcarnos a favor de una causa u otra. No dudo que haya intereses encaminados a distorsionar el sentido original del #9M, para restarle fuerza.

De hecho, empresarios que originalmente expresaron su apoyo para las trabajadoras de su planta laboral, han cambiado de opinión, como se señala en boletines internos de sus empresas, en los que advierten que día no trabajado, será descontado.


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